San Juan Gabriel Perboyre (1802–1840) fue un sacerdote vicentino (Congregación de la Misión) y misionero francés martirizado en China en 1840, donde fue colgado de una cruz y estrangulado . Fue beatificado en 1889 y canonizado en 1996 por San Juan Pablo II . Tenía una única pasión: Cristo y el anuncio de su Evangelio , una pasión que lo llevó a entregar la vida por amor. Su testimonio brilla como ejemplo de fe profunda, amor ardiente a Dios y entrega valiente hasta el martirio. La intención general de esta novena es pedir a Dios crecimiento en la fe, fidelidad al Evangelio y valentía en el testimonio cristiano, inspirados en la vida y martirio de San Juan Gabriel Perboyre.
Cada día de la novena incluye una reflexión sobre alguna virtud o aspecto de la vida de San Juan Gabriel, un texto bíblico para meditar, y preguntas que nos invitan a profundizar y aplicar esas enseñanzas en nuestra propia vida. Que al rezar esta novena, el ejemplo de San Juan Gabriel nos impulse a amar más a Jesucristo, a vivir con fidelidad el Evangelio y a ser testigos valientes de nuestra fe.
Oración para todos los días
Oh glorioso San Juan Gabriel Perboyre, mártir fiel de Cristo, que ofreciste tu vida por el nombre de Jesús. Tú derramaste tu sangre para fecundar la joven Iglesia en tierras lejanas, dando valiente testimonio del Evangelio. Tú amaste a Jesús con todo el corazón y seguiste sus huellas hasta la cruz; amaste a María Santísima, la Madre del Señor, con filial devoción. Hoy acudimos a ti con confianza: sé nuestro abogado ante Dios. Alcánzanos la gracia de imitar tus virtudes – tu fe ardiente, tu esperanza inquebrantable, tu caridad sin límites. Enséñanos a amar a Jesús como tú le amaste, a abrazar la cruz de cada día con confianza y a perseverar en la fidelidad. Ruega por nosotros, para que el Señor nos conceda crecer en la fe, vivir con amor el Evangelio y ser valientes testigos de Cristo en medio del mundo. Amén.
Oración a la Virgen María
Santa María, Reina de los Mártires, Madre de Dios y Madre nuestra, tú acompañaste a Jesús hasta la cruz y compartiste su dolor. Así como sostuviste la fe de los apóstoles y de tantos santos, sostuviste también a San Juan Gabriel Perboyre en su misión y en su hora de martirio. Te pedimos, dulce Madre, que nos acompañes en nuestro camino de fe. Fortalece nuestra fidelidad al Evangelio y nuestro valor en las pruebas, para que, como San Juan Gabriel, sepamos permanecer firmes junto a la cruz de tu Hijo. María, intercede por nosotros para que seamos discípulos humildes, alegres y valientes, siempre fieles a Jesucristo. Consuela y protege a la Iglesia misionera, y alcánzanos la gracia de la perseverancia final en la fe. Amén.
Oración final
Señor Dios, fuente de toda gracia y fortaleza, te damos gracias por el testimonio de tu siervo San Juan Gabriel Perboyre. Él te amó con todo su ser y se entregó por completo al anuncio de tu Evangelio, llegando hasta el martirio. Concédenos, por su intercesión, vivir según sus enseñanzas y ejemplo. Que crezcamos cada día en la fe viva, en la esperanza firme y en el amor ardiente. Danos fidelidad al Evangelio y valentía para dar testimonio de Cristo en nuestras palabras y obras. Que, al terminar estos nueve días de oración, recibamos las gracias que necesitamos (pedir aquí la gracia particular que se desea obtener), si es para tu gloria y bien de nuestras almas. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y por la intercesión de la Santísima Virgen María y de San Juan Gabriel Perboyre. Amén.
Gozos en honor a San Juan Gabriel Perboyre
Cantemos con alegría las glorias de San Juan Gabriel, mártir y santo de Cristo. Podemos recitar o cantar estos gozos cada día de la novena, meditando en su ejemplo. Después de cada estrofa se repite el coro:
Coro: ¡Oh San Juan Gabriel, mártir fiel de Jesucristo,
ruega por nosotros y haznos testigos de su amor!
1.
De Francia saliste un día, llamado por Dios de amor,
dejando patria y familia, por dar al pobre el Señor.
Misionero de la gracia, tu lema: “trabajo y cruz”,
valiente llevaste el Evangelio hasta el oriente, a la luz.
(Coro: Oh San Juan Gabriel, mártir fiel de Jesucristo,
ruega por nosotros y haznos testigos de su amor.)
2.
En tu corazón ardiente solo Cristo era tu pasión,
sembrando verdad incansable, sirviendo con compasión.
Con los pobres y pequeños fuiste hermano y servidor;
tu vida, trabajo y plegaria reflejaban a tu Señor.
(Coro)
3.
Llegó la dura tormenta de la prueba y el dolor:
traicionado y encarcelado, te uniste a Jesús tu Amor.
Con paciencia en los suplicios abrazaste tu calvario;
perdonaste a tus verdugos, ofreciendo por ellos tu agravio.
(Coro)
4.
Atado sobre una cruz, tu vida ofreciste a Dios;
al cielo subió tu alma, triunfante en resurrección.
Hoy brillas cual sol de gloria en la Iglesia peregrina;
alcánzanos fe y coraje, que tu ejemplo nos anima.
(Coro – se repite el coro final dos veces.)
Ahora comenzamos las reflexiones de los nueve días. Cada día cuenta con un comentario inicial, un texto bíblico para iluminar la meditación, una reflexión espiritual y preguntas para profundizar o compartir.
Día 1: La fe en Dios que sostuvo a San Juan Gabriel
Comentario inicial: Iniciamos la novena meditando sobre la fe, fundamento de la vida cristiana. San Juan Gabriel vivió una fe viva y ardiente, no una fe fría o solo de palabras. Desde joven confió plenamente en Dios y nunca dudó de Él, incluso frente a obstáculos y peligros. Su fe iluminaba cada paso de su vida y lo preparó para ofrecerlo todo por Cristo. Hoy, pidamos crecer en una fe como la suya: una fe firme, confiada y operante que nos sostenga en todas las circunstancias.
Texto bíblico: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2,10).
Reflexión: San Juan Gabriel nos enseña con su vida lo que es tener fe verdadera. Su fe no fue una simple idea o tradición vacía, sino una confianza ardiente en Dios. Se decía de él que jamás vaciló en la fe, ni siquiera en las peores pruebas. Leía la Sagrada Escritura de rodillas y con reverencia, reconociendo en ella la voz de Dios. Creía firmemente que Dios guiaba sus pasos; por eso, cuando surgían dificultades en su vocación o peligros en la misión, se abandonaba en las manos del Señor con confianza absoluta. Nunca permitió que la duda apagara su amor a Dios: ni la travesía peligrosa hacia la misión, ni la soledad, ni las persecuciones lograron quebrantar su fe. Es más, su mayor anhelo era derramar la sangre por Cristo, si esa fuese la voluntad divina. ¡Qué distinto es a veces nuestro comportamiento! Nosotros proclamamos tener fe, pero ante la más pequeña contrariedad podemos turbarnos o desanimarnos, como si Dios no estuviera con nosotros. San Juan Gabriel nos invita hoy a avivar la llama de la fe: a creer que Dios es fiel y poderoso, que nos sostiene en cada situación por difícil que sea. Recordemos las palabras de Jesús: “¿Por qué temen? ¡Tengan fe!” Confiemos en que Dios cumple sus promesas y nos acompaña siempre. Una fe viva nos llevará a entregarnos más a Dios, a vivir lo que creemos con obras concretas de amor y a perseverar hasta el final.
Preguntas para meditar:
¿Cómo es mi fe en Dios en este momento de mi vida? ¿Confío en Él de corazón o solo de palabra?
Ante los problemas o sufrimientos, ¿tiendo a dudar y desesperarme, o recuerdo que Dios está conmigo y me abandono en sus manos?
¿Qué puedo hacer para alimentar mi fe cada día (oración, lectura de la Palabra, sacramentos) y dar testimonio de ella con obras?
Día 2: La esperanza cristiana en medio de las pruebas
Comentario inicial: En el segundo día reflexionamos sobre la esperanza, esa virtud que nos mantiene confiados en las promesas de Dios. San Juan Gabriel practicó la esperanza de manera ejemplar: puso siempre su mirada en Dios como norte seguro de su camino. Aun en las dificultades más grandes, su corazón descansaba en la providencia divina. Desde joven dejó todo por seguir su vocación, fiándose del Señor; más tarde, en la persecución y la cárcel, nunca perdió la esperanza en la misericordia y el poder de Dios. Aprendamos de él a esperar contra toda esperanza, con la certeza de que Dios ordena todo para bien de los que le aman.
Texto bíblico: “La tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones…” (Romanos 5,3-5).
Reflexión: La vida de San Juan Gabriel estuvo marcada por una esperanza inquebrantable en Dios. Él sabía que el Señor nunca defrauda a quienes confían. Siendo apenas un adolescente, dejó la casa de sus padres para consagrarse a Dios, confiando todo su futuro en las manos divinas. Años después, cuando partió como misionero, se internó en tierras desconocidas de China sin más apoyo que la Providencia. Cuando fue calumniado injustamente ante las autoridades, esperó pacientemente que Dios defendiera su causa en el momento oportuno. Aun cuando se sabía débil y se consideraba a sí mismo “el más pecador”, su esperanza estaba firme en la infinita misericordia de Jesucristo. De hecho, escribió a su hermano: “Si nuestros pecados nos hacen indignos de ser oídos, la santidad de Jesucristo y el fervor con que Él ruega por nosotros hacen olvidar al Padre nuestra indignidad”. Por eso, ni un año entero de torturas logró desalentar su espíritu. Durante aquel largo martirio, Juan Gabriel se mantuvo sereno: “Dios lo permite, Él sabrá sacar bien de esto”, parecía pensar, y así descansaba en brazos de Dios como un niño en el regazo de su madre. Camino del patíbulo aún oraba y esperaba en el Señor. Su esperanza era tan grande que, incluso en su agonía en la cruz, murió sonriendo, confiado en encontrarse con su Salvador.
¿Qué hay de nosotros? ¿Esperamos confiadamente en Dios de esa manera? A veces, ante las contrariedades cotidianas, nos turbamos y quejamos a la menor dificultad. Ponemos nuestra seguridad en nuestros propios esfuerzos, en los bienes materiales o en las personas, y cuando algo falla caemos en la desesperanza. Vemos a mucha gente, incluso cristianos, deprimidos o sin sentido porque han perdido la esperanza en Dios. Pero Dios nunca abandona a sus hijos. Hoy San Juan Gabriel nos invita a renovar nuestra esperanza teologal: a creer firmemente que Dios cumple sus promesas, que jamás deja solo al que confía en Él. Pase lo que pase –enfermedad, problemas económicos, penas o tentaciones–, arrojémonos con confianza a los brazos amorosos de nuestro Padre celestial. Si aumentamos nuestra esperanza, viviremos con más paz en medio de las tormentas. Recordemos que “quien espera en Dios no queda defraudado”. Pidamos al Señor que infunda en nosotros esa esperanza consoladora, ancla del alma, que nos sostenga especialmente en los momentos más difíciles. San Juan Gabriel, alcánzanos vivir en la certeza de que Dios es nuestra fuerza y salvación.
Preguntas para meditar:
¿Confío en que Dios conduce mi vida incluso cuando no entiendo lo que ocurre, o me desespero fácilmente ante los problemas?
¿En qué cosas tiendo a poner mi seguridad y esperanza (mi propio control, el dinero, la aprobación de los demás)? ¿Cómo puedo desplazar esa confianza hacia Dios?
Cuando atravieso una dificultad, ¿rezo con esperanza pidiendo la ayuda de Dios, creyendo en sus promesas, o me encierro en la angustia? ¿Qué actitud de San Juan Gabriel puedo imitar hoy para vivir con más esperanza?
Día 3: El amor apasionado a Dios
Comentario inicial: Hoy contemplamos el amor a Dios, la caridad que inflamó el corazón de San Juan Gabriel Perboyre. El amor de Dios es el centro y mandamiento principal de nuestra fe. En San Juan Gabriel, ese amor ardió desde su infancia: amaba tanto a Jesús que a los ocho años reunía a otros niños y campesinos para hablarles de Dios. Ese amor apasionado por Cristo orientó toda su vida y lo impulsó a la misión y al martirio. También nosotros somos llamados a amar a Dios con todo el corazón. Pidamos al Espíritu Santo que encienda en nosotros un amor sincero y fervoroso hacia el Señor, siguiendo el ejemplo de nuestro santo.
Texto bíblico: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mateo 22,37).
Reflexión: “Sólo hay algo importante: conocer y amar a Jesucristo”, enseñaba San Juan Gabriel a sus seminaristas, “pues no basta conocerle, hay que amarle” . Estas palabras reflejan la prioridad absoluta que Jesús tenía en su vida. Grande fue el amor de Dios que inflamó su corazón desde la niñez. De niño, su piedad ya se notaba: le gustaba visitar a Jesús sacramentado y orar con fervor. Tan intenso era su deseo de Dios que, a los 8 años, hacía de “pequeño apóstol” en su aldea, reuniendo a otros niños para enseñarles oraciones y hablarles de Jesús. Ya de joven, ese amor lo llevó a consagrarse enteramente: se encerró en el seminario, estudió, oró y se formó con entrega total para ser sacerdote y misionero. Amaba a Dios sobre todas las cosas; por Dios dejó su patria, su familia y su propia comodidad.
Dios premió su fidelidad concediéndole a veces consuelos místicos. Se cuenta que en ciertas ocasiones, mientras rezaba o estudiaba, sentía una alegría tan inmensa en Dios que interrumpía su tarea para entonar cánticos espirituales y desahogar así su corazón. Los que lo conocieron decían que conversar con él contagiaba amor de Dios, pues sus palabras llevaban una unción y alegría especiales. Ese amor sobrenatural fue el que lo lanzó a la misión en China: buscaba almas para salvar, y anhelaba también sufrir y hasta morir por amor a Jesús. Y en efecto, Dios permitió que bebiera el cáliz del martirio. Hubo períodos en que Juan Gabriel experimentó la noche oscura del alma –momentos de sequedad espiritual en que casi pensó que Dios lo había abandonado–, llegando a enfermar de tristeza. Pero incluso entonces, él no dejó de amar; seguía rezando y ofreciendo su desolación. Finalmente Jesús se dignó consolarlo: según sus propios testimonios, tuvo una experiencia profunda de Cristo que disipó sus angustias, y a partir de ahí recobró una paz y dicha que lo acompañaron incluso durante las torturas y ante la muerte. ¡Cuánto amó a Dios San Juan Gabriel! Y, sin embargo, él mismo exclamaba: “¡Ojalá amáramos a Dios como debemos!” Reconocía que nunca se ama lo suficiente a quien nos ha amado primero y nos ha dado todo.
Al reflexionar en esto, podemos preguntarnos: ¿dónde está nuestro amor? A veces nos decimos creyentes pero nuestro corazón está lejos de Dios, ocupado en mil cosas pasajeras. Jesús nos recuerda: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…” (Mt 22,37). No con tibieza o a medias, sino con todo el ser. San Juan Gabriel vivió este mandamiento al máximo. Hoy es una invitación a examinar nuestras prioridades: ¿Es Dios realmente el primero en mi vida? Si lo amamos de veras, ese amor se manifestará en obras: en buscar momentos de oración para estar con Él, en cumplir sus mandamientos con alegría, en rechazar el pecado que hiere su Corazón, en servir a los demás por Él. El auténtico amor a Dios transforma la vida: quien ama a Dios no se queda indiferente, sino que arde en deseos de agradarle y hacer su voluntad. Pidamos a San Juan Gabriel que interceda por nosotros para obtener un corazón encendido en amor divino. Que podamos decir con sinceridad: “Señor, te amo más que a nada; dame amarte cada día más.” Si vivimos así, amando a Dios sobre todo, nuestra fe se fortalecerá y podremos también amar correctamente al prójimo. “Oh Dios mío –podemos orar con el santo–, enciende mi alma con una chispa de tu Divino Amor; no quiero vida si no es para amarte.” San Juan Gabriel, intercede para que crezca en nosotros el amor a Dios.
Preguntas para meditar:
¿Amo verdaderamente a Dios sobre todas las cosas? ¿Qué evidencias hay en mi vida de ese amor (tiempo para Dios, obediencia a su voluntad, deseo de agradarle)?
¿Qué cosas, personas o actividades compiten en mi corazón con el amor de Dios? ¿Hay “ídolos” a los que dedico más atención o afecto que a Él?
¿Cómo puedo demostrar hoy mi amor a Dios? (Por ejemplo, ofreciendo una oración sincera, aceptando un sacrificio con amor, cumpliendo algún mandato del Evangelio que me cueste).
Día 4: La caridad hacia el prójimo
Comentario inicial: El Evangelio nos pide amar al prójimo como a nosotros mismos, e incluso como Jesús nos ha amado. San Juan Gabriel cumplió este mandamiento con esmero: se mostró siempre como verdadero discípulo de Jesús y digno hijo de San Vicente de Paúl en su caridad hacia los demás. Veía en cada persona a un hermano, imagen de Dios, y la amaba como tal. Su amor no fue teoría: se tradujo en paciencia, servicio y perdón incluso hacia sus enemigos. Hoy, inspirados por su ejemplo, renovemos nuestro compromiso de amar al prójimo: familia, amigos, comunidad e incluso quienes nos hacen sufrir, con la caridad que Cristo nos enseñó.
Texto bíblico: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros. Que así como yo los he amado, se amen también ustedes” (Juan 13,34).
Reflexión: San Juan Gabriel amó al prójimo con el corazón de Cristo. En todas las personas veía hermanos: los buenos le inspiraban un amor respetuoso y agradecido; los alejados o pecadores despertaban en él una compasión inmensa y el ferviente deseo de acercarlos a Dios; los pobres suscitaban su ternura y espíritu de servicio; los niños le alegraban el alma y los trataba con especial cariño. A imitación de Jesús, nadie que acudiera a él se iba sin consuelo. Tenía siempre un consejo sabio para quien lo necesitaba, un remedio o ayuda material para el que sufría necesidad, y una oración para todos. Siendo vicentino, ayudaba a los pobres en la medida de sus posibilidades, e incluso a título personal tenía un grupo de necesitados a quienes socorría regularmente con sus recursos. Ejercía la caridad con humildad y discreción: no buscaba elogios, solo aliviar el dolor ajeno.
También en la corrección sabía amar. Se recuerda el caso de un alumno suyo que era muy rebelde; tras muchas amonestaciones sin éxito, un día San Juan Gabriel, con tristeza en la voz, le dijo: “Amigo mío, ¡qué momentos tan tristes me haces pasar de rodillas ante Jesús crucificado, pidiendo por ti!”. Aquellas palabras, llenas de amor y dolor sincero, tocaron el corazón del joven, quien en ese mismo momento pidió perdón y cambió de conducta. Otro testimonio de un sacerdote que lo conoció señala que Juan Gabriel no solo era dulce en el trato, sino la dulzura misma. Cuando oía que alguien murmuraba o criticaba a otros, se llenaba de tristeza e intentaba cambiar de conversación enseguida para frenar la murmuración.
El culmen de su caridad llegó en la prisión. Uno de los tormentos más crueles que sufrió fue estar durante ocho meses con un pie encerrado en un cepo de madera. El dolor fue tan terrible que la mitad de su pie se gangrenó y uno de sus dedos literalmente se secó. Conmovidos, algunos carceleros obtuvieron permiso para liberarlo de aquel suplicio. Pero en la misma cárcel había otros reos (insignes criminales) que seguían padeciendo ese tormento en sus pies. San Juan Gabriel, al ver que mientras él descansaría los otros continuarían sufriendo, rogó insistentemente a sus atónitos guardianes que volvieran a ponerle el pie en el cepo. ¡Increíble muestra de solidaridad cristiana! Por amor al prójimo, eligió compartir el dolor para aliviar la pena ajena. Y como Jesús en la cruz, cuando lo devolvían casi sin vida a su celda tras los interrogatorios y torturas, Juan Gabriel oraba pidiendo a Dios perdón para sus verdugos.
Ahora, mirémonos a nosotros mismos a la luz de este ejemplo. ¿Amamos así al prójimo? Jesús nos dejó el mandamiento nuevo del amor fraterno, nos dijo: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn 13,34). Pero con frecuencia, en lugar de vernos como hermanos, los seres humanos nos tratamos como enemigos. Incluso entre cristianos y en nuestras familias, a veces hay divisiones, resentimientos, falta de perdón. La sociedad hierve de odios y violencia; muchas naciones sufren guerras o conflictos; en lo cotidiano abundan las críticas, envidias, indiferencias hacia el sufrimiento ajeno. ¿Dónde está la caridad que Jesús nos enseñó? Sin caridad, el mundo se vuelve frío y oscuro. Necesitamos urgentemente volver al mandamiento del amor. San Juan Gabriel nos recuerda que la verdadera medida del amor es amar sin medida. Él pudo perdonar a quienes lo torturaban, porque en su corazón reinaba Cristo. Pidamos al Señor que infunda en nosotros esa caridad dulce y fuerte a la vez: que sepamos ver en cada persona un hermano, hijo del mismo Padre Dios; que aprendamos a perdonar las ofensas, a no guardar rencor, a responder al mal con el bien. Practiquemos la compasión concreta: ayudar al necesitado, dedicar tiempo a quien está solo, ser pacientes con quien nos irrita, corregir con mansedumbre al que yerra, etc. Sobre todo, no olvidemos que la caridad empieza en casa: ¿cómo trato a mis familiares, a mis compañeros, a quienes conviven conmigo? Amar en pequeñas cosas cada día es tan valioso como los grandes gestos. Que el amor transforme nuestras relaciones, aporte paz en nuestras familias, en la sociedad y entre las naciones. “Dios es amor” (1 Jn 4,8), y quien permanece en el amor permanece en Dios. Supliquemos: Señor, haz brotar en nuestro corazón la rosa perfumada de la caridad. Que la presencia de Jesús, sol de la caridad, incendie el mundo con el fuego de su amor. San Juan Gabriel Perboyre, alcánzanos la gracia de amar al prójimo como a nosotros mismos.
Preguntas para meditar:
¿Reconozco a los demás como hermanos dignos de amor, paciencia y respeto, o suelo ser indiferente, crítico o resentido con ciertas personas?
¿Hay alguien a quien me cueste perdonar o amar? ¿Qué me enseña el ejemplo de San Juan Gabriel sobre el perdón y la compasión activa hacia esa persona?
¿Cómo puedo practicar hoy una obra concreta de caridad? (Por ejemplo, visitar a alguien enfermo o solo, ayudar a un necesitado, tener un gesto amable con quien lo requiera, evitar una crítica y hablar bien en su lugar.)
Día 5: La humildad, fundamento de santidad
Comentario inicial: En este quinto día nos detenemos en la humildad, virtud base de todas las demás. Jesús nos dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). San Juan Gabriel escuchó este llamado e imitó la humildad de Cristo durante toda su vida. A pesar de sus muchos dones y virtudes, se consideraba el último y más pequeño; servía sin buscar honores y aceptaba con mansedumbre las humillaciones. Esta humildad sincera agradó tanto a Dios que lo hizo fecundo en obras y finalmente santo. Pidamos nosotros la gracia de la verdadera humildidad, para reconocer nuestra pequeñez ante Dios y dejarlo obrar en nosotros.
Texto bíblico: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas” (Mateo 11,29).
Reflexión: San Juan Gabriel Perboyre fue un siervo humildísimo de Dios. Su corazón, preparado por esta virtud, produjo abundantes frutos de santidad con la gracia divina. Él se consideraba el último de todos: llegó a escribir desde la misión, con sencillez: “Yo no soy un misionero, sino una figurilla de misionero”. Así veía su propia labor, atribuyendo todo el mérito a Dios. Nunca hablaba de sí mismo ni de los cargos importantes que había ocupado; al contrario, gozaba siendo ignorado o humillado. Si notaba que alguna persona tenía un mal concepto de él (aunque fuera sin motivo real), Juan Gabriel iba y le pedía perdón humildemente por cualquier cosa en que pudiera haberla ofendido. ¡Qué ejemplo tan grande! Antes de partir a la misión en China, sintiendo que se marchaba quizá para no volver, reunió a todos los novicios que tenía a su cargo como maestro y –de rodillas– les pidió perdón por sus posibles descuidos o malos ejemplos. Imitemos ese espíritu: no le avergonzaba reconocerse débil, porque confiaba en Dios y no en sí mismo.
La sencillez, candor y humildad fueron rasgos distintivos de su carácter. Desde el fondo del alma imitaba al Divino Modelo, Jesús, quien “siendo Dios se abajó desde su nacimiento hasta su muerte” (cf. Fil 2,6-8). Juan Gabriel recordaba siempre las palabras de Cristo: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11). Y así obraba: ocultándose a sí mismo, dando la gloria a Dios y a los demás. ¿Y nosotros? La soberbia es un mal que fácilmente se cuela en el corazón humano y es raíz de muchos pecados. El orgullo causó la caída de los ángeles rebeldes y de nuestros primeros padres; sigue causando hoy rupturas y conflictos. Vivimos en una época donde el ego y la vanidad se exaltan: se busca el aplauso, el éxito personal, el “yo” por encima del bien común. En el mundo moderno, muchos alzan la bandera de la soberbia en nombre de la autosuficiencia o de una mal entendida libertad, prescindiendo de Dios. Nos cuesta admitir errores, pedir perdón o ceder nuestro lugar.
Sin embargo, la enseñanza de Jesús permanece: “Sean como niños” (Mt 18,3-4), es decir, humildes y confiados. Ante Dios somos pequeños y dependientes, lo queramos o no. San Juan Gabriel lo entendió: se sabía polvo y ceniza sin la gracia de Dios. Por eso, Dios lo elevó (como dice la Escritura: “Dios enaltece a los humildes”). La humildad no consiste en fingir que no tenemos talentos, sino en reconocer que todo es don de Dios y ponerlo al servicio sin vanagloria. Consiste también en aceptar nuestras limitaciones y dejarnos ayudar, en no buscar ser el centro, en escuchar a los demás con respeto, en no juzgar creyéndonos superiores. Humildad es verdad: vernos como Dios nos ve, con nuestras miserias y bellezas, sabiendo que lo bueno viene de Él. Practicar la humildad nos da paz: “encontrarán descanso para sus almas”, prometió Jesús, porque el humilde vive libre de la carga del orgullo y la competencia, y reposa en Dios.
San Juan Gabriel se humillaba ante Dios en la oración y ante los hombres con sencillez. Así resplandeció en él la presencia de Cristo. Hoy podemos examinar nuestro corazón: ¿Hay soberbia en mí? ¿Me creo mejor que otros, busco siempre tener razón, me molesta quedar en segundo plano? Pidamos a Jesús: “Manso y humilde Corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”. Que no busquemos nuestra gloria sino la de Dios. Que sepamos pedir perdón cuando nos equivocamos, reconocer los méritos ajenos sin envidia, servir sin esperar agradecimientos. La Santísima Virgen María, a quien San Juan Gabriel tanto amó, proclamó: “El Señor derriba a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52). Que así sea con nosotros. San Juan Gabriel, ruega para que aprendamos la humildad verdadera y así agrademos a Dios.
Preguntas para meditar:
¿En qué situaciones de mi vida detecto actitudes de orgullo o vanidad? ¿Cómo reacciono cuando me corrigen o cuando algo no sale como quiero?
¿Soy capaz de pedir perdón cuando ofendo o me equivoco, o me cuesta por amor propio? ¿Sé perdonar y aceptar también las limitaciones de los demás?
¿Reconozco que todo lo bueno que tengo es don de Dios? ¿Cómo puedo practicar la humildad hoy de forma concreta? (Por ejemplo, hacer un servicio anónimo, dejar que otro tenga la razón en algo pequeño, orar diciendo a Dios que necesito de Él en todo).
Día 6: Pureza de corazón y espíritu de sacrificio
Comentario inicial: En el sexto día meditamos sobre dos virtudes unidas: la pureza (castidad de mente, corazón y cuerpo) y la mortificación (espíritu de sacrificio). Jesús enseñó: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5,8). San Juan Gabriel resplandeció por su pureza angelical desde joven, y supo custodiarla mediante la mortificación y la penitencia. En un mundo lleno de impureza y comodidad, su ejemplo nos anima a vivir en la pureza –amando a Dios sobre todo y respetando nuestro cuerpo como templo del Espíritu– y a abrazar la mortificación cristiana –esos sacrificios y renuncias que fortalecen el alma–. Pidamos a Dios un corazón limpio y la fortaleza para negarnos a nosotros mismos por amor a Él.
Texto bíblico: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5,8).
Reflexión: Desde sus más tiernos años, el bienaventurado Juan Gabriel destacó por una pureza de alma extraordinaria. Sus contemporáneos la comparaban con la de San Luis Gonzaga, patrono de la juventud pura. La modestia y recato de Juan Gabriel causaban asombro y edificaban a quienes lo conocían. En su rostro y en sus palabras se reflejaban la limpieza y candor de su corazón, así como en un arroyo cristalino se refleja el cielo azul. Él sabía, sin embargo, que esta virtud tan hermosa –la pureza, simbolizada en un lirio fragante– solo se conserva creciendo entre las “espinas” de la mortificación. Por eso, muy pronto se entregó a la penitencia austera: mortificaba su cuerpo para dar vigor a su espíritu. Su alimentación era sumamente frugal, apenas la necesaria para vivir, y aun así solía espolvorear sus comidas con un polvo amargo que llevaba consigo, para no buscar ningún deleite gustoso. Usaba cilicio (una prenda áspera) y se disciplinaba con azotes a modo de penitencia. Incluso en las fatigas de la misión, ceñía su cintura con una cadena de hierro. Su cama era una simple tarima sobre el suelo duro, y muchas noches las pasaba en vela, en oración, velando con Cristo. Tenía tal dominio de sí que, por cansado que estuviese, no se recostaba cómodamente: se cuenta que jamás apoyaba la espalda en el respaldo de la silla, para ofrecer también ese pequeño esfuerzo a Dios. Así, mientras su cuerpo se debilitaba a fuerza de sacrificios, su alma se fortalecía cada vez más, preparándose para las pruebas del martirio.
¡Qué contraste con nosotros, pobres pecadores! La vida de mortificación nos suena extraña, porque a menudo estamos acostumbrados a buscar el confort, el placer y la satisfacción inmediata. La pureza del alma muchas veces se ve amenazada por la cultura actual, saturada de impurezas, erotismo y falta de pudor. Hoy en día, lamentablemente, muchos jóvenes –y también adultos– pierden la inocencia desde muy temprano, expuestos a un “diluvio de fango” que parece cubrir la tierra en medios de comunicación y entretenimientos. La virtud de la pureza es ridiculizada por el mundo, pero ante Dios es preciosa. San Juan Gabriel nos demuestra que sí es posible vivirla, con la gracia divina y nuestra cooperación. Él no podía haber soportado la crueldad de las torturas si no hubiera tenido antes una vida de disciplina y renuncia. La mortificación cristiana –ya no en formas quizás tan extremas, pero sí en el espíritu de negarnos aquello que nos aparta de Dios– es necesaria para robustecer el alma. Mortificar viene de “dar muerte” a lo que nos daña: el egoísmo, la lujuria, la pereza, la gula, etc. No se trata de hacernos daño por hacerlo, sino de unir pequeños sacrificios al sacrificio de Cristo, para purificarnos y dominar nuestras pasiones. Por ejemplo: moderarnos en la comida y bebida, controlar la curiosidad de los ojos (hoy diríamos en Internet, televisión), evitar diversiones o lecturas que ensucien la mente, ser sobrios en comodidades, aceptar con paciencia las incomodidades inevitables (calor, frío, contratiempos) sin quejarnos, etc. Todas esas “espinitas” que nos clavamos por amor a Dios protegen la flor de la pureza y de otras virtudes en el alma.
El mundo necesita testigos de pureza y templanza. Cuando muchos se dejan arrastrar por la cultura del placer, los cristianos estamos llamados a ser diferentes, a mostrar con la vida que la verdadera libertad está en decir “no” al pecado y “sí” al amor de Dios. Los limpios de corazón “verán a Dios”, es decir, experimentarán su presencia y, un día, la visión beatífica en el cielo. Vale la pena luchar por esa recompensa. Y cuando caigamos, no nos desanimemos: la confesión y la gracia de Dios nos limpian de nuevo. Hoy pidamos como el salmista: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro” (Sal 50,12). Que el Espíritu Santo nos purifique el corazón, la mente, los sentidos, para amar a Dios sin dividirnos entre Él y el mundo. Asimismo, pidamos la fortaleza para vivir alguna mortificación voluntaria: ofrecer un ayuno, limitar algo que nos gusta, dedicar tiempo a un servicio en lugar de un gusto personal, etc., unidos a la cruz de Jesús. Esos pequeños sacrificios, hechos por amor, atraen la gracia y transforman nuestra alma. Que al menos sepamos cargar con paciencia la cruz cotidiana que Dios permite en nuestra vida. Así, en nuestra alma irá brotando una flor blanca y perfumada que alegrará la mirada de Dios. Bienaventurado Juan Gabriel, intercede por nosotros para que alcancemos las virtudes de la pureza de corazón y del espíritu de sacrificio.
Preguntas para meditar:
¿Valoro la virtud de la pureza en mi vida (en pensamientos, miradas, palabras, acciones)? ¿Qué cosas quizás me apartan de la pureza que debería evitar o cambiar (ciertos contenidos, hábitos, compañías)?
Frente a la comodidad y el consumismo del mundo, ¿estoy dispuesto(a) a mortificarme un poco por amor a Dios? ¿Qué pequeño sacrificio concreto podría ofrecerle al Señor en este día?
¿Cómo reacciono ante la disciplina o la renuncia? ¿Entiendo que la mortificación cristiana no quita felicidad sino que libera el corazón para amar más a Dios?
Día 7: Pobreza evangélica y obediencia a la voluntad de Dios
Comentario inicial: En este séptimo día reflexionamos sobre dos virtudes evangélicas que vivió San Juan Gabriel como religioso vicentino: la pobreza y la obediencia. Jesús enseñó “Bienaventurados los pobres de espíritu” y Él mismo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros. También fue obediente hasta la muerte de cruz. San Juan Gabriel abrazó la pobreza, desprendiéndose de todo bien terreno, y brilló por su obediencia pronta y alegre a sus superiores, viendo en ellos la voz de Dios. Su ejemplo nos anima a desapegarnos de lo material y a buscar primero el Reino de Dios, así como a someternos con fe a la voluntad divina manifestada en los mandamientos, en la Iglesia y en las justas autoridades. Practicando pobreza y obediencia, hallaremos la verdadera libertad de los hijos de Dios.
Texto bíblico: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 5,3).
Reflexión: El desprendimiento de las cosas de la tierra y el anhelo de las del cielo hicieron que San Juan Gabriel amase profundamente la pobreza, tal como la propone el Evangelio. No acumuló ningún bien material; es más, no poseía nada que tuviera valor monetario. Su habitación en la comunidad era muy sencilla, casi desnuda: apenas contaba con unos muebles indispensables y unas cuantas imágenes piadosas sencillas. Vestía habitualmente la sotana más vieja del guardarropa comunitario –la elegía él mismo–, de suerte que a simple vista parecía el último y más pobre de los de la casa. Solo por obediencia aceptaba vestir una sotana un poco mejor los días de fiesta. Esta virtud de la pobreza la vivía con alegría: consideraba un honor asemejarse a Cristo pobre y a los pobres a quienes servía.
La obediencia es otra virtud crucial para todo cristiano (y especialmente para quienes han hecho votos religiosos, como él). En San Juan Gabriel brilló con luz singular. Ponía toda su gloria en obedecer, siguiendo el ejemplo de Jesús que dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34). Para Juan Gabriel, la voz de sus superiores era la voz del mismo Dios. Ya le confiaran cargos difíciles y de responsabilidad, ya luego se los quitaran; ya lo enviaran de una ciudad a otra o de una misión a otra, él aceptaba todo con prontitud y alegría, sin murmurar. Vivía la obediencia en fe, seguro de que Dios sabe más y conduce todo. En una ocasión, antes de que finalmente le permitieran ir a la misión de China, sus superiores le retuvieron varios años en Francia por motivos de salud y para encargarle la formación de novicios. Aunque en su corazón ardía el deseo de partir, obedeció humildemente y dio lo mejor de sí en el cargo que le asignaron, enseñando más con el ejemplo que con la palabra . Esta docilidad preparó su alma para el momento en que por fin le dijeron “ahora sí, puedes ir a China”: partió sin demora, dando gracias a Dios. Y más tarde, en la persecución, cuando fue apresado, diría ante el juez: “Soy predicador del Evangelio… ¿Que qué gano adorando a Dios? La salvación de mi alma, el cielo que espero” . Esa respuesta valiente mostraba que había vivido obedeciendo a Dios antes que a los hombres, como hacían los primeros apóstoles.
Nosotros, ¿cómo andamos en estas virtudes? El apego a las riquezas y comodidades es un gran obstáculo para el crecimiento espiritual. Quizá no todos estamos llamados a la pobreza material extrema, pero sí a tener pobreza de espíritu: es decir, a no aferrarnos al dinero o bienes, a usarlos con desprendimiento y generosidad, a confiar más en Dios que en la seguridad económica. Jesús nos advirtió que no se puede servir a Dios y al dinero (Mt 6,24). Hoy muchas personas doblan la rodilla ante el “becerro de oro” de la riqueza, sacrificando principios y hasta la fe por obtener más bienes. Sin embargo, las riquezas no aseguran la felicidad; al contrario, a veces traen más preocupaciones y amarguras. San Juan Gabriel encontró la bienaventuranza en la pobreza evangélica, pues su tesoro estaba en el Corazón de Cristo. Aprendamos a desprendernos: ¿realmente necesitamos tantas cosas materiales? ¿Podemos compartir más con quienes tienen menos? Un corazón pobre es un corazón libre para Dios.
En cuanto a la obediencia, también nos confronta. En nuestra época se exalta la independencia y la rebeldía, pero obedecer nos cuesta. Desde niños muchas veces nos resistimos a la autoridad de los padres o maestros; ya adultos, quizá cuesta obedecer las enseñanzas de la Iglesia, o las leyes justas de la sociedad, o aceptar la voluntad de Dios cuando difiere de nuestros planes. Y sin embargo, la obediencia, lejos de degradarnos, nos configura con Cristo obediente. Claro, no hablamos de obedecer cosas malas –si una autoridad mandase algo contra Dios, primero está Dios–, pero en el orden cotidiano, obedecer por amor a Dios trae paz. Nos ejercita en humildad y docilidad. San Juan Gabriel sabía que la obediencia vivida por amor tiene gran mérito ante el Señor. Él bromeaba llamándose “figurilla de misionero” precisamente porque entendía que lo importante no era hacer su voluntad, sino la de Dios. Y así fue santo.
Hoy podemos examinarnos: ¿soy demasiado apegado a mi propio querer? ¿Puedo decirle a Dios “hágase Tu voluntad” y a las mediaciones legítimas (padres, superiores, deberes) “sí, con gusto”? Practiquemos con cosas pequeñas: obedecer los reglamentos, llegar a tiempo a nuestras obligaciones, seguir un buen consejo aunque no sea idea propia. Y sobre todo, obedecer la voz de Dios que nos habla en la conciencia y en el Evangelio. Jesús nos dio ejemplo lavando los pies (servicio humilde) y obedeciendo hasta la cruz. “Oh Señor, haznos amar la santa pobreza de Belén y del Calvario; danos un corazón desapegado de lo material. Y concédenos la gracia de una obediencia perfecta a Tu voluntad, como la de María que dijo ‘hágase’, como la tuya que aceptó la cruz. San Juan Gabriel, ruega al Señor para que abracemos estas virtudes de pobreza evangélica y obediencia amorosa.”* Amén.
Preguntas para meditar:
¿Qué tan apegado(a) estoy a los bienes materiales, el dinero o el confort? ¿Me cuesta compartir lo que tengo? ¿Podría vivir con más sencillez por amor a Dios y a los demás?
En mi vida diaria, ¿cómo respondo a la voluntad de Dios y a las autoridades legítimas (familia, trabajo, Iglesia)? ¿Soy dócil o tiendo a la rebeldía y a hacer solo mi querer?
¿Hay alguna situación en la que Dios me pide algo (una renuncia, un cambio, perdonar a alguien, servir en algo) a lo que he resistido? ¿Cómo puedo imitar a San Juan Gabriel diciendo “sí, Señor” con confianza?
Día 8: Devoción ferviente a Jesucristo
Comentario inicial: Nos acercamos al final de la novena contemplando la devoción de San Juan Gabriel a Nuestro Señor Jesucristo. Él vivió una relación íntima y apasionada con Jesús: su oración era profunda, su amor a la Eucaristía era tierno, su meditación de la Pasión lo conmovía hasta las lágrimas, su deseo era configurarse plenamente con Cristo. No era una devoción superficial, sino sólida y llena de amor. Nosotros también estamos llamados a cultivar una amistad viva con Jesús, a permanecer en Él cada día. Que el ejemplo de San Juan Gabriel avive en nosotros la sed de Dios y el celo por la presencia del Señor en nuestras vidas.
Texto bíblico: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Salmo 42,2-3).
Reflexión: La devoción de San Juan Gabriel a Cristo fue grande y sincera, marcada por una tierna compasión hacia los padecimientos del Señor. Él tomaba a Jesús como modelo de su vida y regla de todos sus actos. Continuamente meditaba los beneficios de Jesús y los “excesos de su amor” (es decir, cuánto nos amó en la cruz), y esto lo dejaba casi fuera de sí de tanto amor. Celebraba todos los misterios de la Redención –Navidad, Pasión, Pascua– con un fervor singular. En especial, al celebrar la Santa Misa, sentía en su alma transportes incomprensibles de gozo y reverencia. Existe un testimonio impactante: cierto monaguillo que le asistía en Misa contó que, en el momento de la consagración, vio al Padre Juan Gabriel tan absorto en Dios que llegó a quedarse levitando en el aire por unos instantes. Postrado ante el Santísimo Sacramento, parecía un ángel del cielo; luego le costaba mucho desprenderse de aquel lugar, como Pedro en el Tabor que decía “¡qué bien estamos aquí, Señor!”. Delante del pesebre en Navidad, se quedaba en adoración muda y extasiada; y al fijar los ojos en un crucifijo, sentía que su corazón se derretía de ternura. Su amor lo impulsaba a desear sufrir más por Aquel que tanto sufrió por salvarnos, y anhelaba –si Dios lo quería– derramar toda su sangre como ofrenda de amor.
¡Qué distinta es muchas veces nuestra “devoción”! Muchos dicen tener devoción, pero quizás no pasa de palabras repetidas o actos externos. Nos apuntamos a varios grupos de oración o hacemos novenas (como esta), pero ¿qué fruto sacamos? –podemos preguntarnos–. ¿Nuestra vida mejora, nuestra alma se purifica, amamos más a Dios, crecemos en virtudes? Tristemente, a veces podemos continuar rezando pero sin convertir el corazón: permanecemos en los mismos pecados, con las mismas vacilaciones. No es que la devoción no sirva, sino que tal vez no estamos poniendo el corazón en ella. La verdadera devoción a Cristo no se reduce a fórmulas o ritos, sino que consiste en un amor activo y obediente: es imitar a Jesús, buscar parecerse a Él, hacer lo que le agrada, llevar con Él la cruz de cada día. Quien de verdad ama al Señor no se contenta solo con emocionarse en la oración, sino que vive el Evangelio en obras.
San Juan Gabriel logró esa unión con Jesús: por eso tuvo fuerzas en el martirio. Él mismo escribía: “Conocer y amar a Jesucristo: no basta conocerle, hay que amarle… Solo podemos salvarnos conformándonos con Él” . Hagamos nuestras esas ideas. Hoy Jesús nos invita: “Permanezcan en mi amor” (Jn 15,9) y “Como el sarmiento no da fruto si no permanece en la vid, así ustedes si no permanecen en mí” (cf. Jn 15,4). Esto es la devoción auténtica: permanecer unidos a Él como el pámpano a la vid, orando constantemente en el corazón, ofreciendo nuestro trabajo diario a su gloria, pensando en Él con frecuencia, acudiendo a la Eucaristía con fe, confiándole nuestras alegrías y penas. Es tener a Cristo como amigo íntimo y señor de nuestra vida. Si lo hacemos, nuestra vida dará mucho fruto de santidad.
Pidamos al Salvador, como lo hacía San Juan Gabriel, que encienda en nuestros corazones un fervor constante y una devoción sólida. Que nuestras prácticas religiosas (rosario, novenas, Misa, lecturas espirituales) no sean rutina vacía, sino encuentros reales con Jesús que nos transformen. Pidámosle también crecer en deseo de imitarle: “Señor, dame copiar tu imagen hermosa en mi corazón”. Por ejemplo, meditar sus virtudes: su paciencia, su mansedumbre, su compasión, e intentar practicarlas. Y sobre todo, llevar su Cruz con amor: aceptar sacrificios, ofrecer dolores en unión con Él, sabiendo que si sufrimos con Él, también resucitaremos con Él. Que Jesús sea nuestro amor, nuestra aspiración, nuestro descanso y nuestro gozo, como lo fue para San Juan Gabriel. Un alma enamorada de Cristo lo tiene todo, nada le falta. San Juan Gabriel Perboyre, discípulo fervoroso de Jesús, ruega por nosotros para que podamos lograr una devoción auténtica y constante a tu Divino Maestro.
Preguntas para meditar:
¿Cómo describiría mi relación personal con Jesús? ¿Es cercana y viva, o quizás formal y distante?
Mis prácticas de piedad (oraciones, sacramentos, devociones), ¿las vivo de corazón, buscando encontrarme con el Señor, o a veces caigo en la rutina o la prisa?
¿Qué puedo hacer para profundizar mi devoción a Cristo? (Por ejemplo, leer el Evangelio diariamente, visitar a Jesús Eucaristía con más frecuencia, contemplar más su Pasión, invocar su presencia durante el día). ¿Qué aspecto de Jesús quiero imitar más de cerca en mi vida?
Día 9: Valentía y fortaleza en el testimonio cristiano
Comentario inicial: Llegamos al último día de la novena, centrados en la fortaleza y la valentía en el testimonio, coronadas en el martirio de San Juan Gabriel Perboyre. Todas las virtudes y fidelidad que él cultivó lo prepararon para recibir la corona gloriosa del martirio. Su calvario fue largo y espantoso, pero Dios le dio fuerzas admirables para perseverar hasta el final sin renegar de la fe. Contemplar su pasión nos conmueve e inspira: ¿estamos nosotros dispuestos a ser testigos valientes de Cristo, aunque cueste sacrificio? Quizá no seamos llamados al martirio cruento, pero sí a cargar nuestra cruz cada día con coraje y a confesar a Cristo siempre. Pidamos a San Juan Gabriel que interceda por nosotros para obtener la virtud de la fortaleza y la perseverancia final en la fe.
Texto bíblico: “Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 5,10).
Reflexión: Dios había reservado a San Juan Gabriel una corona muy especial: la corona del martirio. Después de servir como misionero incansable en China, fue llamado a dar el supremo testimonio de amor: entregar la vida por Cristo. Sus padecimientos estremecen el corazón. ¿Quién no se estremece al considerar los horribles suplicios que sufrió? Fue arrestado en 1839, traicionado por un catecúmeno que lo vendió por dinero, al igual que Judas vendió a Jesús. Desde entonces pasó un año entero en prisiones, encadenado, siendo trasladado de un lugar a otro y sometido a innumerables torturas.
Lo presentaron ante diversos mandarines (gobernadores locales) que lo interrogaron una y otra vez. Tras cada interrogatorio, venía el castigo cruel al misionero que se negaba a apostatar. Lo azotaron tantas veces que su cuerpo era un mapa de heridas sangrantes. En otra ocasión, lo colgaron en lo alto sujetándolo solo por los pulgares, y otra vez incluso tirando de su cabello, causándole un dolor atroz. También lo obligaron a arrodillarse durante horas sobre cadenas de hierro al rojo vivo y sobre vidrios rotos, lacerando sus piernas. A veces lo levantaban con poleas hasta cierta altura y luego lo dejaban caer de golpe para dislocar sus huesos. En otra tortura, lo ataron a un asiento bajísimo y pasaban troncos rodando bajo sus plantas, aplastando sus pies. Repetidas veces golpearon su rostro con varas de bambú hasta dejarlo desfigurado. Los carceleros lo devolvían al calabozo casi agonizante, pero aún allí no tenía descanso: lo colocaron en un cepo (como vimos días atrás), sufriendo inmovilidad y dolor continuo, además de la compañía forzada de criminales violentos e insalubres condiciones que infestaban sus heridas. Podemos imaginar su estado: tras meses de tormentos, irreconocible físicamente, flaco, herido, febril… Pero nada de esto logró arrancarle una sola negación de su fe.
Los relatos cuentan que lo más terrible para él no eran los dolores del cuerpo, sino los ultrajes al crucifijo. En una oportunidad, los soldados, para humillarlo, tomaron una imagen de Cristo y la pisotearon ante sus ojos; aquello le arrancó gritos y lágrimas de dolor del alma. Aun así, en medio de esa tortura interior y exterior, San Juan Gabriel permanecía firme y sereno. Su admirable fortaleza no flaqueó ni un instante. Es más, se preocupaba por otros: algunas veces, en pleno tormento, alcanzaba a dar la absolución a cristianos que sufrían con él o a animarlos con palabras a perseverar. Oraba continuamente, y Dios le enviaba nuevas fuerzas misteriosas para resistir.
Finalmente, el 11 de septiembre de 1840, llegó el desenlace: condenado a muerte, fue llevado al lugar de ejecución. Lo ataron a una horca en forma de cruz y allí fue estrangulado hasta morir, ofreciendo su espíritu a Dios. La tradición cuenta que en ese preciso instante apareció en el cielo una cruz resplandeciente, y alrededor de la frente del mártir muchos vieron brillar una aureola de luz. Dios quiso honrar así a su fiel servidor. ¡Bendito seas, Señor, que premiaste de tal modo las virtudes de tu siervo! Bendito Jesús, que le comunicaste tanta fortaleza para que pudiera serte fiel hasta el final.
Después de contemplar esta entrega total, miremos nuestra vida. Tal vez no enfrentemos persecuciones sangrientas, pero sí “combates” diarios contra las tentaciones, pruebas y temores que pueden sacudir nuestra fe. A veces, frente a la presión del ambiente, sentimos miedo o vergüenza de manifestarnos cristianos; o ante una dificultad grande, nos tambaleamos en la confianza en Dios. Nos damos cuenta de que somos débiles, como hojas que el viento mueve. Necesitamos la virtud de la fortaleza, don del Espíritu Santo, para permanecer firmes en la fe. San Juan Gabriel nos enseña que esta fortaleza no viene de uno mismo, sino de la gracia: él oraba, y Dios lo fortalecía. “No nos abandones, Señor, ni un solo momento, porque sin Ti pereceremos”, debemos suplicar. Jesús nos prometió estar con nosotros siempre, y que el Espíritu nos dará fuerza cuando llegue la hora del testimonio (cf. Mt 10,19-20).
Pidamos al Sagrado Corazón de Jesús –refugio de los débiles– que nos guarde dentro de Él. Allí, amparados en el Corazón de Cristo, podremos resistir las pruebas y un día cantar victoria en el cielo. También encomendemos a tantos cristianos en el mundo que sí sufren persecución abierta hoy: que Dios les dé fortaleza y que sepamos solidarizarnos con ellos. Y pidamos de modo especial por los misioneros de la Iglesia, en particular los de la Congregación de la Misión (padres vicentinos) a la que perteneció San Juan Gabriel, así como por las Hijas de la Caridad y toda la familia vicentina, para que sean dignos continuadores de su testimonio. Roguemos por el Papa y los obispos, y por todos los que luchan por la fe en medio de tribulaciones, para que Dios los sostenga.
Finalmente, demos gracias al Señor por esta novena vivida. San Juan Gabriel ya goza en el cielo, formando parte del coro de los santos vencedores. Nos encomendamos a él: Glorioso mártir Juan Gabriel, te felicitamos por tu eterna felicidad junto a Dios. Alcánzanos tu protección e intercede por nosotros. Ruega para que también nosotros, en nuestra medida, obtengamos la virtud de la fortaleza y perseveremos fieles hasta el final de nuestra vida. Que un día podamos reunirnos contigo en la gloria, habiendo vencido con la gracia de Dios las batallas de esta tierra. Amén.
Preguntas para meditar:
¿Qué me impresiona más del martirio de San Juan Gabriel? ¿Cómo puedo aplicar su valentía a mis propias “pequeñas cruces” cotidianas?
¿En qué situaciones de mi vida necesito pedirle a Dios más fortaleza? (Puede ser para vencer un pecado habitual, para afrontar una desgracia, para defender mi fe ante otros, etc.)
Si alguien critica o se burla de mi fe, ¿cómo reacciono? ¿Estoy dispuesto a ser testigo de Cristo aunque eso implique incomodidades, rechazo o sacrificio? ¿Qué podría hacer para fortalecer más mi espíritu (por ejemplo, frecuentar los sacramentos, leer vidas de santos mártires, ejercitar la paciencia en las contrariedades pequeñas)?
¡Felicidades! Hemos concluido la novena en honor a San Juan Gabriel Perboyre. Que estas reflexiones y oraciones hayan acercado más nuestro corazón a Dios. Sigamos el ejemplo de este santo: vivamos con fe ardiente, esperanza invencible, amor generoso y valentía humilde en el testimonio cristiano. San Juan Gabriel Perboyre, ruega por nosotros.
