El año 2025 ha estado marcado por varios acontecimientos históricos que han transformado notablemente nuestra vida: la llegada del Papa León XIV en el contexto del Año Jubilar de la Esperanza, y también la celebración del Año Jubilar de la Congregación de la Misión. Al mismo tiempo, seguimos viviendo las tensiones de las guerras, los conflictos y la inestabilidad política en todos los rincones del mundo. Sin embargo, en medio de estos terribles acontecimientos, Jesús nos invita a poner en Él nuestra confianza, “fijos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe” (Hebreos 12,2), y a levantar la cabeza porque “se acerca nuestra liberación” (Lucas 21,28).
Esa misma esperanza desafió a san Vicente a ver, detrás del rostro sufriente, al Cristo resplandeciente, el mismo que al contemplar las realidades de dolor de su pueblo, no permaneció impávido, sino que transformó la realidad con la fuerza inventiva de la caridad. Ahora, 400 años después, la llama fervorosa que encendió san Vicente en Francia se ha extendido como un fuego abrasador, evocando las palabras del Señor: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y cómo deseo que ya estuviera ardiendo!” (Lucas 12,49). Es el fuego que nos consume para entregarnos de lleno a la misión.
La novena de este año trae consigo recursos nuevos, reflexiones que nos ayudarán a abrirnos a la gracia, y sobre todo un sentido comunitario que nos permite encontrarnos con el otro, a medida que hacemos caminos de reflexión y comunión juntos.
Que esta novena sea para todos un recurso provechoso de crecimiento y formación en el carisma vicentino. Que nuestro Padre celestial, que envió a Jesús a anunciar la Buena Nueva, nos envíe también a nosotros, con la fuerza del Espíritu Santo, a comunicar a otros la gracia que libera y da salvación.
P. Andrés Felipe Rojas Saavedra, CM.
Misionero Vicentino
+ Corrección y Aprobación: P. CARLOS ARLEY CARDONA SALAZAR, CM. (Superior Provincial – Colombia)
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NOVENA A SAN VICENTE DE PAUL 2025- EDICIÓN JUBILARDescargar
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
¡Padre de la Esperanza! Con gratitud te elevamos nuestra voz en este año jubilar, reconociendo tu inmenso amor que, desde hace 400 años, llamó a san Vicente de Paúl a fundar la Congregación de la Misión para anunciar el Evangelio a los pobres.
Hoy, continuando ese legado, te pedimos que nos guíes y fortalezcas en nuestro compromiso de ser misioneros audaces y generosos, atentos a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas más vulnerables. Haz que nuestros corazones permanezcan sensibles ante los sufrimientos de los pobres, para descubrir en ellos el rostro de tu Hijo amado.
Concédenos revestirnos del Espíritu de Cristo, para anunciar, practicar y testimoniar tu Reino en todos los rincones del mundo. Que ninguna periferia quede sin experimentar la alegría del Evangelio, la fuerza de la caridad y la esperanza que brota de tu amor.
Haz que, al celebrar estos 400 años de gracia, encarnemos una espiritualidad auténtica, capaz de responder a los desafíos de nuestro tiempo con compasión y acciones concretas, como lo soñó san Vicente: con la “fuerza inventiva de la caridad”.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestra esperanza, en quien encontramos la plenitud de tu amor y la inspiración para seguir sus pasos. Amén. Padrenuestro.
ORACIÓN POR EL AÑO JUBILAR
del papa francisco
Padre que estás en el cielo, la fe que nos has donado en tu Hijo Jesucristo, nuestro hermano, y la llama de caridad infundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo, despierten en nosotros la bienaventurada esperanza en la venida de tu Reino.
Tu gracia nos transforme en dedicados cultivadores de las semillas del Evangelio que fermenten la humanidad y el cosmos, en espera confiada de los cielos nuevos y de la tierra nueva, cuando vencidas las fuerzas del mal, se manifestará para siempre tu gloria.
La gracia del Jubileo reavive en nosotros, Peregrinos de Esperanza, el anhelo de los bienes celestiales y derrame en el mundo entero la alegría y la paz de nuestro Redentor.
A ti, Dios bendito eternamente, sea la alabanza y la gloria por los siglos. Amén.
ORACIÓN A LA VIRGEN
(De los escritos de San Vicente de Paúl)
Santísima Virgen María ayúdanos a estar dispuestos a practicar las máximas evangélicas, te pedimos que llenemos de ellas nuestro espíritu, llenemos nuestro corazón de su amor y vivamos en consecuencia. Por tu intercesión ya que, mejor que ningún otro, penetraste el sentido de esas enseñanzas y las practicaste. Para esperar que, al vernos aquí en camino de vivir según estas máximas, nos serán favorables en el tiempo y en la eternidad. (cfr. XII, 114-129)
¡Oh, Santísima Virgen, pide al Señor este favor, pídele una verdadera pureza para nosotros, para toda la familia vicentina! Esta es la súplica que te hacemos. (cfr. XI, 447-449). Amén.
Dios te salve…. Gloria
Se dice el día correspondiente
Gozos
“San Vicente de Paúl, enciende en nosotros el fuego de la caridad”
Fuego de la caridad, desde el campo a la ciudad,
como campesino o preceptor; de misionero a fundador.
La llama ardiente de tu celo, nos invita a la amistad
Con esclavos y afligidos dando con ardor un amor abrazador.
En el horizonte nos invitas a fijar mirada,
amor efectivo reclaman los pobres.
que sea nuestra caridad inventiva y cimentada
para dar con pasión y celo a Cristo Pan de Vida.
¡El pueblo muere de hambre y se condena!
Urge llevar el pan con justicia,
que sólo por nuestro amor
los pobres nos perdonarán
Padre de los pobres, predicador infatigable
del celo por las almas compártenos ejemplo;
para dar a los pobres testimonio fiable
que conduzcan al hombre a verdadero templo
¡Oh Vicente de Paúl! Que no se halle en nosotros
un amor que sea subjetivo, ¡donativo debe ser!,
con el esfuerzo de nuestros brazos,
y en la frente el sudor, para dar a conocer al prójimo
el amor de nuestro Dios.
Tus hijos e hijas llevan con pasión tu heraldo,
en el firmamento luz ponderosa de tu amor nos guía
con la fuerza imperativa de amar sin miedo,
a quien desde la cruz con amor nos mira.
Misión y Caridad son las alas
que te llevaron al cielo,
a tu entrada, pobres y ricos te esperaban.
Gozosos tus hijos, mientras Cristo te coronaba
de laureles y santidad, padre y apóstol,
la Iglesia en ti se reflejaba.
ORACIÓN FINAL
AL CORAZÓN DE SAN VICENTE DE PAÚL
Oh Corazón de San Vicente que sacaste del Sagrado Corazón de Jesús, la caridad que tú derramaste sobre todas las miserias morales y físicas de su tiempo, alcánzanos de jamás dejar pasar a nuestro lado miseria alguna sin socorrerla.
Haz que nuestra caridad sea respetuosa, delicada, comprensiva, efectiva como fue la tuya. Pon en nuestros corazones una fe viva que nos haga descubrir a Cristo sufriente en nuestros hermanos desventurados.
Llénanos del celo ardiente, luminoso, generoso que jamás encuentre dificultad alguna en servirlos. Te lo pedimos, oh Corazón de Jesús por la intercesión de aquel, cuyo corazón no latía ni actuaba más que por impulso del tuyo. Amen
PRIMER DÍA
La Providencia de
Dios guía la Misión
Signo: Un cirio encendido al centro, rodeado de semillas. El cirio recuerda la luz de Cristo que orienta la misión; las semillas evocan los comienzos humildes de 1625 en Montmirail, que bajo la Providencia se convirtieron en árbol fecundo.
Canción: Vicentino Soy- Seguidor de Jesús
Iluminación Bíblica: (Mateo 6, 25-33)
Por eso os digo: no andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que se preocupe, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Pero os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy existe y mañana se echa al fuego, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? Así que no andéis preocupados diciendo: ‘¿Qué vamos a comer?’, o ‘¿qué vamos a beber?’, o ‘¿con qué nos vamos a vestir?’. Que por todas estas cosas se afanan los paganos; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo esto. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
Dios sabe disponer tan bien las cosas que la contradicción sigue a los aplausos, la tristeza al gozo, a fin de que nuestro espíritu se detenga solamente en Él, que está por encima de todos esos cambios. Mientras vivamos, tenemos que estar preparados para sufrir unas veces de una manera y otras de otra; si no, no seríamos discípulos de ese divino Maestro, que fue calumniado, y que ha querido empezar a probar a ustedes de ese modo. Considere como una bendición verse tratado como Él y procure seguir su ejemplo en las virtudes que practicó cuando fue maltratado por los hombres. (Carta a Juan Martín, 7 de julio de 1656)
Reflexión:
La Providencia de Dios es el hilo invisible que atraviesa la historia de la salvación y sostiene nuestra misión. Jesús, en el Evangelio, invita a no vivir con angustia, porque la vida está en las manos del Padre que cuida de los lirios del campo y de las aves del cielo. La verdadera seguridad no está en las riquezas, en los planes humanos o en las estrategias, sino en el corazón amoroso de Dios que guía a sus hijos con sabiduría infinita.
San Vicente supo descubrir esta verdad en carne propia. La historia de la Congregación de la Misión no fue un camino recto y fácil, sino un sendero lleno de pruebas, contradicciones y aparentes fracasos. Sin embargo, Vicente veía en cada acontecimiento la mano providente de Dios que conducía todo hacia un bien mayor. Su confianza no estaba en apoyos humanos ni en seguridades externas, sino en el Dios que dirige la historia.
Celebrar 400 años de la “Pequeña Compañía” es reconocer que, si hemos llegado hasta aquí, no es por mérito humano, sino porque la Providencia de Dios ha sostenido cada etapa: desde los primeros pasos con la familia de Gondi, pasando por las misiones rurales, la formación del clero, la expansión misionera en el mundo, hasta los tiempos de persecución y de martirio. En todo, Dios ha sabido sacar bien del mal, luz de las tinieblas, esperanza de las pruebas.
Hoy también, en un mundo marcado por guerras, crisis sociales y desafíos tecnológicos, el Señor nos invita a levantar la cabeza, confiando en que Él conduce la historia. Creer en la Providencia no significa pasividad, sino vivir en disponibilidad y entrega, sabiendo que nuestra misión no depende de nosotros, sino de Aquel que nos envía.
Confiar en la Providencia es la mejor garantía de fecundidad para la Congregación y para cada uno de nosotros: poner en manos de Dios lo poco que tenemos, y dejar que Él lo multiplique para el bien de los pobres, como multiplicó los panes en el Evangelio.
Preguntas:
¿Soy capaz de reconocer en los acontecimientos de mi vida personal y comunitaria la acción providente de Dios, incluso en lo doloroso?
¿De qué manera este jubileo me invita a renovar mi confianza en que es Dios quien conduce la historia de la Congregación?
¿Qué hechos de nuestra tradición vicentina muestran con más claridad que la Providencia siempre abre caminos nuevos?
SEGUNDO DÍA
El celo apostólico
como ardor misionero
Signo: Una antorcha encendida o, si no es posible, varias velas pequeñas alrededor del cirio central.
Canción: Ay que linda es la caridad
Iluminación Bíblica: (1 Corintios 9, 16-23)
Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio. Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos; con los que están bajo la Ley, como quien está bajo la Ley – aun sin estarlo – para ganar a los que están bajo ella. Con los que están sin ley, como quien está sin ley para ganar a los que están sin ley, no estando yo sin ley de Dios sino bajo la ley de Cristo. Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
Expulsemos lejos de nosotros esa flojera; pidamos a Dios que, por su misericordia, conserve lo que liberalmente nos ha dado; es un gran regalo el que ha hecho a la compañía, pidamos a su bondad que no nos hagamos indignos de él por nuestra negligencia; recemos mucho por ello. ¡Oh Salvador! Suscita en nosotros, suscita ese espíritu de san Lorenzo, que le hizo triunfar en medio de las llamas de la furia del infierno; suscita en nuestros corazones ese fuego divino, ese fervor ardiente que nos haga triunfar de todas las artimañas del diablo y de nuestra mala naturaleza, que se opone al bien; fomenta en nosotros un celo ardiente de procurar tu gloria en todas nuestras ocupaciones, para que perseveremos en ellas constantemente hasta la muerte, a ejemplo de ese gran santo cuya fiesta celebramos; te lo pedimos por su intercesión. (Repetición de la oración del 10 de agosto de 1655).
Reflexión:
El celo apostólico es la pasión que nace de la experiencia del amor de Dios y se traduce en un deseo inquebrantable de anunciar el Evangelio. Para san Vicente, no se trata de un entusiasmo pasajero, sino de un ardor constante, que brota de un corazón inflamado por la caridad. El verdadero celo no es activismo, ni búsqueda de reconocimiento personal, sino el desbordamiento de un corazón que ama a Dios y, por eso mismo, no puede dejar de amar a los hombres.
San Pablo expresaba esta convicción con fuerza: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16). Y Jesús mismo reveló su ardor: “He venido a traer fuego a la tierra” (Lc 12,49). San Vicente supo unir estas palabras a la vida concreta: el celo es lo que mueve a salir de uno mismo, a renunciar a comodidades, a superar miedos, para que Cristo sea conocido y amado.
El celo llevó a los primeros misioneros a recorrer pueblos y aldeas de Francia, a formar al clero, a partir a tierras lejanas como Madagascar, Polonia, China o Argelia. Es el mismo celo que llevó a tantos cohermanos a entregar su vida hasta el martirio. Y es el mismo celo que hoy nos urge a anunciar el Evangelio en las periferias existenciales: entre los migrantes, en los barrios empobrecidos, en el mundo digital, en las nuevas fronteras de la cultura y la comunicación.
El Papa Francisco nos recordó que el celo apostólico es el núcleo de toda misión: “La misión es la pasión por Jesús y al mismo tiempo pasión por su pueblo”. Un jubileo sin celo sería una celebración vacía. En cambio, si dejamos que este fuego del Espíritu reavive nuestra vocación, podremos encender otros corazones y mantener viva la llama de Vicente en este siglo XXI.
Preguntas:
¿Vivo mi vocación con ardor misionero o con rutina?
¿Qué me impide hoy dejar que el amor de Dios se transforme en celo apostólico?
¿Cómo puedo encender en otros la llama de la misión que yo mismo he recibido?
TERCER DÍA
La cruz como
fuente de esperanza
Signo: Una cruz sencilla, colocada en el centro, adornada con flores blancas.
Canción: Vicente de Paúl eres un hombre para hoy
Iluminación Bíblica: (Mateo 16, 24-28)
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a su conducta.
En verdad os digo: hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
Padres, ¿somos así nosotros? Que cedamos siempre la ventaja a los demás y que escojamos lo peor y lo más humillante para nosotros! Esto sería, sin duda, lo más agradable y lo más honroso para nuestro Señor: y esto es lo único que deberíamos pretender. Démosle esta parte. Tengo que llevar a cabo una acción en público; podría seguir adelante con ella; pero no lo haré; recortaré esto o aquello que podría darle algún brillo, y a mí cierta fama. De las dos ideas que se me ocurren, haré exteriormente la menos importante, para humillarme, y me quedaré con la más hermosa, para sacrificársela a Dios en el secreto de mi corazón. Nuestro Señor no busca ni se complace mas que en la humildad y en la sencillez de las palabras y acciones; será inútil buscarlo en otro lugar. Si queréis encontrarlo, hermanos míos, renunciad a la afición a brillar, a la pompa del espíritu, lo mismo que a la del cuerpo, y a todas las vanidades y afectos de la vida. (Conferencia sobre la mortificación, 2 de mayo de 1659)
Reflexión:
La cruz, que en apariencia es signo de fracaso, se convierte en la fuente más profunda de la esperanza cristiana. Jesús no pide a sus discípulos un seguimiento cómodo, sino una entrega radical que pasa por la renuncia a sí mismos y la aceptación de la cruz cotidiana. No se trata de buscar el dolor por el dolor, sino de asumir la vida con sus pruebas y convertirlas en ocasión de amor y de fidelidad.
San Vicente comprendió que el seguimiento de Cristo exige mortificación, es decir, aprender a dominar los egoísmos, los caprichos y las resistencias interiores, para que el corazón quede libre para amar. En su experiencia, la cruz no fue obstáculo para la misión, sino la condición para que ésta fuera fecunda. La cruz purifica las intenciones, fortalece la esperanza y nos asemeja más a Cristo, el Siervo que se entregó hasta el extremo.
A lo largo de 400 años, la comunidad ha llevado sobre sus hombros muchas cruces: persecuciones, expulsiones, pobreza de recursos, martirios de cohermanos en distintos países. Pero esas cruces no apagaron la llama del carisma, sino que lo hicieron más auténtico. Hoy, en un mundo donde la lógica es evitar todo sacrificio, la cruz se nos presenta como escuela de esperanza: nos recuerda que la victoria no está en la ausencia de dolor, sino en la fidelidad que transforma el sufrimiento en vida nueva.
Para los vicentinos, la cruz es inseparable de los pobres: allí donde un hermano sufre hambre, abandono, injusticia, discriminación, está Cristo crucificado llamándonos a cargar con su cruz. Quien se entrega a la misión desde la cruz descubre que la esperanza no defrauda, porque brota del amor probado.
Preguntas:
¿Cómo vivo mi cruz cotidiana: con resignación, con protesta o con espíritu de esperanza?
¿Qué cruces ha cargado la Congregación en estos 400 años que hoy nos fortalecen como herederos del carisma vicentino?
¿De qué manera mi servicio a los pobres me lleva a compartir más de cerca la cruz de Cristo?
CUARTO DÍA
El servicio humilde
como imitación de Cristo
Signo: Una jarra con agua y una toalla colocada delante de la cruz.
Canción: El Espíritu de Dios está sobre mí.
Iluminación Bíblica: (Juan 13, 12-17)
Después de lavarles los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. En verdad, en verdad os digo: el siervo no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envió. Si sabéis esto y lo ponéis en práctica, seréis dichosos’.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
Veamos ahora qué es lo que tenéis que hacer para honrar a Dios en ese trabajo. Creo, hermanas mías, que no se necesita nada más que la práctica de las virtudes que componen vuestro espíritu: la caridad, la humildad y la sencillez. Entonces, ¿para qué tenéis que ir a ese sitio? Para hacer lo que Nuestro
Señor hizo en la tierra. El vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras vais poco más o menos con ese mismo designio. Adán había dado la muerte al cuerpo y había causado la del alma por el pecado. Pues bien, Nuestro Señor nos ha librado de esas dos muertes, no ya para que pudiéramos evitar la muerte, pues eso es imposible, pero nos libra de la muerte eterna por su gracia, y por su resurrección da vida a nuestros cuerpos, pues en la santa comunión recibimos el germen de la resurrección. He aquí, pues, hermanas mías, cómo Nuestro Señor hace lo contrario de lo que había hecho nuestro primer padre. (Conferencia a las Hijas de la Caridad, 23 de julio de 1654)
Reflexión:
El servicio humilde no es una opción secundaria en la vida cristiana, sino el núcleo del seguimiento de Cristo. Jesús, el Señor y Maestro, se inclinó ante los suyos y les lavó los pies, mostrándoles que la grandeza está en hacerse servidor. San Vicente comprendió que la misión de la Iglesia sólo se realiza plenamente cuando los discípulos asumen el estilo de Cristo siervo: cercanía, compasión y servicio humilde.
Por eso, al fundar la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, insistió en que el verdadero privilegio del misionero y de la Hija de la Caridad es servir a los pobres, no desde arriba, sino de rodillas, reconociendo en ellos la presencia de Cristo. La misión vicentina es prolongación del gesto de Jesús en el lavatorio de los pies: “servir a los pobres corporal y espiritualmente, con respeto y ternura”.
La familia vicentina ha encontrado su identidad en este servicio humilde: en los pueblos rurales de la Francia del siglo XVII, en los hospitales, en las misiones lejanas, en los barrios marginados de nuestras ciudades. Allí donde un vicentino o una vicentina se inclina sobre la miseria humana con compasión, el Evangelio se hace carne y la esperanza se enciende.
Hoy, en un mundo marcado por la autosuficiencia, el individualismo y la búsqueda de poder, el servicio humilde se convierte en un signo profético. La humildad no significa pasividad ni debilidad, sino fuerza interior que brota de saberse amado por Dios y enviado a amar sin condiciones. Servir a los pobres es la forma más radical de imitar a Cristo, porque ellos son sus preferidos y en ellos se hace visible su rostro.
Preguntas:
¿Vivo el servicio como una imitación concreta de Cristo o como una simple tarea?
¿Me acerco a los pobres con humildad y ternura, reconociendo en ellos la presencia de Jesús?
¿De qué manera la Congregación está llamada hoy a renovar su servicio humilde en el mundo actual?
QUINTO DÍA
La obediencia al
Espíritu en la misión
Signo: Un fuego representando el Espíritu Santo colocada junto a la Biblia abierta.
Canción: Por los caminos de Vicente
Iluminación Bíblica: (Hechos 13, 3-12)
Ellos, pues, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. Enviados así por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí navegaron a Chipre. Al llegar a Salamina, anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Tenían también a Juan como ayudante.… Mientras recorrían la isla hasta Pafos, se encontraron con un mago, falso profeta judío, de nombre Bar-Jesús, que estaba con el procónsul Sergio Paulo, hombre prudente. Este mandó llamar a Bernabé y a Saulo y deseaba escuchar la palabra de Dios. Pero Elimas, el mago —pues así se traduce su nombre—, les hacía oposición, tratando de apartar de la fe al procónsul. Entonces Saulo, llamado también Pablo, lleno del Espíritu Santo, lo miró fijamente y le dijo: ‘Hijo del diablo, enemigo de toda justicia, lleno de todo engaño y malicia, ¿no dejarás de torcer los caminos rectos del Señor? Pues ahora la mano del Señor está sobre ti: vas a quedar ciego y no verás el sol por un tiempo.’ Al instante cayeron sobre él oscuridad y tinieblas, y andaba buscando quien lo guiara de la mano. Entonces el procónsul, al ver lo ocurrido, creyó, impresionado por la doctrina del Señor.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
Entregarse enteramente a Dios para servirle en la vocación a la que ha querido llamarnos. Estimar mucho nuestra vocación y apreciarla más que a todas las demás vocaciones del mundo, llenándonos de confusión si no la apreciamos debidamente, al ver cómo los extraños la tienen en tan gran estima y cómo nos solicitan desde varios lugares. (…) Buscar siempre una tierna y cordial amistad con todos los de la casa si por ventura le tenemos antipatía a alguien, no decírselo a nadie más que al superior, e intentar con toda clase de medios vencerse en esto (…) una total obediencia al Espíritu del Señor que nos ha reunido. (Consejos en el retiro anual, 1632)
Reflexión:
El libro de los Hechos narra cómo Pablo y Bernabé fueron enviados “por el Espíritu Santo” a la misión. La obediencia no fue una carga, sino una apertura confiada a la acción de Dios que los conducía hacia lo inesperado. Esta obediencia activa permitió que el Evangelio llegara hasta las naciones.
San Vicente entendió la obediencia al Espíritu como una entrega total: ponerse en manos de Dios para vivir plenamente la vocación recibida. Para él, obedecer no era mera sumisión exterior, sino dejarse conducir por el Espíritu en todo: en la misión, en la vida comunitaria, en las decisiones de cada día. La verdadera libertad se encuentra en esta disponibilidad.
La obediencia al Espíritu ha llevado a los misioneros a lugares y realidades impensadas: aldeas rurales de Francia, campos de batalla, hospitales, misiones lejanas en África, Asia y América. En cada época, el Espíritu ha suscitado respuestas nuevas y audaces.
Hoy, obedecer al Espíritu significa estar atentos a los clamores del mundo actual: los pobres en las periferias urbanas, los desplazados por la guerra, los jóvenes desorientados, las familias rotas, los nuevos espacios digitales. El Espíritu sigue soplando allí donde el mundo sufre. La obediencia es escuchar su voz y responder con prontitud y alegría, como María en la Anunciación: “Hágase en mí según tu palabra”.
El jubileo nos invita a renovar nuestra disponibilidad: no vivir la misión como un proyecto personal o institucional, sino como docilidad al Espíritu que guía a la Iglesia y a nuestra comunidad.
Preguntas:
¿Me dejo guiar por el Espíritu Santo en mis decisiones misioneras o actúo solo según mis propios planes?
¿Qué signos del Espíritu percibo hoy en la Congregación y en la Iglesia?
¿Cómo puedo vivir mi vocación con mayor entrega y disponibilidad a lo que Dios quiera?
SEXTO DÍA
La paciencia y la mansedumbre
como testimonio de esperanza
Signo: Un ramo de olivo o de palma junto al cirio central. El olivo simboliza la paz y la mansedumbre; la palma recuerda la victoria de la paciencia cristiana que, aun en la prueba, vence con la esperanza.
Canción: Dime tú.
Iluminación Bíblica: (Colosenses 3, 12-17)
Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, así también haced vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones; a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; enseñad y amonestaos unos a otros con toda sabiduría, cantad a Dios con gratitud en vuestros corazones salmos, himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
Nada le digo de esa pena que tiene usted que soportar de parte de las personas con quienes vive, a no ser que, con la ayuda de Dios, procuraremos remediarlo cuanto antes. Entretanto le pido a Nuestro Señor que le comunique su humildad y su paciencia para superar esas dificultades.
Le doy gracias a Dios de que vaya cada vez mejor ese seminario en el que ustedes trabajan; le ruego a la divina bondad que lo haga crecer en número y en virtud. Espero que contribuya usted también a ello con sus instrucciones y ejemplos. (Carta a Pedro Daveroult, diciembre de 1657)
Reflexión:
La paciencia y la mansedumbre son virtudes inseparables de la esperanza cristiana. No se trata de aguantar resignados ni de callar ante las injusticias, sino de vivir con un corazón sereno, confiado en que Dios conduce la historia y que ninguna prueba es más fuerte que su gracia. La mansedumbre es la fuerza de quien sabe responder al mal con bien, y la paciencia es la perseverancia que no se rinde ante las dificultades.
San Vicente, que enfrentó conflictos internos en la Congregación, persecuciones externas y calumnias personales, supo cultivar un espíritu de paciencia. En sus cartas exhorta a no dejarse vencer por la impaciencia ni por la dureza del corazón, sino a revestirse de la mansedumbre de Cristo, “que fue calumniado y maltratado, pero no abrió la boca” (cf. Is 53,7).
La Iglesia ha debido ejercitar estas virtudes: en las expulsiones de Francia durante la Revolución, en las persecuciones en misiones lejanas, en la incomprensión eclesial o social, e incluso en los tiempos de prueba vocacional y pobreza de recursos. Sin paciencia y mansedumbre, el carisma se habría apagado.
Hoy, en un mundo crispado, marcado por la violencia verbal y las tensiones sociales y políticas, los misioneros están llamados a ser testigos de esperanza precisamente a través de estas actitudes. La mansedumbre no es debilidad, sino fortaleza del Espíritu. La paciencia no es pasividad, sino confianza activa en el tiempo de Dios. Ser misioneros de la esperanza implica irradiar paz, escuchar más que gritar, perdonar más que acusar, esperar más que desesperar.
Preguntas:
¿Cómo reacciono ante los conflictos: con impaciencia y enojo, o con mansedumbre y confianza en Dios?
¿Qué ejemplos de paciencia y mansedumbre encuentro en la historia de la Congregación y en mi comunidad?
¿De qué manera puedo ser hoy testigo de esperanza en un mundo marcado por la prisa y la violencia?
SÉPTIMO DÍA
La formación del clero
y la vida interior
Signo: Un cáliz y una Biblia colocados juntos sobre un paño blanco. El cáliz representa el ministerio sacerdotal; la Biblia, la fuente de la vida interior. Ambos expresan que sin intimidad con Dios no hay fecundidad pastoral.
Canción: In Persona Christi
Iluminación Bíblica: (Juan 15, 1-8)
Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto todavía. Vosotros ya estáis limpios gracias a la palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, lo tiran fuera como al sarmiento, y se seca; después los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os dará. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
Aunque su carta no exige respuesta, no puedo sin embargo dejar de escribirle cuanto antes, y lo hago hoy para darle gracias a Dios porque finalmente vislumbra usted alguna solución favorable en la obra que ha comenzado. Es de esperar que Dios le dará su bendición. Le ruego que le dé su espíritu en abundancia para que lo pueda derramar sobre el estado eclesiástico, ya que sin duda alguna, si los sacerdotes son buenos, los pueblos también lo serán y los herejes se convertirán. Lo que más le recomiendo en nombre de Nuestro Señor es que forme a sus pensionistas en la vida interior. No carecerán de ciencia si tienen virtud, ni de virtud si se entregan a la oración; si ésta se hace bien y con fidelidad, los introducirá sin duda en la práctica de la mortificación, del desapego de los bienes, del amor a la obediencia, del celo por las almas y en todas las demás obligaciones. (Carta a Fermín Get, 4 de julio de 1659)
Reflexión:
Jesús nos recuerda en el Evangelio que sólo quien permanece unido a Él da fruto. Para san Vicente, esta verdad se aplicaba especialmente al clero: sin vida interior, la acción pastoral se vuelve estéril. Por eso insistía en la formación integral de los sacerdotes, convencido de que “si los sacerdotes son buenos, los pueblos también lo serán”.
En el siglo XVII, Vicente veía la necesidad urgente de reformar el clero: muchos sacerdotes vivían en la ignorancia, sin preparación, sin celo pastoral. Por eso la Congregación de la Misión dedicó gran parte de sus energías a los seminarios, retiros y ejercicios espirituales para formar pastores según el corazón de Cristo. La verdadera renovación de la Iglesia comienza por la conversión y la santidad de sus ministros.
A lo largo de 400 años, esta misión ha dado frutos inmensos. Allí donde los misioneros han acompañado y formado al clero, las comunidades cristianas han florecido. Hoy, en un mundo donde los sacerdotes enfrentan nuevas dificultades —soledad, desgaste, escándalos que hieren la credibilidad de la Iglesia—, la invitación de Vicente sigue vigente: volver a la vida interior, al cultivo de la oración, al amor a la Palabra, a la fidelidad en lo pequeño.
Celebrar el jubileo de la Congregación es redescubrir esta prioridad: un clero formado no sólo en la ciencia, sino sobre todo en la virtud; pastores que beban de Cristo en la oración y sean testigos de esperanza. Así la Iglesia podrá seguir anunciando con credibilidad el Evangelio a los pobres.
Preguntas:
¿Cómo entiendo hoy la importancia de la vida interior en mi vocación y misión?
¿Soy consciente de que la renovación de la Iglesia comienza en la santidad de sus ministros y consagrados?
¿Qué medios concretos cultivo para permanecer unido a Cristo, la Vid verdadera?
OCTAVO DÍA
La misión ad gentes y el envío
Signo: Un globo terráqueo (real o representado en una imagen) junto al cirio central. A su alrededor se colocan huellas de papel o pequeñas siluetas de pies, simbolizando el envío misionero hasta los confines de la tierra.
Canción: Ay que linda es la caridad.
Iluminación Bíblica: (Mateo 28, 18-20)
Jesús se acercó a ellos y les habló así: ‘Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
Le doy gracias a su divina bondad por las bendiciones que da a todas sus misiones, especialmente a la última. (…) Le pido a Nuestro Señor que le dé su espíritu en abundancia para la misión que va a emprender en la pequeña ciudad de Lucerna y que tenga a bien atraer a los herejes al deseo de instruirse y de convertirse. ¡Ojalá Dios quisiera servirse de ustedes para esto! ¡Sería un bien maravilloso y un beneficio de su divina bondad! Con todo nuestro corazón ofreceremos nuestras oraciones por esta intención. (Carta a Juan Martín, superior de Turín, 7 de julio de 1656)
Reflexión:
La misión ad gentes es la expresión más radical del dinamismo del Evangelio: la Buena Nueva no puede encerrarse en fronteras ni limitarse a un grupo. Jesús envió a sus discípulos a todas las naciones con la certeza de su presencia constante. La Iglesia es misionera por naturaleza, y en ella la Congregación de la Misión participa con un carisma específico: anunciar el Evangelio a los pobres, allí donde estén, incluso más allá de las fronteras culturales y geográficas.
San Vicente alentaba a sus misioneros a dejar la seguridad de lo conocido y lanzarse a lo desconocido, confiando en la Providencia. No se trataba sólo de predicar doctrinas, sino de atraer, de suscitar en los corazones el deseo de conocer y amar a Cristo. Por eso, la misión no se mide por resultados visibles, sino por la fidelidad al envío y la confianza en que es Dios quien obra en lo oculto.
Los vicentinos y las vicentinas han sido enviados a los rincones más diversos: desde Madagascar y Argel hasta China, Polonia y América Latina. Muchos misioneros dejaron su tierra sin saber si volverían; algunos ofrecieron su vida hasta el martirio. Ellos encarnan la verdad de que la misión ad gentes es al mismo tiempo una cruz y una gracia inmensa.
Hoy, el mundo digital, las migraciones masivas, los pueblos que aún no han escuchado el Evangelio y las nuevas culturas urbanas son los “nuevos continentes” donde el Señor sigue enviando a sus discípulos. El jubileo nos invita a renovar la disponibilidad: “Aquí estoy, Señor, envíame” (Is 6,8). Que el ardor misionero no se apague, sino que se extienda como llama viva que lleva esperanza a los que aún no conocen a Cristo.
Preguntas:
¿Siento en mi corazón el llamado misionero que va más allá de las fronteras de mi comodidad y seguridad?
¿Cómo puedo participar, desde mi realidad, en la misión universal de la Iglesia y de la Congregación?
¿Qué nuevos lugares o periferias necesitan hoy que alguien diga: “¡Aquí estoy, envíame, Señor!”?
NOVENO DÍA
La esperanza de la vida eterna, meta de la misión
Signo: La imagen de San Vicente de Paúl, acompañado de varias ramas o pequeñas matas, con el logo de los 400 años de la Congregación en el centro acompañado por una vela.
Canción: Alguien te está llamando.
Iluminación Bíblica: (1 Tesalonicenses 4, 13-18)
No queremos que ignoréis, hermanos, lo referente a los que duermen, para que no os entristezcáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera, por Jesús y con Él, Dios llevará consigo a los que murieron. Esto os lo decimos con una palabra del Señor: que nosotros, los que vivimos, los que quedamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Pues el mismo Señor, a la orden dada, por la voz de un arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después nosotros, los que vivimos, los que quedamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.
Escuchemos a San Vicente de Paúl:
La Providencia os ha reunido aquí a vosotras doce, y, al parecer, con el designio de que honréis su vida humana en la tierra. ¡Oh! ¡Qué ventaja estar en una comunidad, puesto que cada miembro participa del bien que hace todo el cuerpo! (…) Veamos, pues, mis queridas hijas, de qué manera tenéis que pasar las veinticuatro horas que forman la jornada, lo mismo que las jornadas forman un mes, y los meses los años, los cuales os conducirán hasta la eternidad.” (Conferencia del 31 de julio de 1634, sobre las reglas de vida)
Reflexión:
Toda la vida cristiana, y en particular la vocación vicentina, se entiende a la luz de la eternidad. El trabajo diario, las fatigas de la misión, las cruces y alegrías del servicio, todo nos conduce hacia un horizonte definitivo: la comunión eterna con Dios. Para san Vicente, la vida de comunidad y la fidelidad cotidiana eran preparación para esa plenitud, pues cada jornada vivida en caridad y entrega es un paso hacia la eternidad.
El jubileo de los 400 años de la Congregación de la Misión nos recuerda que somos parte de una historia que no termina aquí. Millones de pobres evangelizados, sacerdotes formados, comunidades animadas, misioneros enviados e incluso mártires que dieron su sangre, forman hoy parte de la herencia eterna de la “Pequeña Compañía”. Sus vidas, sembradas en la tierra, florecen en el cielo como frutos de esperanza.
La esperanza de la vida eterna no nos evade de la realidad, sino que le da sentido. Quien sabe que su meta es el cielo, puede entregarse sin reservas en la tierra. Por eso, la misión vicentina no es un esfuerzo pasajero, sino una siembra de eternidad en el corazón de los pobres. Cada gesto de caridad, cada palabra de Evangelio, cada sacrificio escondido se transforma en tesoro eterno.
En tiempos de crisis, guerras y oscuridad, recordar la meta última es fuente de esperanza. No caminamos hacia la nada, sino hacia el abrazo eterno del Padre. Por eso, como Vicente, podemos decir con paz: “Todo nos conduce hasta la eternidad”.
Preguntas:
¿Cómo ilumina mi vida diaria la certeza de la vida eterna?
¿Qué gestos concretos de misión y caridad me ayudan a sembrar esperanza de eternidad en los pobres?
¿Estoy viviendo mi vocación vicentina con los ojos puestos en la meta definitiva?
