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Beatos Mártires Vicencianos de la Guerra Civil Española

La Familia Vicenciana – integrada por sacerdotes y hermanos de la Congregación de la Misión…

Beatos Mártires Vicencianos de la Guerra Civil Española

La Familia Vicenciana – integrada por sacerdotes y hermanos de la Congregación de la Misión (Paúles), Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, y laicos de sus asociaciones – sufrió numerosas pérdidas durante la persecución religiosa de la Guerra Civil Española (1936-1939). En total, 54 misioneros paúles, 29 Hijas de la Caridad, 14 laicos vicencianos (miembros de la Medalla Milagrosa y Juventud Mariana Vicenciana) y 5 sacerdotes diocesanos asesores espirituales han sido beatificados como mártires de la fe en este conflicto . A continuación presentamos un itinerario espiritual y testimonial de estos beatos mártires, agrupados por las ciudades y provincias de España donde entregaron su vida, destacando el número de mártires en cada lugar, sus nombres, circunstancias de su martirio y el legado de fe que nos heredan.

Asturias: Mártires de Oviedo y Gijón

En Asturias tuvo lugar el trágico preludio de la gran persecución. Durante la Revolución de octubre de 1934 – conocida como la “Asturias Roja” – se desencadenó una violenta insurrección antirreligiosa . En la ciudad de Oviedo, donde los Paúles dirigían el Seminario Conciliar, un asalto de milicianos rojos terminó con la vida de tres misioneros vicencianos: los sacerdotes Tomás Pallarés Ibáñez y Vicente Pastor Vicente, y el hermano Salustiano González Crespo . Durante aquel ataque, el Hno. Salustiano realizó un acto heroico: al ver que un grupo de seminaristas iba a ser fusilado, se interpuso ofreciendo su propia vida en lugar de la de los jóvenes – «Matadme a mí, que no sirvo para nada; pero no matéis a estos jóvenes, que pueden hacer mucho bien», exclamó . Su valiente intervención momentáneamente contuvo la furia de los revolucionarios y permitió salvar a aquellos seminaristas (aunque él mismo sería ejecutado poco después). Sobre las ruinas del seminario de Oviedo, “la ciudad mártir”, brilló desde entonces la aureola del martirio: sus cuerpos reposan en el cementerio ovetense bajo una gran cruz con la inscripción “Salve, mártires de Cristo” , testimonio de su entrega.

Pocos años después, al iniciarse la Guerra Civil en 1936, estalló también la persecución religiosa en Asturias. En Gijón, el 14 de agosto de 1936, fueron fusilados otros tres sacerdotes paúles: Amado García Sánchez, Pelayo José Granado Prieto y Ricardo Atanes Castro, quienes servían en aquella misión. Los milicianos los llevaron a las afueras (en el pinar de “Llantones”) y allí los acribillaron junto a otros religiosos . El P. Ricardo Atanes, de 61 años, murió perdonando; era conocido por su gran amabilidad con los pobres . Así, en Oviedo y Gijón, dieron su vida 6 miembros de la Congregación de la Misión (5 sacerdotes y 1 hermano), primeros frutos de una fidelidad probada en la persecución. Su recuerdo permanece como semilla de fe: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”, y efectivamente, la Iglesia beatificó a estos protomártires vicencianos en 2013 .

Aragón: Mártires de Alcorisa (Teruel)

En el pueblo de Alcorisa, provincia de Teruel, se hallaba desde 1889 un Colegio Apostólico Vicenciano dedicado a las misiones populares y a la formación de jóvenes. Al estallar la guerra en julio de 1936, la pequeña comunidad local (8 sacerdotes y 1 hermano) tuvo que huir; sólo dos misioneros permanecieron en la casa: el sacerdote Fortunato Velasco Tobar (de 30 años) y el hermano Luis Aguirre Bilbao (22 años) . Ambos fueron apresados por milicianos y fusilados en Alcorisa el 24 de agosto de 1936 “por odio a la fe” . El P. Fortunato, oriundo de Burgos, afrontó el martirio con admirable entereza cristiana: tras haber estado brevemente en libertad vigilada, decía con humildad “No me ven digno del martirio”. Finalmente, condenado a muerte, perdonó de todo corazón a sus ejecutores y oró por ellos antes de morir, exclamando “¡Viva Cristo Rey!” en el momento de la descarga fatal . Por su parte, el Hno. Luis Aguirre también dio un valiente testimonio: cuando los milicianos intentaron forzarle a gritar “¡Viva el comunismo!”, él respondió gritando con más fuerza: “¡Viva Cristo Rey!”, extendiendo los brazos en cruz e invocando el nombre del Señor mientras las balas segaban su joven vida . Los habitantes de Alcorisa reconocieron conmovidos la santidad de aquel “hombre de fe que nunca se avergonzó del Evangelio” .

Otro miembro de esa comunidad, el P. Leoncio Pérez Nebreda, de 41 años, fue martirizado días antes. Había escapado de Alcorisa pero fue capturado en el camino, en la localidad de Oliete, cuando intentaba llegar a Zaragoza . También él entregó su vida en agosto de 1936. En total, en Teruel ofrecieron su sangre 3 misioneros vicencianos (dos sacerdotes y un hermano). En ellos brilló la fortaleza de Cristo evangelizador: prefirieron morir antes que renegar de su fe o abandonar a los fieles. Su ejemplo de perdón y valentía en medio de la violencia sigue inspirando a la Familia Vicenciana: como enseñaba San Vicente de Paúl, “el amor es inventivo hasta el infinito”, incluso hasta dar la vida por los demás.

Castilla-La Mancha: Mártires de Guadalajara

La ciudad de Guadalajara acogía un importante Colegio Apostólico de los Paúles desde 1909, dedicado a formar futuros misioneros. Al iniciarse la guerra en 1936, la mayor parte de la comunidad y los seminaristas pudieron evacuar hacia zonas seguras, pero cuatro vicencianos permanecieron para resguardar la casa: los padres Ireneo Rodríguez González, Gregorio Cermeño Barceló, Vicente Vilumbrales Fuente y el hermano Narciso Pascual Pascual . Estos “cuatro guardianes” fueron detenidos el 26 de julio de 1936, encarcelados junto a otros religiosos y laicos, y finalmente fusilados en la prisión central de Guadalajara por su condición de religiosos .

El P. Ireneo Rodríguez (57 años) dio un extraordinario testimonio en cautiverio: dentro de la cárcel, se ofreció voluntariamente ante los milicianos para morir en lugar de padres de familia que estaban presos, animando a todos a la confianza en Dios . En los días previos a la ejecución, Ireneo exhortaba a sus compañeros de celda a confesarse y “disponerse para el martirio, si ésa era la voluntad de Dios” . Cuando llegó el momento, según testigos, él y el Hno. Pascual fueron de los primeros en dar un paso al frente entre los condenados, alentando al resto a “morir por Cristo” con valentía . Este gesto heroico refleja el espíritu de caridad y sacrificio que habían vivido: hasta el extremo de entregar la vida por los demás, imitando a Cristo.

Junto al P. Ireneo, también el Hno. Narciso Pascual (19 años) y los PP. Gregorio Cermeño (62) y Vicente Vilumbrales (27) recibieron la palma del martirio. El P. Gregorio, por ejemplo, fue fusilado tras preguntarle con serenidad a sus captores por qué obraban con tanta crueldad – por toda respuesta, recibió una descarga de pólvora que lo dejó tendido en el suelo . Sus restos, como los de tantos otros, fueron arrojados a una hoguera, consumándose así su holocausto . En Guadalajara murieron estos 4 vicencianos que, con su fe inquebrantable, iluminaron la oscuridad de la cárcel. Su memoria proclama la bienaventuranza evangélica: “Dichosos vosotros cuando os persigan… estad alegres y contentos, porque grande será vuestra recompensa en el cielo” (cf. Mt 5,11-12) .

Madrid: Mártires en la Capital y Alrededores

Durante la Guerra Civil, Madrid fue epicentro de una violenta persecución religiosa. Treinta y nueve de los 60 mártires vicencianos beatificados fueron asesinados en la diócesis de Madrid , en diversos lugares de la capital y sus alrededores. Entre ellos se cuentan decenas de sacerdotes y hermanos Paúles, casi una treintena de Hijas de la Caridad, varios laicos de las asociaciones vicencianas y algunos sacerdotes diocesanos que los asistían . Fue un calvario colectivo cuyas estaciones podemos recorrer para descubrir en cada una de ellas un testimonio luminoso de fe, perdón y amor cristiano.

Martirio de las Hijas de la Caridad en Madrid: El 12 de agosto de 1936, cinco Hijas de la Caridad de la comunidad de Leganés fueron fusiladas cerca de la Puerta de Hierro de Madrid. Estas religiosas – Sor Melchora de la Adoración Cortés, Sor María Severina Díaz-Pardo, Sor Estefanía Saldaña, Sor María Dolores Barroso y Sor Asunción Mayoral – habían permanecido fieles a su hábito y misión hasta el final. Al ser detenidas, confesaron sin ocultarse su identidad religiosa y, por ello, fueron llevadas al paredón esa misma noche . Entregaron su vida perdonando a sus verdugos y reafirmando su fe. Sus cuerpos fueron hallados junto a la carretera, testigos mudos de una fidelidad hasta la muerte.

Pocos días después, ocurrió el trágico episodio conocido como el “tren de la muerte”: el 11-12 de agosto de 1936, un convoy de prisioneros procedente de Valencia llegó a Madrid. Entre los cautivos venían dos Hijas de la Caridad expulsadas de un hospital de Jaén – Sor Juana Pérez Abascal y Sor Ramona Cao Fernández – que viajaban disfrazadas de enfermeras de la Cruz Roja. Habían intentado ocultar su condición, pero conservaban oculto bajo la ropa su rosario de Hijas de la Caridad, signo que las delató ante los milicianos . Por llevar el rosario, fueron separadas del resto al llegar a la capital: las arrastraron por el suelo, las insultaron brutalmente y finalmente las fusilaron en la zona del Pozo del Tío Raimundo (Vallecas) la madrugada del 12 de agosto . Así sellaron su entrega, abrazadas a la Virgen María hasta el último instante.

La violencia anticlerical se cebó también con las Hijas de la Caridad dispersas por Madrid. El 3 de septiembre de 1936, tres hermanas – Sor Dolores “Úrsula” Caro, Sor Andrea Calle y Sor Concepción Pérez Giral – fueron detenidas cuando huían de Albacete hacia la capital. Las capturaron en Vallecas al descubrir que llevaban rosarios ocultos y las sometieron a vejaciones atroces: las humillaron públicamente, llegando incluso a abusar de dos de ellas, antes de asesinarlas junto a la vía del tren en el paraje de Los Toriles . Murieron tras torturas indecibles, pero manteniendo su pureza y perdonando a sus agresores. Sus restos fueron recuperados años después y hoy descansan en sagrado.

Otra escena de martirio tuvo lugar la noche del 31 de octubre de 1936 en la carretera de Toledo, a las afueras de Madrid. Dos jóvenes Hijas de la Caridad – Sor Modesta Moro Briz (35 años) y Sor Pilar Isabel Sánchez (29 años) – fueron sorprendidas por milicianos al salir de su refugio. Habían estado escondidas, pero arriesgaron su seguridad para poder acudir a una Misa clandestina por la fiesta de Todos los Santos . Al ser interceptadas e identificadas como religiosas, las fusilaron en el kilómetro 6 de la carretera, ofreciendo ellas su vida como oblación. Habían salido “sacrificando su propia seguridad” para asistir a la Eucaristía, y la gracia del Sacramento les dio fuerzas para el supremo testimonio .

Aún en noviembre de 1936, la persecución no amainó. El 17 de noviembre, dos Hijas de la Caridad – Sor Josefa Martínez Pérez y Sor Lorenza Díaz Bolaños – fueron capturadas en una pensión de Madrid donde se ocultaban. Habían sido denunciadas por colaboradores del hospital donde servían. Las apresaron y las llevaron a una checa (cárcel clandestina), donde las torturaron vilmente por ser religiosas. Finalmente, las martirizaron en el Parque de las Vistillas, en pleno centro de Madrid . Sus cadáveres fueron hallados allí, símbolo de una Iglesia perseguida pero nunca vencida. Sor Josefa y Sor Lorenza sufrieron el martirio con fortaleza; según testigos, no dejaron de rezar ni de proclamar su fe durante las horas de cautiverio. Entregaron su alma a Dios perdonando a sus captores.

En total, 15 Hijas de la Caridad fueron martirizadas en Madrid entre 1936 y 1937, y todas fueron beatificadas en 2013 . Junto con ellas, se reconoce como mártir a María Dolores Broseta Bonet, joven laica de la Asociación de la Medalla Milagrosa de Valencia, que se hallaba en Madrid y fue fusilada junto a un grupo de hermanas en diciembre de 1936 . La mayoría de estas hermanas afrontaron la muerte con una actitud espiritual admirable: algunas perdonaron explícitamente a quienes las mataban, otras murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!” o con el rosario en mano, todas firmes en su vocación. Su legado es una estela de caridad y fe: en ellas se cumplió la promesa de Cristo de que quien pierde su vida por Él, la salvará.

Mártires laicos en Madrid: Entre los beatos vicencianos de Madrid figuran seis laicos conocidos como los “Caballeros de la Medalla Milagrosa”, pertenecientes a la Archicofradía de la Medalla Milagrosa de la basílica de San Vicente de Paúl (céntrica iglesia vicenciana de Madrid). Estos caballeros – entre ellos José Garvi y sus compañeros – eran hombres de profunda fe y servicio que apoyaban las obras vicencianas. Fueron detenidos por ser activos católicos y asesinados en Madrid durante 1936. Varios de ellos fueron ejecutados en las tristemente célebres sacas de presos que culminaron en las matanzas de Paracuellos del Jarama (noviembre-diciembre de 1936), en las que miles de prisioneros fueron fusilados extrajudicialmente. Allí entregaron la vida muchos sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Los caballeros vicencianos murieron perdonando. Un nieto de uno de ellos relató que sus padres, conscientes del martirio de su abuelo, educaron a la familia en el perdón y la reconciliación, sin odio, honrando así verdaderamente su memoria cristiana .

Asimismo, numerosos sacerdotes y hermanos Paúles de la comunidad de Madrid fueron martirizados. Destacan los 40 misioneros paúles beatificados en 2017, encabezados por los Siervos de Dios José María Fernández Sánchez (sacerdote) y Vicente Queralt Lloret (sacerdote). Muchos de ellos pertenecían a la Casa Central de los Paúles en Madrid (C/ García de Paredes) y tras la revolución de julio del 36 fueron apresados. Algunos fueron fusilados en Madrid ciudad (en lugares como el Matadero de Madrid o en Vallecas), y muchos fueron trasladados a las checas y cárceles de donde salieron para ser ejecutados en Paracuellos. Perseveraron hasta el final en su fe, a pesar de los tormentos de la prisión. Se sabe que varios afrontaron el pelotón de fusilamiento con los brazos en cruz y orando; sus últimas palabras fueron frecuentemente “¡Viva Cristo Rey!”, tal como relataron testigos.

Un ejemplo entre ellos: el Hermano Estanislao Páramo, que había servido en la comunidad de Villafranca del Bierzo, fue fusilado en Madrid el 11 de agosto de 1936. Durante su cautiverio mantuvo alta la moral de sus compañeros y los encomendó a la Virgen Milagrosa . Así como él, otros muchos Paúles vivieron su pasión en Madrid como verdaderos discípulos de San Vicente: con humildad, mansedumbre y confianza en la Providencia. En noviembre de 1936, cuando la situación era desesperada, algunos sacerdotes vicencianos como el P. José María Fernández animaron espiritualmente a los demás presos en la antesala de la muerte, impartiendo la absolución general y alentando: “Nosotros somos de Cristo, y vamos a Él”. Sus verdugos atestiguaron luego la paz sobrenatural con que estos siervos de Dios caminaban al fusilamiento.

En síntesis, la capital de España fue testigo del martirio de decenas de miembros de la Familia Vicenciana. En Madrid murieron por Cristo sacerdotes ejemplares, consagradas llenas de caridad, y laicos comprometidos, todos unidos por el mismo amor a Dios y al prójimo. Su sangre derramada fertilizó la Iglesia de Madrid: hoy son venerados como intercesores y modelos de reconciliación. Cada año, el 6 de noviembre – día que la Iglesia dedica a los mártires del siglo XX en España – la Familia Vicenciana recuerda con especial emoción a estos hijos fieles, cuyo “odio a la fe” de sus perseguidores se transformó en triunfo del amor y el perdón.

Comunidad Valenciana: Mártires de Valencia y Castellón

La región valenciana también fue escenario de cruentas persecuciones contra la Familia Vicenciana. En la archidiócesis de Valencia fueron martirizadas 12 Hijas de la Caridad junto con una joven laica vicenciana, todas beatificadas en 2013 . Pertenecían en su mayoría a la Casa de Beneficencia de Valencia y a obras de caridad en pueblos cercanos. Expulsadas de sus conventos y colegios a fines de julio de 1936, tuvieron que refugiarse como pudieron. A pesar del peligro, continuaron viviendo su vocación en la clandestinidad, ayudando a enfermos, pobres y niños allí donde se escondían, hasta que fueron descubiertas.

En Almenara (Castellón), el 18 de agosto de 1936, fueron apresadas tres Hijas de la Caridad que huían de Valencia: Sor Micaela Hernán Martínez, Sor María Luisa Bermúdez Ruiz y Sor Rosario Cíercoles Gascón. Las tres fueron fusiladas ese mismo día por milicianos en las afueras de Almenara . Ofrecieron su vida en holocausto, unidas en la fe hasta el final.

Otra comunidad vicenciana, la de la Casa de Beneficencia de Valencia, fue dispersada el 26 de julio de 1936. La superiora de aquella comunidad, Sor Joaquina Rey Aguirre, de 40 años, destacó por su arrojo en esos días: cuando los milicianos saquearon la capilla y tiraron al suelo un gran crucifijo, Sor Joaquina se arrodilló, alzó la imagen de Cristo, la besó y la colocó de nuevo en alto, increpando con firmeza a los profanadores: “¿Y con esto qué adelantáis?” . Esa valentía le costó la vida unos meses después. Sor Joaquina, junto con Sor Victoria Arregui Guinea (41 años), continuó sirviendo en un pueblo cercano, Foyos, adonde habían huido. Allí ambas fueron delatadas por albergar a dos sacerdotes que celebraban la Eucaristía en secreto. Llamadas a comparecer ante el comité local, fueron inmediatamente condenadas a muerte por ser religiosas . En la madrugada del 29 de octubre de 1936, las llevaron al cementerio de Gilet (Valencia) para fusilarlas junto con los dos sacerdotes (D. José Ruiz y D. Antonio Buenafonte). En ese trance final, Sor Joaquina protagonizó una escena memorable: uno de los milicianos intentó abusar de ella antes de matarla, pero ella se resistió con todas sus fuerzas, llegando a arrebatarle el arma en defensa de su pureza. El sacerdote que estaba con ella le advirtió que no perdiera la ocasión de “entrar triunfante en el cielo”. Sor Joaquina, recapacitando, devolvió el arma, pidió perdón públicamente por ese arranque de defensa, absolvió de corazón a sus agresores y proclamó su fe. Segundos después, cayó abatida por las balas gritando con voz firme: “¡Viva Cristo Rey!” . Sor Victoria Arregui fue fusilada junto a ella, compartiendo la misma corona martirial. Su caridad y valentía – incluso al proteger su castidad hasta el extremo – revelan una fe más fuerte que la muerte.

Otra Hija de la Caridad valenciana, Sor Josefa Martínez Pérez (39 años), vivió un martirio de profundas resonancias evangélicas. Sor Josefa, originaria de Alberique (Valencia), se refugió en casa de sus padres tras la expulsión del hospital donde servía. Tenía a su hermana Natalia embarazada y con tres niños pequeños. El 14 de octubre de 1936, milicianos detuvieron a Sor Josefa y a su hermana. En la cárcel, Josefa pasó horas de rodillas, con los brazos en cruz, orando y suplicando a Dios que liberaran a Natalia y tomaran a ella en su lugar . Y Dios escuchó su ofrecimiento: antes de la ejecución, los captores accedieron a soltar a la hermana embarazada, conmovidos quizás por la escena. Sor Josefa se despidió de Natalia con un abrazo, diciéndole: “Nos veremos en la eternidad” . Aquella noche, en un lugar llamado el Puente de los Perros (Llosa de Ranes), fusilaron a Sor Josefa con otros detenidos. La dejaron para el final, ensañándose cruelmente con ella por ser consagrada: la insultaron y torturaron, intentando quebrarla por su condición de virgen consagrada al Señor . Pero Sor Josefa soportó el terrible suplicio sin renegar. Finalmente, a las tres de la madrugada del 15 de octubre, recibió el tiro de gracia, entregando su alma a Dios . Tenía 39 años y acababa de cumplir su anhelo pronunciado al hacer sus votos: “¡Ya puedo ser mártir!”. Su cuerpo fue reconocido tras la guerra por su familia – hallaron junto a sus restos su rosario y la Medalla Milagrosa que siempre llevaba consigo .

La última escena de este Vía Crucis valenciano ocurrió el 9 de diciembre de 1936 en Paterna (Valencia). Ese día, las autoridades republicanas fusilaron a un numeroso grupo de presos considerados “elementos católicos”. Entre ellos estaban cinco Hijas de la Caridad que habían sido detenidas semanas antes: Sor Josefa Laborra Goyeneche (72 años), Sor Carmen Rodríguez Barazal (60), Sor Estefanía Irisarri Irigaray (57), Sor Pilar Nalda Franco (65) y Sor Isidora Izquierdo García (51) . Junto con ellas fue fusilada la laica María Dolores Broseta Bonet (44 años), miembro de la Asociación de Hijos de María (Juventud Mariana) de Valencia . Las religiosas habían permanecido ocultas un tiempo, pero fueron delatadas y llevadas a prisión. En la madrugada del 9 de diciembre, en una de las tristemente célebres “sacas” de Paterna, fueron ejecutadas en la tapia del cementerio, abrazándose unas a otras y orando. Se cuenta que María Dolores, la joven laica, sostenía en sus manos su Medalla Milagrosa en el momento del suplicio. Así culminó el holocausto vicenciano en tierras valencianas.

En total, en la provincia de Valencia y zonas limítrofes (Castellón) murieron mártires 12 Hijas de la Caridad y 1 laica vicenciana en 1936 . Sus restos fueron piadosamente recogidos tras la guerra y hoy reposan en panteones o iglesias locales. La Iglesia las elevó a los altares como beatas mártires el 13 de octubre de 2013, reconociendo su inmolación “por odio a la fe”. Su testimonio es especialmente elocuente en la vivencia del carisma vicenciano: todas ellas habían consagrado su vida al servicio de los pobres, de los enfermos, de los niños abandonados… y no abandonaron ese servicio ni siquiera ante las amenazas de muerte. Al contrario, en medio de la persecución continuaron practicando la caridad clandestinamente – cosiendo ropa para los necesitados, escondiendo imágenes religiosas, asistiendo a los moribundos – y llegaron al extremo de la caridad perfecta: dar la vida por amor a Cristo y a los pobres. Su recuerdo es semilla de nuevos cristianos en Valencia, donde hoy numerosas obras vicencianas (colegios, hospitales, asociaciones juveniles) se inspiran en su ejemplo de fe comprometida.

Murcia: Martirio en Cartagena

Aunque la mayoría de los mártires vicencianos de la Guerra Civil procedían de Madrid y Valencia, la región de Murcia también guarda un capítulo heroico de esta historia, concretamente en la ciudad portuaria de Cartagena. Allí fue fusilado el joven Enrique Pedro Gonzálbez Andreu, de 26 años, miembro de la Asociación de Hijos de María (Juventud Mariana Vicenciana) . Enrique era un laico vicenciano fervoroso, oriundo de Alicante, que había cultivado en la JMV un gran amor a la Eucaristía y a la Virgen de la Medalla Milagrosa. Durante la guerra, fue detenido en Cartagena por su activa fe. Uno de los milicianos, con crueldad burlona, le apuntó al pecho desafiando que atravesaría de un tiro su Medalla Milagrosa – Enrique llevaba colgada sobre su corazón la medalla de María . Cumpliendo su macabra promesa, el perseguidor disparó y la bala perforó la medalla, causándole la muerte. Años después, su sobrino-nieto llevó en la ceremonia de beatificación esa misma Medalla Milagrosa agujereada por el proyectil, como preciosa reliquia familiar . Enrique Gonzálbez murió el 3 de septiembre de 1936 en Cartagena, perdonando a sus verdugos e invocando a la Virgen. Junto con él, otros jóvenes de JMV en el sureste de España sellaron con sangre su fidelidad: por ejemplo, Francisco García Balanza, Modesto Allepuz Vera, José Ardil Lázaro y Rafael Lluch Garín, laicos vicencianos originarios de comunidades de Murcia o Alicante, que también fueron asesinados por confesar su fe en 1936 (estos forman parte del mismo grupo de 7 Hijos de María beatificados en 2017). Cada uno de ellos, aun sin ser religiosos de hábito, demostraron un profundo espíritu vicentino: vivían la devoción mariana, servían en obras de caridad y “no dudaron en confesar su fe en Cristo Resucitado con valentía, perdonando a quienes los perseguían” . Sus vidas sencillas, entregadas al apostolado seglar, y su muerte gloriosa a tan corta edad, son un llamado elocuente a los laicos de hoy para vivir con coherencia y valor el Evangelio.

Cataluña: Testimonio en Barcelona

La persecución religiosa se extendió igualmente a Cataluña, incluyendo a miembros de la Familia Vicenciana en Barcelona. El Padre Vicente Queralt Lloret, sacerdote paúl de 42 años originario de Barcelona, fue uno de ellos. El P. Queralt, junto a varios compañeros de comunidad, fue apresado en la capital catalana en septiembre de 1936. Había intentado ocultarse en casa de unos familiares, pero fue descubierto. Recluido en la tristemente célebre prisión Modelo de Barcelona, sufrió martirio el 30 de noviembre de 1936 dentro de la cárcel misma . Según testimonio de otros presos, el P. Queralt mantuvo hasta el final un espíritu sereno y orante, animando a sus cohermanos a la esperanza. Fue beatificado en 2017 junto a otros seis misioneros paúles martirizados en Barcelona ese año 1936. Entre ellos figuraban jóvenes formandos y sacerdotes de la Provincia Paúl de Cataluña que, al igual que en otros sitios, fueron asesinados por ser reconocidos como religiosos. También en tierras catalanas hubo laicos vicencianos que dieron su vida: se sabe de jóvenes Hijos de María de Barcelona que fueron fusilados por participar en congregaciones marianas vinculadas a los paúles. Aunque sus nombres son menos conocidos, la archidiócesis de Barcelona recuerda con veneración a estos fieles laicos.

Un caso emblemático es el de Sor Apolonia Lizárraga y Sor Bernardina Nogales, Hijas de la Caridad que servían en hospitales de Cataluña y fueron asesinadas en esos días (sus causas de beatificación siguen en proceso, pero representan a tantas religiosas que sufrieron similar suerte en territorio catalán). La Iglesia catalana honra a los mártires vicencianos como “hijos predilectos”. En Barcelona, la Basílica de la Milagrosa – regida por los Paúles – se convirtió durante el año 2017 en centro de peregrinación y memoria agradecida de estos mártires, destacando que muchos de ellos pasaron por ese templo y vivieron allí su fe .

En resumen, también en Barcelona y Cataluña corrió la sangre vicenciana por Cristo. Aunque en menor número comparado con Madrid o Valencia, su sacrificio no fue menos valioso: “Todos ellos murieron por fidelidad a Jesucristo, dando testimonio de su fe y del carisma vicenciano, perdonando a sus verdugos, fortalecidos por la Eucaristía y su devoción a la Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa” . Esta frase, pronunciada en la beatificación de 2017, resume la unidad espiritual de estos mártires dispersos por la geografía española pero congregados en un mismo espíritu de entrega.

Espiritualidad del Martirio Vicenciano y Legado Actual

El recorrido por las distintas ciudades y provincias martiriales nos revela un mismo hilo conductor espiritual: la vivencia heroica de las virtudes cristianas – fe, esperanza y caridad – hasta el extremo del martirio. Todos estos beatos compartieron, en contextos diversos, una actitud común: “Perdono de todo corazón” a quienes los maltrataron y “¡Viva Cristo Rey!” como grito final de confianza. Perdonaron a sus verdugos incluso en medio de torturas, a imitación de Cristo en la cruz. Muchos fortalecieron a sus compañeros de cautiverio con la Palabra de Dios y los sacramentos, convirtiendo cárceles y antesalas de la muerte en verdaderos cenáculos de fe . No pocos entraron en la gloria con los labios rezando el Avemaría o abrazados a sus rosarios y medallas, mostrando su tierna devoción a la Virgen. En suma, vivieron plenamente el carisma vicenciano: sirvieron a los pobres y enfermos hasta el límite, se mantuvieron humildes y sencillos (fijémonos que muchos eran gente de origen modesto: campesinos, artesanos, educadoras, enfermeros…), y entregaron la vida con mansedumbre, sin aspavientos, ofreciendo su sufrimiento por amor a Dios y al prójimo.

El Papa Francisco, al beatificar a estos mártires vicencianos (en dos ceremonias multitudinarias en 2013 y 2017), subrayó que su testimonio es “semilla de reconciliación y de fe” para la España de hoy. Lejos de cualquier lectura política, la Iglesia los honra como testigos del Evangelio: hombres y mujeres que, en una época de odio y violencia, “no dudaron en defender los valores evangélicos” con valentía hasta el perdón de sus perseguidores . Sus vidas nos invitan a todos a una fe más coherente y a una caridad más concreta. Como dijo el Superior General de los Paúles, P. Tomaž Mavrič, en la beatificación de Madrid, “ellos con su valentía defendieron los valores evangélicos hasta perdonar a quienes los perseguían” . Esta es quizá la enseñanza más impactante: la misericordia. Muchos familiares de los mártires contaron que, tras la guerra, en casa no se hablaba de venganza sino de perdón y oración – siguiendo el ejemplo que les dejaron los abuelos y tíos mártires . Así, el martirio vicenciano fructificó en más amor, no en más odio.

En la actualidad, el legado de los mártires vicencianos permanece vivo en la Familia Vicenciana global. Cada 6 de noviembre, su fiesta, los vicencianos renuevan el recuerdo de estos hermanos y hermanas que fortalecen con su ejemplo nuestra misión. Por ejemplo, en la Basílica de la Milagrosa de Madrid (testigo de muchos de estos acontecimientos), se custodian reliquias de los beatos – como la Medalla Milagrosa de Enrique Gonzálbez atravesada por la bala – que inspiran a los jóvenes JMV en su entrega . En los colegios vicencianos se narran estas historias para educar en valores de paz, perdón y servicio. Las Hijas de la Caridad veneran a sus hermanas mártires como patronas e intercesoras de sus obras sociales, sintiendo que “dondequiera que sufra un pobre, allí está Cristo sufriendo en él”, según la espiritualidad vicenciana, y que esas mártires lo comprendieron tan profundamente que se configuraron con Cristo en la cruz.

Podemos afirmar que los mártires vicencianos “no mueren, sino que siembran”. Su sangre ha sido semilla de nuevas vocaciones: tras la guerra, la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad resurgieron con vigor en España, acogiendo a muchos jóvenes inspirados por la entrega de sus antecesores. Asimismo, su testimonio ha impulsado la obra misionera: recuerdan a todo vicenciano que la caridad exige a veces el sacrificio máximo. Lejos de paralizar la misión, la persecución la purificó y la potenció. San Vicente de Paúl decía que “el martirio de la paciencia” – es decir, soportar dificultades por amor – es tan meritorio como el derramamiento de sangre. Estos beatos vivieron ambos martirios: el de la paciencia en sus trabajos cotidianos con los pobres, y el de sangre en su pasión final.

En síntesis, los beatos mártires vicencianos de la Guerra Civil Española son faros de luz para la Iglesia y el mundo de hoy. Sus nombres – desde los sacerdotes como Fortunato Velasco o Vicente Queralt, pasando por hermanas como Joaquina Rey o Josefa Martínez, hasta jóvenes laicos como Enrique Gonzálbez o Dolores Broseta – forman un firmamento de estrellas que nos guían hacia Cristo. Ellos nos enseñan que la fe vivida en el amor vale más que la vida misma, que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Su ejemplo nos anima a vivir nuestro propio compromiso cristiano con más entrega, a “valorar el testimonio de estos mártires” – como pide la Iglesia – y a hacer vida su legado de caridad ardiente, humildad sincera y perdón heroico.

Que al evocar a estos beatos mártires vicencianos, no lo hagamos con tristeza, sino con acción de gracias y esperanza. Ellos son “testigos y profetas de fe y caridad” que interceden por la gran Familia Vicenciana desde el cielo. Su martirio no fue el final, sino el comienzo de una fecundidad espiritual que perdura. En palabras de Tertuliano, “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”, y ciertamente la sangre de estos mártires vicencianos ha hecho florecer una cosecha de reconciliación, fe y servicio que hoy podemos contemplar en la Iglesia española. Que su testimonio nos inspire a todos – religiosos y laicos, jóvenes y mayores – a vivir con autenticidad el Evangelio de Jesucristo, a amar a los pobres con todo el corazón y a estar siempre dispuestos a confesar nuestra fe con valor, en cualquier circunstancia.

Beatos Mártires Vicencianos de España, rogad por nosotros.

Referencias y Fuentes:

Actas de la Beatificación de los 522 mártires del siglo XX en Tarragona (13/10/2013), especialmente los 42 mártires vicencianos beatificados en dicha ceremonia .

Actas de la Beatificación de los 60 mártires vicencianos en Madrid (11/11/2017), con desglose de miembros de la Congregación de la Misión, Hijas de la Caridad, JMV y otros .

Vinformation – FamVin (2013): “Presentación sobre los Mártires de la Congregación de la Misión durante la Guerra Civil” (slides) .

Diocese of Astorga – Nota de prensa (11/11/2017): “Beatificación de 60 mártires de la Familia Vicenciana” .

Corazón de Paúl (P. Marlio Nasayó, CM): Artículos “Padre Fortunato Velasco y compañeros mártires” y “Beato Vicente Queralt Lloret y 10 compañeros mártires” (2020).

Catholic.net – Santoral: Perfiles de beatos mártires vicencianos, p.ej. “Melchora de la Adoración Cortés y 14 compañeras, mártires” ; “Vicente Queralt Lloret y compañeros mártires”; “Tomás Pallarés y Salustiano González, mártires vicencianos” , etc.

Blog “Vidas Santas” (Cecill Torres): Reseñas detalladas de los grupos de mártires vicencianos, incluyendo “Beatas Josefa Martínez Pérez y 11 compañeras (Hijas de la Caridad) junto a la laica Dolores Broseta” ; “Beatos Fortunato Velasco y 13 compañeros, CM” ; “Beatos Tomás Pallarés y Salustiano González, mártires de Oviedo” ; etc.

Juventud Mariana Vicenciana – JMV Mundial: Noticia “Beatificados los Hijos de María martirizados en la Guerra Civil Española” , listando los 7 jóvenes laicos beatificados y recogiendo testimonios familiares.

Wiki FamVin: “Daughters of Charity: Martyrs in Madrid” – relato histórico de las comunidades de Leganés y otras en 1936 .

Wikipedia (es): “Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl – Beatas Mártires de España siglo XX” , con lista completa de las 27 religiosas y 1 laica beatificadas en 2013; “Mártires de la Familia Vicenciana” (anexo).

Testimonios orales y crónicas locales: relatos de testigos presenciales recopilados en procesos de beatificación, p.ej. declaración sobre el Hno. González en Oviedo , testimonio sobre Sor Joaquina en Gilet , etc., que ilustran la grandeza espiritual de estos mártires.

Estos mártires, dispersos por la geografía española pero unidos en el cielo, nos impulsan a vivir hoy con renovado ardor el lema vicenciano: “Caritas Christi urget nos” – el amor de Cristo nos apremia. Su legado pervive en cada obra de misericordia, en cada servicio humilde al pobre y en cada gesto de perdón sincero que la Familia Vicenciana realiza siguiendo sus huellas. Que jamás olvidemos su entrega, y que su intercesión nos obtenga la gracia de ser dignos continuadores de su misión.

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