SUPERIOR GENERAL- Roma, Adviento 2025
UN ADVIENTO CON LOS «OJOS ABIERTOS» PARA VIVIR LA MÍSTICA DE LA CARIDAD
Queridos miembros de la Familia vicenciana,
¡Que el Señor Jesús, fuente de verdadera esperanza, que ilumina las mentes y trae la paz a los corazones, esté siempre con nosotros!
En este inicio del Adviento, tiempo de espera y de esperanza, quisiera dirigirles un pensamiento que nace del corazón de nuestro carisma y de nuestra espiritualidad: vivir la espera del Señor en la caridad concreta.
El Adviento no es solamente un tiempo de preparación litúrgica para la Navidad, sino un camino de conversión de la mirada, para aprender a reconocer a Jesús que viene sin cesar a nuestro encuentro a través del rostro y la persona de los pobres, de los más pequeños y de los excluidos. Es el tiempo en el que la Palabra nos invita a estar atentos, pero también a actuar, a dejarnos tocar por las heridas del mundo, para convertirnos en signos creíbles del amor de Jesús.
En este tiempo de Adviento, les invito a despertar la mística de la caridad: la que nace del silencio de la oración, se desarrolla en el servicio cotidiano y se realiza en la comunión fraterna. No es la primera vez que les invito a reflexionar sobre la mística de la caridad, porque creo que su «puesta en práctica» nos permite actuar según el corazón mismo de la vida cristiana. Es en la caridad donde la fe se hace visible, donde la esperanza se traduce en gestos y donde la espera de Jesús se convierte en un encuentro cotidiano con él en los pobres.
La Familia vicenciana está hoy, como siempre, invitada a amar a los pobres según el corazón de Jesús, sin buscar interés personal. Nuestro corazón debe arder de caridad según el espíritu del Evangelio, como lo escribe san Vicente de Paúl: «… un corazón perfectamente iluminado en esta ciencia del amor. Si esto es así, un corazón verdaderamente lleno de caridad, que sabe lo que es amar a Dios, no querría ir hacia Dios, si Dios no se adelantase y lo atrajese por su gracia. Esto es estar muy lejos de querer obligar a Dios y atraérselo a fuerza de brazos y de máquinas. No, no, en esos casos no se consigue nada por la fuerza. Dios, cuando quiere comunicarse a alguien, lo hace sin esfuerzos, de una manera sensible, muy suave, dulce y amorosa; …» (Sígueme XI/3, 136).
El 19 de septiembre de 2016, en mi primera carta a la Familia vicenciana como Superior general, invité a reflexionar sobre la figura y la obra de san Vicente de Paúl, «místico de la caridad». A la luz de nuestras Constituciones y de nuestra Regla común, invité a profundizar en los pilares de la espiritualidad de san Vicente, que lo convirtieron en un místico de la caridad: la Encarnación (Adviento 2016), la Santísima Trinidad (Cuaresma 2017) y la Eucaristía (Adviento 2017).
La línea reformadora de Vicente es clara para todos nosotros, pues refleja la mística del amor, vivida por Jesús en la dinámica de la encarnación, que él hizo visible en la historia. Por las palabras y las acciones del Verbo de Dios encarnado, el amor se hace carne en Jesús: escucha las necesidades de las personas, anuncia la Palabra de liberación y realiza obras concretas. Estas buscan promover a cada persona humana, elevada a la dignidad de hijo de Dios. Cada enseñanza de san Vicente busca reafirmar la dimensión mística del don que ha sido dado a los seres humanos sin ningún mérito, por la encarnación de Jesús de Nazaret.
En la Familia vicenciana, la misión cobra todo su sentido y se nutre del misterio de la caridad, allí donde Jesús se revela de manera mística en los pobres. Así como el Hijo de Dios se encarna en un niño, humildemente acostado en un sencillo pesebre, está presente en los pobres. De ahí brota para cada uno de nosotros, la espiritualidad del amor al prójimo, que hunde sus raíces en Jesús y se extiende hasta los más necesitados. La Palabra de Dios nos invita a vivir concretamente el servicio junto a nuestros hermanos y hermanas, en sus necesidades materiales y espirituales.
En este tiempo de Adviento 2025, les invito a descubrir nuevamente la verdad de nuestra mirada, que nos hace soñar con la venida de Dios en la realidad concreta de la humanidad. Él nos permite también cultivar y alimentar lo que el teólogo Johann Baptist Metz llamaba la mística de ojos abiertos. Hoy, la Familia vicenciana está llamada a renovar cada dimensión de su vida en el fervor del amor: la oración, la misión de caridad, la vida fraterna, el anuncio del Evangelio a los pobres, el testimonio cristiano en la sociedad. Jesús nos llama, en este tiempo de espera, a ejercitarnos una vez más y a dar fruto en el amor, según la enseñanza transmitida por san Pablo en el ¡himno a la caridad!
Mantener los ojos abiertos implica comprometerse en una espiritualidad concreta y cumplir con responsabilidad nuestra misión de Familia de la caridad en nombre del amor encarnado. En efecto, es la caridad, parafraseando a Metz, la que nos hace vigilantes, nos despierta y nos abre los ojos a la realidad, pero a condición de que esté enraizada en el amor que es Jesús. Ese amor es el principio fundamental que alimenta la vida de san Vicente y la de toda la Familia que él deseó: «la caridad está por encima de todas las reglas y es preciso que todas lo tengáis en cuenta. La caridad es una gran dama; hay que hacer todo lo que ordena» (Sígueme IX-2, 1125).
Para vivir plenamente la mística de la caridad de ojos abiertos, es esencial hacer de la espera del Adviento un ejercicio de celo por la salvación de las almas.
La mística de la caridad de ojos abiertos nos orienta hacia lo que debería ser la mirada concreta de cada uno de nosotros, en este tiempo de Adviento. Estamos invitados a cambiar nuestra manera de ver, tanto con los ojos como con el corazón. A veces, la desesperación nos impide ver con claridad y nos vuelve indiferentes. Puede ser que haya quienes, aun declarándose samaritanos (Cf. Lucas 10, 25-37), eviten el camino que va de Jerusalén a Jericó… tal vez para no cruzar la mirada de los pobres con la de su propia opulencia. Para testimoniar la caridad encarnada, debemos avanzar por este camino de manera concreta y responsable, siguiendo la lógica de la eficacia evangélica, es decir, permaneciendo en silencio sobre nuestras acciones.
Reactivar el celo de nuestra misión, según la intención de san Vicente, significa igualmente devolver dignidad a los sueños de los pobres mediante respuestas tangibles, al ejemplo del Buen Samaritano del Evangelio. Este estaba dispuesto a sostener y acompañar la espera desesperada del hombre desdichado, confiando en recibir un acto de amor. Los pobres, cualquiera que sea su condición, «sueñan, pero necesitan de alguien que interprete sus sueños», escribió un venerable miembro de la Iglesia, el obispo Tonino Bello.
Jesús nos pide la conversión del corazón para poder conciliar caridad y justicia. Esperar en la caridad implica vivir la mística de la caridad de ojos abiertos, con el celo recomendado por San Vicente, que encuentra su fuente en Jesús. En efecto, «si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios» (Sígueme XI-4, 590).
Una mística de la caridad de ojos abiertos se convierte realmente en espera y realización de las promesas de Jesús. Esto solo podrá cumplirse plenamente a condición de que cada persona sea reconocida en su dignidad y no evaluada según la lógica del beneficio o en función de su condición social y de sus posibilidades económicas. En efecto, el teólogo Metz escribe: «La fe cristiana es, en todo caso, una fe que busca la justicia. Ciertamente, los cristianos son siempre también místicos, pero no lo son únicamente en el sentido de una experiencia espiritual personal, sino más bien en el sentido de una experiencia espiritual de solidaridad. Son ante todo “místicos de ojos abiertos”. Su mística no es una mística natural sin rostro. Es más bien una mística que busca el rostro, lo que conduce ante todo al encuentro con los que sufren, al encuentro con el rostro de los desdichados y de las víctimas».
Es ahora esencial vivir la dimensión mística de la Familia vicenciana que forma parte de la misión de la Iglesia. En este tiempo de Adviento que nos disponemos a vivir, es imperativo no solo reflexionar sobre este desafío, sino también comprometernos a hacer que nuestra misión sea más conforme a los principios evangélicos. Han pasado más de cincuenta años desde que Karl Rahner, gran teólogo del siglo XX, pronunció, durante los debates conciliares, una de las frases más proféticas y más célebres sobre la fe. La frase que hemos escuchado y repetido en varias ocasiones es la siguiente: «El cristiano del siglo XXI será un ″místico″ – es decir, alguien que ha ″vivido″ algo – o ni siquiera será cristiano». Ha llegado el momento de realizar esta profecía comprometiéndonos concretamente en la caridad para vivir la mística de ojos abiertos, es decir, reconociendo en la persona de los pobres a Jesús que viene a nosotros.
Que este tiempo de gracia del Adviento del Señor en medio de nosotros nos encuentre vigilantes en el amor. Que nos haga capaces de mostrar la ternura del Padre y de anunciar con la palabra y las obras la Buena Nueva a los pobres. Todo esto nos permitirá dar concretamente vida a sus sueños, con responsabilidad y confianza en Jesús, la esperanza que viene a nosotros en la pobreza de un pesebre.
Su hermano en san Vicente,
Tomaž Mavrič, CM
Superior general
