Espiritualidad

Mensaje del superior general Tomaz Mavric para la cuaresma 2026

Roma, Cuaresma 2026 HOY Y SIEMPRE… CON UNA PROFUNDA HUMILDAD Queridos miembros de la Familia…

Mensaje del superior general Tomaz Mavric para la cuaresma 2026

Roma, Cuaresma 2026

HOY Y SIEMPRE… CON UNA PROFUNDA HUMILDAD

Queridos miembros de la Familia vicenciana:

¡La gracia y la paz de Jesús estén siempre con nosotros!

Entramos en el tiempo santo de la Cuaresma al día siguiente de la clausura del Jubileo de la Esperanza, que ha atravesado la vida de la Iglesia como una invitación a levantar la mirada y renovar nuestra confianza en las promesas de Dios. Ha sido un tiempo de gracia, durante el cual hemos sido llamados a redescubrir que la esperanza no defrauda (Rm 5, 5), pues encuentra su origen en la fidelidad de Dios y se traduce en caminos concretos de reconciliación, de misericordia y de compromiso.

Este horizonte de esperanza ilumina de manera particular el presente del carisma. Al acercarse la clausura del cuarto centenario de la fundación de la Congregación de la Misión (17 de abril de 2026), estamos llamados a mantener viva la memoria como una fuente de futuro. Celebrar un centenario no significa volver la mirada al pasado con nostalgia, sino acoger la llamada del Espíritu Santo a través de san Vicente de Paúl para discernir cómo continuar hoy siendo signos fecundos y creíbles de esperanza evangélica, especialmente entre los pobres.

Con esta carta, deseo dirigirme a cada uno de ustedes, miembros de la Familia vicenciana, para que el camino de la Cuaresma se convierta en una ocasión de renovación personal y comunitaria, y abra el camino a decisiones valientes capaces de construir un futuro para la misión que se nos ha confiado.

Me gustaría centrarme en dos enseñanzas importantes de san Vicente, esenciales para vivir bien nuestro camino de Cuaresma en la Familia vicenciana: continuar la misión de Jesús, hoy y siempre en la tierra, todo ello con una profunda humildad.

Continuar la misión de Jesús

En varias ocasiones, san Vicente invitó a los Sacerdotes y Hermanos de la Misión, y a las Hijas de la Caridad, a continuar la misión de Jesús:

«El propósito de la compañía es imitar a nuestro Señor, en la medida en que pueden hacerlo unas personas pobres y ruines. ¿Qué quiere decir esto? Que se ha propuesto conformarse con él en su comportamiento, en sus acciones, en sus tareas y en sus fines … Por tanto, nuestra vocación es una continuación de la suya o, al menos, puede relacionarse con ella en sus circunstancias» (Sígueme XI/3, 383 y 387; conferencia 118, Sobre el fin de la Congregación de la Misión, 6 de diciembre de 1658).

«Se trata de deciros las razones que tiene la compañía para agradecer a Dios la gracia que le ha hecho de haberla llamado a ese estado de continuar la misión comenzada por su Hijo, y de servirse de sus mismas armas, a saber, la pobreza, la castidad y la obediencia… ¿Podemos añadir algo más a las razones que tenemos para agradecer a Dios la gracia que nos ha concedido al habernos puesto en este estado, y al estar así consagrados para continuar la misión de su Hijo y de los apóstoles? … ¡Salvador mío! ¡Has esperado mil seiscientos años para suscitar una compañía que hiciera profesión expresa de continuar la misión que te había encargado tu Padre en la tierra y que utilizara los mismos medios que tú utilizaste, haciendo profesión de guardar la pobreza, castidad y obediencia!… Pero, Salvador mío, ¿de quiénes te sirves para la conversión de los pueblos y para continuar tu misión?» (Sígueme XI/4, 638,643 y 647; conferencia 139, Los votos en la Congregación de la Misión).

«Según esto, la regla nos dice que practiquemos la pobreza nosotros, a quienes ha llamado nuestro Señor para hacer lo que él vino a hacer en el mundo, para continuar su misión y trabajar por la conversión de las almas» (Sígueme XI/4, 649; conferencia 140, De la pobreza, 14 de noviembre de 1659).

«¡Qué felicidad, hijas mías, que Dios os haya escogido para continuar el ejercicio de su Hijo en la tierra!» (Sígueme IX/1, 73; conferencia 9, Sobre el servicio a los enfermos, 9 de marzo de 1642).

«Pensad que en estos últimos tiempos Dios quiere poner en su Iglesia una Compañía de pobres campesinas, como sois la mayor parte, para continuar la vida que su Hijo ha llevado en la tierra.» (Sígueme IX/1, 132; conferencia 15, Explicación del reglamento, 14 de junio de 1643).

«¡Qué hermoso es encontrarse en el estado que tanto quería Nuestro Señor! ¡Si pudierais comprender la alegría que siente al ver a un alma siguiendo el camino que él llevó en la tierra!» (Sígueme IX/2, 820 ; Conferencia 76, Sobre la pobreza, 20 de agosto de 1656).

Jesús vivió su vida en una relación filial con el Padre y en una entrega total a sus hermanos, en particular a los más pobres y heridos. San Vicente de Paúl contempló a Cristo como el evangelizador de los pobres, enviado por el Padre para proclamar la Buena Nueva, sanar los corazones heridos, levantar a los caídos y hacer visible la misericordia de Dios en la realidad concreta de la historia.

Según Vicente, seguir a Jesús no consiste ante todo en imitar gestos aislados, sino en asumir su manera de mirar a las personas, de dejarse tocar por su sufrimiento y de responder a él con una caridad activa, humilde y creativa.

Hoy, continuar la obra realizada por Jesús en la tierra significa, para la Familia vicenciana, dejarse guiar por el mismo Espíritu que animó a Cristo e inspiró a san Vicente: un Espíritu que nos atrae hacia los pobres, no como destinatarios de una ayuda, sino como el lugar donde el Señor continúa revelándose. En este encuentro la espiritualidad vicenciana se convierte en fuente de esperanza, pues proclama que ninguna vida está perdida y que ninguna situación carece de futuro.

Hoy también, en el siglo XXI, marcado por nuevas formas de pobreza, de soledad y de injusticia mundial, el Señor nos invita a vivir la mística de la caridad. Nos llama a cultivar una mirada contemplativa, a experimentar una cercanía que engendra esperanza y a compartir una caridad inteligente y organizada.

La confianza del Señor, una escuela de humildad

¡Qué maravilla constatar la confianza que Jesús nos concede! Él nos confía, a nosotros, hombres y mujeres vulnerables, la proclamación del Evangelio, el cuidado de los pobres y el testimonio de su amor en el mundo. Esta confianza es un misterio que nos precede y nos supera: nace no de nuestra perfección, sino de su fidelidad.

Sin embargo, la confianza que se nos concede puede ser mal interpretada. Corre el riesgo de convertirse en presunción o en una convicción implícita de superioridad, de creerse mejores, más fieles, más iluminados que los demás. También puede servir como instrumento de juicio o de humillación, cuando el servicio se convierte en un medio de dominación, cuando el carisma excluye o cuando la pertenencia crea distancia en lugar de fortalecer la comunión. En tal contexto, la confianza del Señor se desvía, porque tiene como objetivo elevarnos a nosotros mismos, en lugar de edificar a nuestros hermanos y hermanas.

La Escritura nos interroga: «¿Tienes algo que no hayas recibido?» (1 Co 4, 7). Cada don, cada responsabilidad, cada misión confiada a la comunidad es una gracia, no una conquista. Reconocer que todo es don libera el corazón de la competencia, apaga la necesidad de afirmarse y abre a la gratitud.

Cuando una comunidad de vida consagrada o un grupo asociativo vive con la conciencia de que todo es don, esto cambia también la mirada dirigida hacia los demás. Las diferencias no se convierten en motivo de confrontación o de dominación. Son una riqueza que hay que acoger. La autoridad se transforma en servicio, la palabra se convierte en escucha, la misión se transforma en corresponsabilidad. En este clima, la confianza del Señor no aplasta, sino que eleva; une, no divide.

La humildad: fundamento de la caridad

La confianza en Dios se convierte entonces en una escuela de humildad para todos. Para san Vicente de Paúl, la humildad, esa virtud bella y amable (Sígueme XI/3, Conferencia 126, pág. 483 Sobre la humildad), es el fundamento de toda verdadera caridad. San Vicente hizo de la humildad el pilar y el fundamento de toda su vida espiritual. Aprendió su fuerza a través de su experiencia personal y la presentaba como el medio más adecuado para identificarse con la humanidad de Cristo. Volvamos a leer sus palabras:

«Esforcémonos en la humildad, pues cuanto más humilde sea uno, más caritativo será con el prójimo. El cielo de las comunidades es la caridad, la caridad es el alma de las virtudes, y la humildad es la que las atrae y las conserva. Hay algunas congregaciones humildes como los valles, que atraen sobre sí todo el jugo de las montañas; cuando nos vaciemos de nosotros mismos, Dios nos llenará de él, pues no puede tolerar el vacío» (Sígueme XI/4, 697-698; conferencia146, sobre la vocación del misionero).

«… esta ruin compañía, que es la última de todas, sólo tiene que tener su fundamento en la humildad, como en su virtud propia; si no, nunca haremos nada que valga la pena, ni dentro ni fuera de ella. Sin la humildad, no hemos de esperar ningún progreso nuestro ni beneficio alguno para el prójimo. Oh Salvador, danos esta santa virtud, que es tan tuya, que tú mismo enseñaste al mundo y que quieres con tanto afecto. Y vosotros, hermanos míos, sabed que el que quiera ser un buen misionero, ha de esforzarse continuamente en adquirir esta virtud y perfeccionarse en ella evitando sobre todo cualquier pensamiento de orgullo, de ambición y de vanidad, que son los peores enemigos con los que puede tropezar; hay que cortarlos en seguida de raíz

apenas aparezcan, para exterminarlos, y vigilar con mucha atención para que no se cuelen en nuestra alma» (Sígueme XI/3, 745; conferencia 182, sobre la humildad).

« … esta humildad, que tantas veces nos recomienda Jesucristo con su palabra y su ejemplo y en cuya adquisición debe trabajar la compañía con todas sus fuerzas, ha de tener tres condiciones: la primera, juzgarnos con toda sinceridad dignos de desprecio; la segunda, sentirnos contentos de que los demás conozcan nuestros defectos y nos desprecien por ellos; la tercera, ocultar el poco bien que Dios haga por medio de nosotros o en nosotros, pensando en nuestra propia bajeza, y si esto no es posible, atribuirlo totalmente a la misericordia de Dios y a los méritos de los demás. Aquí es donde está el fundamento de

la perfección evangélica y el nudo de toda la vida espiritual. Quien tenga esta virtud obtendrá fácilmente todas las demás» (Sígueme XI/4, 482; conferencia 126, De la humildad, 18 de abril de 1659).

Hoy y siempre

El camino de Cuaresma que se abre ante nosotros, iluminado por el Jubileo de la Esperanza y marcando el final del cuarto centenario de la Congregación de la Misión, nos recuerda la esencia misma de nuestra vocación y misión: ser, hoy y siempre, la boca de Jesús, los brazos de Jesús, los pies de Jesús, la prolongación de su misión en la tierra.

Hoy y siempre expresa una convicción profunda de la fe, de la espiritualidad y del carisma vicenciano. Lo que nace del Espíritu de Dios en la historia no pertenece solo al pasado, sino que permanece vivo, fecundo y activo en el presente y en el futuro de la Iglesia.

El carisma que san Vicente de Paúl transmitió a la Iglesia en el siglo XVII es un don del Espíritu que conserva una fuerza evangélica capaz de atravesar los siglos. Así, se puede decir que este hoy inicial no está agotado, permanece vivo y se vuelve eterno.

Mientras haya pobres a quienes servir, el Evangelio que anunciar, la caridad que encarnar y comunidades que edificar, la espiritualidad y el carisma vicencianos seguirán siendo actuales, necesarios y fecundos.

No olvidemos que solo una profunda humildad permite que el carisma y la espiritualidad sigan siendo fecundos. Es en la humildad donde se renuevan sin cesar, purificados por la historia, tocados por los pobres y guiados por el Espíritu. Es esta humildad la que mantiene viva la eternidad en nuestro hoy frágil, hasta el día en que Dios sea todo en todos.

Confiemos este tiempo de conversión al Espíritu del Señor, para que purifique nuestra mirada, haga nuestro corazón humilde y renueve en nosotros la alegría de servir a Cristo en los pobres. Así, la Cuaresma será una transición hacia una vida más evangélica, sencilla y ardiente de caridad.

Con este deseo, nos acompañamos mutuamente en el camino hacia la Pascua de Jesús, con la certeza de que aquel que nos ha llamado continúa caminando con nosotros y actúa a través de nuestra humanidad pobre, pero disponible.

Su hermano en san Vicente,

Tomaž Mavrič, CM

Superior general

Preguntas para la reflexión personal y el compartir comunitario

1. Continuar la misión de Jesús

¿A través de qué actitudes, decisiones u obras concretas nuestra comunidad, nuestro grupo asociativo, hacen visible hoy la misión de Jesús, evangelizador de los pobres?

¿En qué aspectos corremos el riesgo de «hacer cosas por Jesús» sin dejarnos realmente impregnar por su manera de mirar y de amar?

¿Cuáles son las nuevas llamadas del Espíritu que percibimos para continuar hoy la misión confiada a la Familia vicenciana?

2. La confianza del Señor, una escuela de humildad

¿Cómo vivimos, personalmente y como comunidad, la confianza que Jesús nos concede: como un don o como un privilegio?

¿En qué dinámicas comunitarias o de grupo se insinúan la presunción, el juicio o la búsqueda de reconocimiento?

¿Qué nos ayuda a permanecer en la humildad evangélica, reconociendo que todo es gracia y que nada nos pertenece?

3. Vivir como místicos de la caridad hoy

¿Cómo se entrelazan concretamente en nuestra vida cotidiana la Eucaristía, la oración, la Palabra de Dios y los pobres?

¿Qué formas de pobreza de nuestro contexto nos interpelan más fuertemente como lugar de encuentro con Cristo?

¿Qué medidas concretas podemos tomar, como comunidad, para desarrollar una caridad más compartida, mejor organizada y más profética?

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