Espiritualidad

Celebración Eucarística de la Clausura de los 400 años de la Congregación de la Misión.

Celebramos con toda la Iglesia la conversión del apóstol san Pablo que al verse perseguido…

Celebración Eucarística de la Clausura de los 400 años de la Congregación de la Misión.

Celebramos con toda la Iglesia la conversión del apóstol san Pablo que al verse perseguido por Cristo dirá: «completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Esta celebración entró a formar parte del calendario romano a finales del siglo X. Concluye de modo significativo la Semana de la Unidad de los Cristianos, recordando que no habrá verdadero ecumenismo sin una auténtica conversión (Cfr. Vaticano II, Decreto «Unitatis redintegratio», 7).

Por otra parte, celebramos en la Familia Vicenciana el aniversario de la fundación de la Congregación de la Misión, conforme a la costumbre transmitida por san Vicente de Paúl. Fue en este día del año 1617 cuando el apóstol de las gentes del campo predicó en la aldea de Folleville un sermón sobre la confesión general, que él consideró como el comienzo de la Misión.

1) COMENTARIO INICIAL (MONICIÓN DE ENTRADA)

(Para decir antes del canto de entrada o inmediatamente después del saludo)

Hermanos, celebramos hoy con toda la Iglesia la Conversión del Apóstol San Pablo, el hombre alcanzado por la gracia y transformado en misionero del Evangelio. Pero hoy, además, nuestra Familia Vicenciana vive esta fiesta con un profundo sentido de acción de gracias: culminamos la gracia del Jubileo por los 400 años de la fundación de la Congregación de la Misión, y abrimos el camino del año 401.

En un mundo herido por la pobreza, el desplazamiento, la soledad, la violencia y la indiferencia, el Señor sigue diciendo a su Iglesia lo mismo que dijo a Pablo: “Yo te envío”. Y nos recuerda el corazón del carisma vicentino: evangelizar a los pobres, no como un lema bonito, sino como una forma concreta de vivir el Evangelio.

Con el Papa León XIV, pedimos hoy una Iglesia renovada en la misión, audaz en la caridad y fiel al Señor. Que esta Eucaristía sea un nuevo comienzo: no solo cerrar un aniversario, sino reavivar una vocación.

Antífona de la entrada

2 Tim 1, 12; 4, 8

Sé de quien me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día, en que vendrá como juez justo, el encargo que me dio.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios nuestro, principio y corona de la vocación humana, que, en su conversión, elegiste al bienaventurado apóstol Pablo para llevar tu nombre al mundo, y por el celo de san Vicente de Paúl suscitaste en este día una familia espiritual para la evangelización de los pobres; concédenos seguir fielmente el camino de tu llamada, e, imitando la acción laboriosa del Apóstol de las Gentes, anunciar con valentía el evangelio de la verdad y la paz. Por nuestro Señor Jesucristo.

LITURGIA DE LA PALABRA

COMENTARIO A LAS LECTURAS (MONICIONES)

Monición a la Primera Lectura

En esta primera lectura escucharemos la promesa profética de un enviado del Señor: ungido por el Espíritu, destinado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a curar corazones heridos y a proclamar un tiempo de gracia. Esta Palabra nos ayuda a comprender el sentido jubilar de esta celebración y la raíz evangélica del carisma vicentino.

Monición a la Segunda Lectura

La segunda lectura nos narra la conversión de Saulo, una historia donde la misericordia de Cristo irrumpe con fuerza: derriba, ilumina, sana y envía. En Pablo contemplamos el misterio de una vocación que nace de la gracia, no del mérito.

Monición al Evangelio

En el Evangelio, Jesús resucitado confía a la Iglesia la misión universal: ir al mundo entero y anunciar el Evangelio. Esta palabra es hoy una consigna viva para el inicio del año 401: la misión continúa.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del profeta Isaías

Is 61, 1-3a

El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque el Señor me ha ungido.

Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres,

para vendar los corazones heridos,

para proclamar la liberación a los cautivos

y la libertad a los prisioneros;

para proclamar un año de gracia del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Sal 116, 1.2

R/ Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

V/ Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos.

V/ Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de los Hechos de los Apóstoles

9, 1-22

En aquellos días, Saulo seguía echando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor. Fue a ver al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse presos a Jerusalén a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres. En el viaje, cerca ya de Damasco, de repente, un relámpago lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía:

— Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

Preguntó él: ¿Quién eres, Señor?

Respondió la voz: Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer. Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.

Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión: Ananías.

Respondió él: Aquí estoy, Señor.

El Señor le dijo: Ve a la calle Mayor, a casa de Judas, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando, y ha visto a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista. Ananías contestó:

— Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus fieles en Jerusalén. Además trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre.

El Señor le dijo:

— Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mi para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas. Yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre.

Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:

— Hermano Saulo, el Señor Jesús que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y te llenes de Espíritu Santo.

Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó y lo bautizaron. Comió y le volvieron las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a predicar en las sinagogas afirmando que Jesús es el Hijo de Dios. Los oyentes quedaban asombrados y comentaban:

— ¿No es éste el que enseñaba en Jerusalén contra los que invocaban ese nombre? Y había venido aquí precisamente para llevárselos presos a los sumos sacerdotes.

Pero Pablo se crecía y tapaba la boca a los judíos de Damasco, demostrando que Jesús es el Mesías.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

16, 15-18

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once, y les dijo:

— Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.

Palabra del Señor.

HOMILÍA

Queridos hermanos:

La liturgia de hoy nos entrega una de las escenas más impresionantes de toda la historia de la salvación: la conversión de Saulo. Y no es casualidad que esta fiesta coincida, para nosotros, con el aniversario de la fundación de la Congregación de la Misión y con el cierre de un Jubileo que ha celebrado cuatro siglos de historia. Porque donde hay conversión auténtica, allí nace la misión; y donde hay misión verdadera, siempre hay una conversión que se renueva.

La conversión de Pablo no es un simple cambio moral. No es un “mejorar conductas” o un “ajustar ideas religiosas”. Es un cambio de centro. Saulo estaba convencido de estar sirviendo a Dios, pero su corazón estaba endurecido. Tenía razones, argumentos, permisos, autorizaciones. Tenía convicción, disciplina, celo. Pero no tenía a Cristo.

Entonces ocurre lo impensable: el Resucitado lo detiene. Cristo irrumpe en el camino. Y Pablo cae. Ese caer es profundamente simbólico. Porque hay caídas que no humillan para destruir; humillan para salvar. Saulo cae al suelo para que caiga su orgullo, para que se rompa su falsa seguridad, para que se abra la puerta a la gracia.

Y aquí aparece un detalle decisivo: Jesús no le dice “¿por qué persigues a mis discípulos?” sino: “¿por qué me persigues?”. En otras palabras, Cristo se identifica de tal manera con su Iglesia, que tocar el cuerpo de los creyentes es tocar al mismo Señor. Esto tiene una densidad eclesial inmensa. Nos dice que la fe nunca es una experiencia individualista. La conversión auténtica siempre nos reintegra a la comunión y nos convierte en servidores del Cuerpo de Cristo.

Pero hay más. Saulo queda ciego. Y es una ceguera providencial: la ceguera que cura la verdadera ceguera. Porque hay personas que “ven” y sin embargo no ven; que caminan con ojos abiertos pero con el corazón cerrado. Saulo, al perder la vista, empieza a ver. Al quedar en silencio, empieza a escuchar. Al ser conducido de la mano, aprende humildad. Esta es la pedagogía de Dios: nos quita apoyos para que aprendamos a sostenernos en Él.

Y entonces entra en escena Ananías. Un creyente sencillo, discípulo entre discípulos. Dios se sirve de él para restaurar a Pablo. Esto es importantísimo: el Señor no solo convierte; también integra. No solo llama; también envía por medio de la comunidad. La misión no nace de un heroísmo solitario: nace del tejido eclesial, del acompañamiento, del discernimiento.

Así se entiende el Evangelio de Marcos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. No es un eslogan: es una identidad. La Iglesia no existe para sí misma. Existe para anunciar a Cristo. Existe para dar vida. Existe para que el mundo no se quede sin esperanza.

Y aquí entra nuestra memoria vicentina, especialmente al finalizar el año jubilar de los 400 años. San Vicente de Paúl comprendió que la evangelización no puede separarse de la caridad concreta. Evangelizar a los pobres no significa solo hablarles de Dios: significa permitirles experimentar que Dios los mira, los levanta, los dignifica, los alimenta, los acompaña, los salva.

En el fondo, el carisma vicentino es una forma de encarnar Isaías: “Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres… a proclamar un año de gracia”. El Jubileo no es un adorno litúrgico. Es una proclamación teológica: Dios abre un tiempo nuevo, un tiempo de restauración, de misericordia, de justicia, de esperanza.

Por eso, al iniciar el año 401, no basta celebrar lo logrado. Debemos preguntarnos: ¿qué nos pide hoy el Señor? ¿Qué tipo de misión nos exige este tiempo? En 2026 el mundo tiene nuevos “cautiverios” y nuevas “cegueras”: violencia, desesperanza, polarización, pobreza estructural, cultura del descarte, indiferencia ante el sufrimiento.

Y aquí la conversión de Pablo se vuelve espejo para nosotros. Porque quizá también nosotros, a veces, servimos “con celo”, pero sin compasión. Quizá trabajamos mucho, pero sin oración. Quizá anunciamos cosas, pero no anunciamos con vida. Quizá decimos “pobres”, pero no tocamos sus heridas. Quizá hablamos de misión, pero nos da miedo salir.

La Eucaristía viene a sanar esa fractura. Porque la misión nace del altar. El mismo Cristo que derribó a Saulo se nos entrega como Pan. El mismo Cristo que envió a Pablo nos envía a nosotros. El mismo Cristo que se identifica con su Iglesia se identifica hoy con los pobres, con los enfermos, con los que lloran, con los olvidados.

Por eso, celebrar 400 años de la Congregación de la Misión es una gracia, sí. Pero es también una responsabilidad: que no se apague el fuego. Que no se vuelva rutina. Que no se convierta en nostalgia. Que siga siendo profecía.

Pidamos hoy a Dios una conversión real, como la de Pablo: que nos derribe lo que nos estorba, que nos cure nuestras cegueras, que nos dé un corazón nuevo. Y pidamos también la gracia del envío: que salgamos de esta Eucaristía con el mismo mandato del Resucitado grabado en el alma: “Id al mundo entero”.

Que san Pablo y san Vicente intercedan por nosotros. Y que la Iglesia, con el Papa León XIV, siga caminando como pueblo misionero: humilde, ardiente, cercano a los pobres, fiel al Evangelio. Amén.

Oración de los fieles. dddd

Hermanos, en la fiesta de la conversión de San Pablo, y al concluir con gratitud la celebración de los 400 años de la Congregación de la Misión, elevemos nuestras súplicas al Padre, que nunca deja de llamar y enviar misioneros a su pueblo. Respondamos diciendo:

R/. Señor, renueva en nosotros tu misión.

Por el Papa León XIV, para que el Espíritu Santo lo fortalezca en su servicio, y por su palabra la Iglesia sea más humilde, fraterna y misionera.

R/. Señor, renueva en nosotros tu misión.

Por la Iglesia universal: para que viva una verdadera conversión pastoral y nunca se canse de anunciar a Cristo, especialmente en las periferias humanas.

R/. Señor, renueva en nosotros tu misión.

Por la Congregación de la Misión y la Familia Vicenciana: para que, al iniciar el año 401, persevere en la caridad creativa, la comunión fraterna y el servicio a los más pobres.

R/. Señor, renueva en nosotros tu misión.

Por los pobres, los migrantes, los enfermos, los ancianos solos, las familias heridas y quienes viven sin esperanza: para que sean consolados por la ternura de Dios y la cercanía de la Iglesia.

R/. Señor, renueva en nosotros tu misión.

Por los jóvenes: para que escuchen la voz del Señor, descubran su vocación y respondan generosamente a la llamada al sacerdocio, la vida consagrada y el compromiso laical en la evangelización.

R/. Señor, renueva en nosotros tu misión.

Por quienes trabajan por la justicia y la paz, y por quienes sirven en obras educativas y sociales: para que Dios los sostenga y su labor sea signo del Reino.

R/. Señor, renueva en nosotros tu misión.

Por nuestra comunidad celebrante: para que esta Eucaristía nos convierta y nos envíe; y lo que recibimos en el altar lo traduzcamos en vida entregada.

R/. Señor, renueva en nosotros tu misión.

Oración conclusiva del celebrante:

Escucha, Padre, nuestras súplicas. Que, por la intercesión de San Pablo y San Vicente de Paúl, crezca en nosotros el fuego del Evangelio y la alegría de servirte en los pobres. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

PRESENTACIÓN DE OFRENDAS (PAN, VINO, LUZ, PALABRA, SAN VICENTE)

Monición breve (antes del ofertorio):

Con alegría presentamos al Señor el pan y el vino, junto a signos que expresan nuestra gratitud por los 400 años de misión y nuestro compromiso para caminar con fidelidad en el año 401.

1. Pan:

Señor, te ofrecemos el pan, fruto de la tierra y del trabajo humano. Que al convertirse en el Cuerpo de Cristo nos haga pan partido para los pobres.

2. Vino:

Te presentamos el vino, signo de alegría y alianza. Que al convertirse en la Sangre de Cristo nos enseñe a amar hasta entregar la vida.

3. Luz:

Te ofrecemos esta luz, signo de Cristo resucitado. Que ilumine nuestros pasos para no apagar el fuego de la misión.

4. Palabra de Dios:

Te presentamos tu Palabra, viva y eficaz. Que siga convirtiéndonos, sanándonos y enviándonos como apóstoles de tu Evangelio.

5. Imagen de san Vicente de Paúl:

Te presentamos esta imagen de san Vicente de Paúl como memoria agradecida de los 400 años de la Congregación de la Misión. Que su ejemplo nos impulse a servirte en los pobres con sencillez, humildad y caridad.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Al celebrar, Señor, este santo sacrificio, haz que nos ilumine el Espíritu Santo con la luz de la fe que impulsó siempre el apóstol san Pablo a la propagación de tu Evangelio. Por Jesucristo nuestro Señor.

PREFACIO

Los apóstoles, fundamento de la Iglesia y testimonio para el mundo.

V/ El Señor esté con vosotros.

R/ Y con tu espíritu.

V/ Levantemos el corazón.

R/ Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/ Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R/ Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Porque has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los Apóstoles, para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti. Por eso, Señor, con los ángeles te alabamos ahora y siempre diciendo con humilde fe:

Santo, Santo, Santo…

Antífona de comunión

Gal 2, 20

Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.

ORACIÓN FINAL

Te pedimos, Señor, Dios nuestro, que los sacramentos que hemos recibido nos enciendan en el fuego de amor que abrasaba el corazón de san Pablo y le impulsaba, solícito, al servicio de todas las Iglesias. Por Jesucristo nuestro Señor.

BENDICIÓN SOLEMNE

El Dios que os ha edificado sobre el cimiento de los apóstoles, por la intercesión gloriosa de san Pablo os llene de sus bendiciones. Amén.

El que os ha enriquecido con la palabra y el ejemplo de los apóstoles os conceda su ayuda para que seáis testigos de la verdad ante el mundo. Amén.

Para que así obtengáis la heredad del reino eterno, por la intercesión de los apóstoles, por cuya palabra os mantenéis en la fe. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. Amén.

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