Novena en honor a la Virgen Milagrosa– La historia de la salvación a través del rostro de María
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EX VOTO:
En honor y agradecimiento a la Santísima y Bienaventurada Virgen María, en su advocación de la Medalla Milagrosa, presento este libro como humilde ofrenda nacida del amor y de la gratitud.
A Ella debo, con todo mi corazón, la gracia de mi vocación en la Congregación de la Misión. Hace quince años ofrecí la primera novena en su honor, sin imaginar que aquella semilla espiritual germinaría en una devoción que me ha acompañado ininterrumpidamente en el ministerio, en la enfermedad, en el estudio y en el servicio apostólico.
La Virgen fiel ha cumplido sus promesas: me ha sostenido en los momentos de prueba, me ha concedido sanación en cuerpo y alma, y ha intercedido con ternura ante su divino Hijo, nuestro Salvador Jesucristo.
Hoy, como signo visible de gratitud, presento esta obra —no como un simple libro, sino como exvoto de amor—, memoria de la misericordia de Dios y testimonio de que María sigue obrando maravillas en quienes confían en su intercesión.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador” (Lc 1,46–47).
En cada página deseo honrar a Aquella que, siendo la humilde Sierva del Señor, nos enseña a creer, esperar y servir. Ella, que aplasta la cabeza de la serpiente (cf. Gn 3,15), sigue siendo la Mujer vestida de sol (cf. Ap 12,1), la Madre que nos mira con compasión y nos conduce al Corazón de su Hijo.
Así como Catalina Labouré contempló en silencio la gloria de su Madre celestial, también yo, su hijo en el sacerdocio vicentino, elevo esta obra como ofrenda de gratitud y testimonio de fe, para que cuantos la lean descubran que el amor de María no conoce fronteras y que su Medalla sigue siendo signo de esperanza y fuente de gracia.
“Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5).
Amén.
P. Andrés Felipe Rojas Saavedra, C.M.
Bogotá, noviembre de 2025
PRÓLOGO
Tenemos en nuestras manos esta nueva edición de la Novena a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Cada año, el P. Andrés Felipe Rojas, CM. nos hace llegar este instrumento para nuestra oración, reflexión, formación y, sobre todo, nuestra veneración a la Madre Santísima. Agradezco profundamente este buen oficio del P. Felipe y deseo de todo corazón que podamos seguir acrecentando nuestra vida en Cristo y nuestro amor por María.
En este año 2025, tan especial para la Iglesia por su Jubileo de la Esperanza y, tan especial para la Congregación de la Misión por sus 400 años de Fundación (1625-2025), esta Novena desea ser signo de agradecimiento por tantas gracias y bendiciones recibidas a lo largo de nuestra historia como Iglesia y a lo largo de nuestra vida como Vicentinos. Ser portadores de esperanza en un mundo tan convulsionado como el nuestro, es un desafío y, a la vez, una oportunidad: un desafío, porque nos abruman signos de desesperanza por todos lados y porque muchos corazones han perdido la esperanza en un mundo mejor y la confianza en que éste se pueda alcanzar; una oportunidad, porque podemos hoy comprometernos en sembrar la esperanza a través de la fe, de la oración, del testimonio de vida, de la fidelidad, del amor y de la paz. Siempre es posible sembrar, aunque el campo no esté completamente preparado para ello; sólo el Señor hará producir los frutos a su tiempo y en su momento. Pero hay que sembrar.
En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana nos acompaña la presencia maternal de la Santísima Virgen María. Ella sigue guiando los pasos de la humanidad hacia su Hijo y ella sigue intercediendo por cada uno de nosotros para que no nos perdamos en un mundo sin Dios y en un mundo sin esperanza. Nuevamente acudimos a su intercesión en este año jubilar para que, como ella, escuchemos la voz del Señor, la acojamos en nuestro corazón y vivamos conforme a su voluntad. María sigue siendo, para la Iglesia y para el mundo, la portadora de las gracias divinas y la protectora de la humanidad. Su intercesión nos asegura un gran amor maternal, una esperanza viva, una fe gozosa, un don sin límite, un llamado a la eternidad.
Que la vivencia diaria de estos días de la novena a la Medalla Milagrosa nos ayude a acrecentar la fe, la esperanza y la caridad. A la vez, que nos dejemos transformar por el Señor y, siguiéndolo a Él, transformemos el corazón del Pueblo de Dios. Seamos dóciles a lo que el Espíritu Santo nos comunique y como María digamos: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Cfr. Lc 1, 38). Solo con esta escucha, apertura y docilidad, podemos ser instrumentos de Dios que obra grandes maravillas en nosotros y a través de nosotros. Sigamos confiando y esperando en Él para que todo lo que hagamos en esta tierra produzca frutos abundantes de Salvación.
Gracias a todos por acrecentar en esta novena el espíritu y el amor con el que fue realizada y por transmitirla con la misma fe que quiere llegar a quienes la escuchen, la oren y la celebren.
P. Carlos Arley Cardona S., CM. – Visitador Provincial
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Padre misericordioso, que en tu inmenso amor nos has dado el signo admirable de la maternidad divina de María, por quien nos llegó Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Te pedimos que, de la mano de Ella, caminemos por este mundo sembrando semillas de justicia y de paz, construyendo juntos espacios donde se haga visible tu Reino en medio de nuestros hermanos y hermanas que más sufren.
Padre amoroso, llenos de una esperanza renovada que María nos inspira, nos presentamos ante ti con el corazón sediento y necesitado de tu Palabra. Al meditarla cada día en esta novena, concédenos la gracia de abrirnos al don de la conversión, para que, siendo verdaderos discípulos y misioneros de Cristo, podamos anunciar con gozo la Medalla Milagrosa como un signo profético de tu amor y de tu misericordia para nuestro tiempo.
Padrenuestro.
Gloria.
ORACIÓN A LA VIRGEN MARÍA
Madre, Camino de Esperanza, tú que fuiste iluminada por la fe y creíste en la Palabra de Dios, acompáñanos en esta novena que dirigimos en tu honor, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Que, reunidos en torno a tu Hijo, podamos recuperar la frescura del Evangelio y anunciar con alegría la esperanza a un mundo herido por la división y las discordias.
Tus rayos nos infunden la certeza de que nuestra historia está en las manos misericordiosas de Dios, que nos ama y nos ilumina en las noches más oscuras y en los momentos más dolorosos de nuestra vida. Hoy, más que nunca, elevamos nuestro clamor al cielo, implorando un nuevo renacer del corazón y de la fe.
Ayúdanos, Madre, a sembrar en nosotros la Palabra del Señor, a custodiarla con amor y a proclamarla con valentía, para que Cristo, tu Hijo, sea conocido, amado y servido en nuestros hermanos y hermanas.
Amén.
—Oh María sin pecado concebida—
Rogad por nosotros que recurrimos a vos.
GOZOS
Respuesta: puede ser el estribillo de una canción o la jaculatoria (Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a ti.)
Madre Milagrosa, de ternura y compasión
Que haciendo historia de salvación
Vas caminando siempre con tu pueblo
Que a ti clama en la aflicción.
En mil ochocientos treinta,
En Francia, Calle del Bac,
A una pobre novicia,
La Virgen santa se apareció.
Eran vísperas de San Vicente
Noche silenciosa de julio
Cuando la Madre dejó su trono
Y en una pequeña capilla se presentó.
Siendo la media noche
Un Ángel se apareció
Para darle un anuncio
De parte de la Madre de Dios.
Las luces se iban prendiendo
Las puertas se iban abriendo
Y al llegar a la capilla la hermana ansiosa la esperó.
La voz del cielo anunciaba
Que la madre llegó.
La sede sacerdotal
Con humildad ella ocupó.
La hermana Catalina
Sus manos colocó
En las piernas de la Madre
Y misión ella le encomendó.
En una mañana de noviembre
Los sentidos no lo percibieron
Pero un corazón atento
Nuevamente a la Madre observó;
Las insignias de la medalla
Que Catalina vio, se han convertido
En fuente de milagro y amor.
“Haz acuñar una medalla”
La Virgen le pidió
Para ser portada por los fieles
Con gran devoción.
Madre Santa, tu gran
Medalla es emblema de tu amor,
Hoy nosotros la portamos
En señal de filiación.
Sea por Jesús, sea por María
Sea por el ejemplo de los santos que nos guían.
Y que por la Medalla Milagrosa
Alcancemos la gracia de convertir
Nuestros dolores en alegrías.
PRIMER DÍA
María, la Nueva Eva
Signo: Recrear un jardín, un árbol y la imagen de la Virgen Inmaculada.
Comentario inicial:
Al iniciar esta novena, roguemos a Dios nos conceda la gracia de reconocer en la obra de la creación todas las bondades que de él hemos recibido, en Jesús y María la creación adquiere un nuevo verdor de esperanza, que ilumina y acompaña los pasos de la humanidad redimida. Iniciemos con fe. La novena presentará durante estos días: Promesa (días 1–2) Encarnación y fe (días 3–5) Misión y entrega (días 6–7) Iglesia y esperanza (días 8–9).
Así la novena muestra toda la historia de la salvación a través del rostro de María.
Canto: Virgen Milagrosa, camino de esperanza
Lectura del Texto Bíblico: Genesis 3, 9-15.20
“Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.» El replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?» Dijo el hombre: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.» Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: «¿Por qué lo has hecho?» Y contestó la mujer: «La serpiente me sedujo, y comí.» Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”. El hombre llamó a su mujer «Eva», por ser ella la madre de todos los vivientes”. Palabra de Dios.
Reflexión:
Dios, al colocar al hombre en el jardín, no le impuso cadenas, sino que le ofreció un consejo de vida: “De todos los árboles podrás comer, menos del árbol del conocimiento del bien y del mal” (Gn 2,16-17). No se trataba de una prohibición arbitraria, sino de una invitación a confiar. Dios advertía al hombre que sólo quien escucha su voz puede vivir en armonía.
Pero el corazón humano quiso decidir por sí mismo. Escuchó otra voz, una palabra halagadora que prometía autonomía y sabiduría. Eva, al tomar el fruto prohibido, no solo desobedeció, sino que acogió un consejo ajeno al de Dios. El “fruto” que comió fue la ilusión de bastarse a sí misma, de definir por cuenta propia lo que es bueno o malo. Y desde entonces, el ser humano carga con la tristeza de haberse apartado del verdadero consejo divino.
Sin embargo, Dios no abandona su obra. En medio de la historia, Él suscita a una mujer nueva, una humanidad nueva, capaz de acoger su palabra sin resistencia. Cuando el ángel Gabriel saluda a María en Nazaret (Lc 1,26-38), el cielo le ofrece de nuevo el consejo que Eva rechazó: confiar, creer, obedecer. Y María, con sencillez y libertad, responde: “Hágase en mí según tu palabra.”
Donde la primera mujer extendió la mano hacia el fruto prohibido, María abre el corazón al fruto bendito del Espíritu. Su “sí” es el renacer de la creación, el amanecer de un nuevo Edén.
En ella se cumple lo que canta el libro de los Proverbios: “El fruto del justo es árbol de vida” (Prov 11,30). Ella es el árbol fecundo plantado junto a las corrientes de la gracia; su fruto es Cristo, la Sabiduría encarnada, el alimento de la salvación.
En María, la historia se endereza. El consejo rechazado en el paraíso se hace obediencia viva. La palabra que fue despreciada en la antigua alianza florece ahora en fe y esperanza.
Por eso la llamamos Nueva Eva: porque en ella la humanidad aprende de nuevo a escuchar a Dios, a recibirlo sin miedo, a dejarlo ser Señor.
Cada vez que miramos la Medalla Milagrosa y contemplamos a la Virgen con las manos abiertas, recordamos esta historia: de sus manos brotan rayos de luz, símbolo de los consejos divinos que se derraman sobre quienes confían. Cada rayo es una gracia, una orientación, una palabra silenciosa que guía nuestro camino.
María nos enseña que la verdadera sabiduría no consiste en conocerlo todo, sino en confiar plenamente. Su fe no fue razonamiento, sino abandono; no fue cálculo, sino amor. En su “sí” está contenida toda la esperanza del mundo.
Por eso, al iniciar esta novena, pedimos a la Virgen Milagrosa que nos devuelva el oído del alma, para reconocer la voz del Señor en medio del ruido del mundo. Que nos enseñe a elegir bien los frutos que tomamos, a escuchar los consejos del Espíritu y a confiar en que la voluntad de Dios siempre conduce a la vida.
Preguntas:
1. ¿A qué voces estoy escuchando hoy en mi vida? ¿Busco discernir la voz de Dios en medio de tantas palabras humanas, o me dejo seducir por los consejos que halagan, pero no edifican?
2. ¿Qué frutos estoy cultivando en mi corazón? ¿Son frutos de obediencia, paz y confianza como los de María, o frutos de autosuficiencia y desconfianza como los de la antigua humanidad?
3. ¿Estoy dispuesto a decir “hágase en mí según tu palabra”? ¿Creo que la voluntad de Dios, aunque a veces desconcertante, siempre conduce a la vida, como lo creyó María?
SEGUNDO DÍA
María, la Virgen de la Promesa
Signo: La imagen de la Virgen Milagrosa, y una cuna de paja, que represente la espera en Jesús.
Comentario inicial:
La historia de la salvación avanza sostenida por la fidelidad de Dios. Cuando el pueblo vive entre la incertidumbre y la amenaza, el Señor vuelve a hablar, ofreciendo una señal de esperanza: una virgen concebirá y dará a luz un hijo. En medio del silencio y el temor, la promesa divina resuena como una certeza: Dios no se olvida de su pueblo. Hoy contemplamos a María como la Virgen de la Promesa, el rostro humano de esa palabra cumplida. En ella la esperanza toma cuerpo, la fe se hace carne, y la antigua profecía se vuelve abrazo. Ella es el signo más puro de que Dios permanece fiel, incluso cuando todo parece imposible.
Canto: La recibí del cielo.
Lectura del Texto Bíblico: Isaías 7, 10-14; 8, 10
“Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo: «Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del seol o en lo más alto.» Dijo Ajaz: «No la pediré, no tentaré a Yahveh.» Dijo Isaías: «Oíd, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. Trazad un plan: fracasará. Decid una palabra: no se cumplirá. Porque con nosotros está Dios”. Palabra de Dios.
Reflexión:
El profeta Isaías pronuncia estas palabras en un tiempo de crisis. El rey Ajaz, temeroso de la guerra, busca alianzas humanas para defenderse, mientras el profeta lo invita a confiar en el Señor. Dios le ofrece una señal de consuelo: una joven concebirá un hijo, símbolo de la presencia divina entre su pueblo. Ese niño será llamado Emmanuel, “Dios con nosotros”.
Con el paso de los siglos, esta promesa se transforma en el corazón de la fe cristiana. María es la Virgen del cumplimiento, la mujer sencilla en la que se hace visible la fidelidad de Dios. En su seno, la Palabra eterna toma forma humana; el Dios invisible se deja abrazar. Lo que en Isaías era un anuncio, en María se convierte en presencia. Ella es la virgen profetizada, el puente entre la esperanza antigua y la redención nueva.
María no solo es signo de la promesa, sino la promesa hecha carne. Su vida es una invitación a creer que el Señor siempre cumple su palabra, aunque lo haga en los caminos más humildes. En Nazaret, lejos del poder y la grandeza, Dios realiza el milagro que había prometido.
Ella no comprende del todo el misterio, pero se abandona en él. Y esa confianza transforma la historia. La fe de María es la fe de quien camina sin certezas humanas, pero sostenida por la certeza divina.
La Virgen de la Promesa nos enseña que la fe no es una emoción pasajera, sino una adhesión constante al Dios que habla, aunque parezca callar. Su maternidad divina nos revela que toda espera confiada tiene un fruto, y que ninguna palabra de Dios cae en el vacío.
Mirando la Medalla Milagrosa, comprendemos que cada rayo de luz que brota de sus manos es una promesa cumplida, un signo del amor que nunca se retracta. María sigue siendo la virgen encinta de esperanza: en su corazón late el “Dios con nosotros” que sostiene la historia.
Preguntas:
• ¿Confío en las promesas de Dios, incluso cuando los caminos parecen cerrados?
• ¿Creo que, como María, mi vida puede ser lugar donde Dios cumpla su palabra?
• ¿Cómo puedo ser signo de esperanza para quienes han perdido la confianza en el Señor?
TERCER DÍA
María de Nazaret, la que acoge la Palabra
Signo: La imagen de la Anunciación, la Palabra de Dios y una veladora.
Comentario inicial:
En Nazaret, en la sencillez de una casa y el silencio de una joven en oración, el cielo toca la tierra. El Dios que creó el universo busca un corazón donde habitar, y encuentra en María un espacio de fe. El anuncio del ángel no irrumpe como una orden, sino como una invitación: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). En ese saludo se encierra toda la historia de la salvación: Dios que se acerca, el hombre que escucha, y una mujer que responde con amor. Hoy contemplamos a María como la mujer que acoge la Palabra, la discípula perfecta que enseña a dejar que Dios tome la iniciativa y realice su obra en nosotros.
Canto: Milagrosa, regalo de amor.
Lectura del Texto Bíblico: Lucas 1, 26-38
“Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, – porque ninguna cosa es imposible para Dios.» -Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue”. Palabra del Señor.
Reflexión:
En el misterio de la Anunciación se revela el modo en que Dios actúa: no impone, propone; no exige, invita. La salvación comienza en el diálogo, no en el mandato. María escucha con atención, pregunta con humildad y responde con fe. Su “sí” no nace de la seguridad humana, sino de la confianza total en la Palabra. Allí donde el corazón humano teme, ella se abandona; donde la razón duda, ella confía; donde otros buscan pruebas, ella cree.
En ese instante, la historia del mundo cambia. El Verbo eterno encuentra morada en una mujer. La Palabra, que antes resonaba como voz profética, ahora se hace carne. María se convierte en el primer sagrario de la humanidad, en el templo donde habita el Dios vivo. Su “hágase” no es una palabra pasiva; es una entrega activa, una colaboración consciente con el Plan de Dios. María no se limita a aceptar: participa. En ella, la fe no es resignación, sino cooperación.
Por eso, María es modelo de todo creyente. En su escucha se resume el camino de la vida espiritual: primero oír la Palabra, luego acogerla en el corazón y finalmente dejar que dé fruto en las obras. Su actitud nos enseña que la verdadera fe no consiste en entenderlo todo, sino en confiar en que Dios sabe lo que hace. Cada “hágase” pronunciado en medio de nuestras incertidumbres prolonga en el mundo el sí de María y abre espacios donde el Verbo puede encarnarse de nuevo.
Al mirar la Medalla Milagrosa, recordamos que María está de pie sobre el globo, signo del mundo entero que recibe en ella la visita de Dios. El globo representa la creación reconciliada, sostenida por la fe de una mujer que dijo “sí”. En María, el mundo no se hunde: se eleva, porque la Palabra ha encontrado un corazón donde habitar.
Preguntas:
• ¿Dejo que la Palabra de Dios entre en mi vida y transforme mi manera de pensar, sentir y actuar?
• ¿Cómo puedo hacer de mi hogar, como María, un lugar donde Dios se sienta bienvenido?
• ¿Creo que la fe sencilla y silenciosa puede sostener el mundo, como el “sí” de María sostiene el globo bajo sus pies?
CUARTO DÍA
María, la Esposa de José y guardiana del misterio
Signo: La imagen de San José y la Virgen María, junto con un baúl y varias velas encendidas.
Comentario inicial:
La salvación no se cumple en los escenarios del poder, sino en la intimidad de un hogar. En la casa de Nazaret, María y José viven el misterio de la Encarnación en el lenguaje silencioso del amor, la obediencia y la fe. No todo fue fácil: la confusión inicial, los rumores del pueblo, el desconcierto de José… y, sin embargo, en medio de todo, la confianza prevalece. Dios elige valerse de una familia para entrar en la historia, recordándonos que el amor cotidiano también es lugar de revelación. Hoy contemplamos a María, la esposa fiel y guardiana del misterio, mujer que supo callar, esperar y custodiar el plan de Dios junto a José, el hombre justo.
Canto: Venimos ante tu altar
Lectura del Texto Bíblico: Mateo 2, 18-24
“La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.
Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.» Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer”. Palabra del Señor.
Reflexión:
El Evangelio según san Mateo presenta el drama silencioso de José, hombre justo y sensible, que enfrenta la prueba de la fe cuando descubre que María está encinta. El texto no describe una duda moral, sino una experiencia de Dios: José reconoce en María una acción divina que lo sobrepasa, y su primer impulso es hacerse a un lado con discreción reverente. Pero Dios interviene en sus pensamientos —no para reprocharle, sino para revelarle el sentido del misterio—: “No temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.”
Aquí se manifiesta el rostro más profundo del matrimonio santo: una alianza que no se funda en la posesión, sino en la fe; que no se sostiene por las explicaciones, sino por la confianza. María no explica, confía. José no comprende, pero obedece. Y en esa obediencia compartida, el Verbo encuentra su morada.
María es la guardiana del misterio, no porque lo oculte, sino porque lo protege de las miradas superficiales. Su silencio no es vacío, sino plenitud; no es ausencia de palabra, sino reverencia ante lo sagrado.
En la casa de Nazaret, el misterio no se explica: se ama. María y José son los primeros creyentes del Evangelio. En ellos, la fe se hace familia, la esperanza se hace casa y el amor se hace servicio. La Encarnación no es solo un evento milagroso, sino una pedagogía de la fidelidad: Dios entra en el mundo a través de la confianza mutua de un hombre y una mujer que se aman en su nombre.
Contemplar a María junto a José es descubrir que el verdadero combate espiritual no se libra en gestos heroicos, sino en la fidelidad cotidiana. El mal no se vence con fuerza, sino con perseverancia; no con ruido, sino con fe. Por eso, en la Medalla Milagrosa, María aparece aplastando con sus pies la serpiente. Esa imagen no evoca solo la victoria sobre el pecado original, sino la victoria sobre toda forma de desconfianza y división. Bajo sus pies queda vencida la antigua enemistad: la mentira que separa, el miedo que paraliza, el egoísmo que destruye la comunión.
En la unión de María y José, esa serpiente es pisada definitivamente: su amor obediente neutraliza el veneno del orgullo, su silencio vence la sospecha, su fe destruye el engaño. Así, cada familia que confía en Dios, que se perdona, que guarda el misterio de su amor, también pisa la serpiente del mal y se convierte en santuario donde Cristo puede nacer de nuevo.
Preguntas:
1. ¿Cómo vivo los momentos de oscuridad en mi fe: con miedo o con la confianza de José y María?
2. ¿Guardo el misterio de Dios con humildad, sabiendo que hay realidades que solo se comprenden desde el amor y no desde la razón?
3. ¿En qué situaciones necesito hoy pisar la serpiente del miedo, del orgullo o de la desconfianza, para que Cristo vuelva a habitar en mi casa?
QUINTO DÍA
María, la que escucha y guarda la Palabra
Signo: La imagen de la Virgen Milagrosa y delante de la imagen la Palabra de Dios y varias cintas de colores que salen de ella.
Comentario inicial:
En el nacimiento de Jesús, todo parece sencillo y a la vez inmenso. Los pastores llegan, narran lo que han visto, y todos se maravillan. Pero en medio de aquella alegría, hay una mujer que no se deja llevar por el ruido: María. Ella no habla mucho, no busca protagonismo. Escucha, contempla y guarda cada palabra, cada gesto, cada misterio en su corazón. Hoy contemplamos a María, la que guarda la Palabra, la mujer interior, atenta, profunda, que enseña a descubrir a Dios en lo pequeño y a dejar que la fe madure en el silencio.
Canto: Míranos oh Milagrosa
Lectura del Texto Bíblico: San Lucas 2, 15-19
“Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.» Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”. Palabra del Señor.
Reflexión:
En Belén todo es nuevo: el llanto del Niño, el asombro de los pastores, la ternura de José. Pero en medio de ese movimiento, María mantiene una actitud que revela la madurez de su fe: escucha, acoge y medita. No necesita entenderlo todo para amar. Su fe no se apoya en los milagros que ve, sino en la certeza interior de que Dios cumple lo que promete.
María no “acumula recuerdos”; guarda experiencias. Las guarda como semillas de esperanza que el tiempo hará germinar. Guardar en el corazón no significa retener, sino permitir que las cosas adquieran sentido a la luz de Dios. María no vive de emociones pasajeras, sino de una contemplación profunda que transforma lo vivido en oración.
La actitud de María contrasta con la prisa y la dispersión del mundo. En una sociedad donde todo se comenta, se exhibe y se consume, ella enseña el arte de callar para comprender, de mirar para amar, de escuchar para servir. Su corazón es el primer Evangelio: en él, la Palabra encuentra una casa donde resonar y permanecer.
Contemplar a María en esta escena es entrar en la escuela del silencio fecundo. Su corazón representado en la Medalla Milagrosa con una espada que lo traspasa nos recuerda que amar y escuchar tienen un precio. El corazón de María no es solo símbolo de ternura, sino de fortaleza. Es el lugar donde el dolor se convierte en fidelidad y la incertidumbre en confianza. Ese corazón que medita en Belén será el mismo que, años más tarde, permanecerá firme junto a la cruz.
Así, María nos enseña que la verdadera fe no huye del dolor, sino que lo abraza con esperanza. Guardar la Palabra en el corazón es dejar que ella ilumine también nuestras sombras, y que transforme la memoria en alabanza. Cuando oramos con María, aprendemos que la vida no se entiende de inmediato; se comprende con el tiempo, con amor y con fe.
Preguntas:
1. ¿Qué experiencias de mi vida necesito guardar en el corazón para comprenderlas a la luz de Dios?
2. ¿He aprendido a escuchar más que a hablar, a meditar más que a reaccionar?
3. ¿Dejo que el amor de Dios transforme mi corazón, incluso cuando está traspasado por la prueba o el dolor?
SEXTO DÍA
María, la Mujer de Caná
Signo: La imagen de Jesús y de la Virgen María y siete cantaros o recipientes con agua, que tengan escritos valores y virtudes cristianas.
Comentario inicial:
La vida humana está llena de celebraciones y de carencias, de alegrías y de momentos donde “falta el vino”. En el Evangelio de Caná, María aparece no solo como madre, sino como discípula atenta, que percibe el sufrimiento antes de que se note y actúa antes de que se le pida. Ella no busca protagonismo, sino que orienta todo hacia Jesús: “Hagan lo que Él les diga.” Hoy la contemplamos como la Mujer de Caná, aquella que intercede, confía y abre el corazón de los hombres al milagro de la fe.
Canto: Dijiste sí.
Lectura del Texto Bíblico: Juan 2, 1-12
“Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.» Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.» Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.» Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos”. Palabra del Señor.
Reflexión:
En Caná de Galilea, María nos enseña una de las dimensiones más hermosas de su maternidad: su mirada compasiva. No hay lamento en su voz, solo una observación sencilla y llena de ternura: “No tienen vino.” Esa frase, aparentemente doméstica, revela una profundidad espiritual inmensa: María es capaz de ver la necesidad oculta, la falta que amenaza la alegría, la carencia que puede apagar la fiesta.
Su modo de interceder es discreto, confiado, eficaz. No pide cómo debe actuar Jesús, no impone condiciones: simplemente le presenta la necesidad. Su confianza no se apoya en un milagro visible, sino en la certeza de que el amor de su Hijo nunca deja las cosas incompletas.
Por eso, a los sirvientes les dirige la frase que resume todo el Evangelio: “Hagan lo que Él les diga.” María no ocupa el centro: conduce hacia Él. Su autoridad no proviene de dominar, sino de servir; su grandeza, de haber aprendido a confiar.
En ese momento, el agua se transforma en vino, y la fiesta continúa. El primer signo de Jesús no solo alegra a los esposos, sino que revela la identidad de María como colaboradora en la misión redentora. Ella está presente al inicio de la vida pública de Cristo, así como estará al pie de la cruz: en ambos momentos, su fe impulsa la manifestación del amor de Dios. Caná no es solo un milagro doméstico, sino una profecía: allí se anticipa la nueva alianza, sellada más tarde en el Calvario.
Por eso, en la Medalla Milagrosa, la letra “M” entrelazada con la cruz expresa esta unión inseparable entre la Madre y el Hijo. La cruz que se eleva sobre la “M” no aplasta, sino que corona: simboliza la cooperación de María en la obra redentora. Ella permanece unida al misterio pascual no como espectadora, sino como mujer que comparte el sufrimiento y la esperanza de la humanidad. María de Caná nos recuerda que la fe madura cuando aprendemos a unir nuestras pruebas con la cruz de Cristo, confiando en que todo lo que Él toca, incluso el agua de nuestra pobreza, puede convertirse en vino nuevo.
Preguntas:
1. ¿Soy capaz de percibir, como María, las necesidades de los demás antes de que me las pidan?
2. ¿Confío en que Jesús puede transformar las “aguas” de mi vida en vino nuevo, incluso cuando parece que todo falta?
3. ¿Vivo mi fe unido a la cruz de Cristo, con la confianza silenciosa y activa de María?
SÉPTIMO DÍA
María, la Madre al pie de la Cruz
Signo: La Cruz y la imagen de una capilla o templo, junto a ellos la palabra “madre” y varias frases que reflejen la actitud maternal de la Iglesia.
Comentario inicial:
El camino de la fe conduce inevitablemente al Calvario. Allí donde muchos retroceden, María permanece. Junto a la cruz, su amor alcanza su forma más pura: no un amor que retiene, sino un amor que ofrece. No hay palabras que puedan contener el misterio de ese instante: el Hijo entrega la vida, y la Madre entrega al Hijo. Hoy contemplamos a María, la Madre al pie de la Cruz, la mujer que ama hasta el extremo, que acompaña sin exigir, que sufre sin desesperar y que transforma el dolor en esperanza.
Canto: Mi medallita
Lectura del Texto Bíblico: Juan 19, 25-27
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”. Palabra del Señor.
Reflexión:
El Evangelio de san Juan nos lleva al lugar donde el amor se vuelve total: el Calvario. Allí, el dolor no destruye la fe de María, sino que la purifica. Ella no huye, no se rebela, no se lamenta. Permanece. Su presencia silenciosa junto a la cruz es el acto de fe más grande de toda la historia humana: creer en el amor cuando todo parece perdido.
Jesús, desde lo alto de la cruz, no pronuncia palabras de consuelo; pronuncia una entrega: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre.” En esas palabras, el Señor realiza un gesto eterno: confía a María la maternidad de todos los creyentes. Desde ese momento, la historia cambia: la Madre del Redentor se convierte en Madre de la Iglesia, y su dolor se transforma en fecundidad espiritual.
María no se aferra a su Hijo crucificado; lo entrega. Su corazón traspasado participa del amor redentor: donde Jesús ofrece su cuerpo, ella ofrece su alma. La salvación no es solo fruto de la obediencia del Hijo, sino también de la fidelidad de una Madre que se une, desde su humanidad, al sacrificio del Amor. Ella permanece de pie, no vencida, sino firme, como testigo de la esperanza.
En la Medalla Milagrosa, contemplamos bajo la cruz los dos corazones: el de Jesús, coronado de espinas, y el de María, atravesado por una espada. Estos corazones no son dos dolores separados, sino una sola llama de amor. El corazón de Cristo revela la pasión de un Dios que ama hasta el extremo; el de María, la compasión perfecta que acompaña y se une sin poseer.
Ambos laten al unísono, mostrando que la redención no se impone: se comparte.
María al pie de la cruz nos enseña que la fe verdadera no consiste en entender los designios de Dios, sino en permanecer fiel cuando todo parece oscuro. En su silencio se escucha el eco del “sí” de Nazaret llevado hasta las últimas consecuencias. Ella es la mujer fuerte que, en medio del dolor, sigue creyendo que la vida vence, que el amor no se apaga, que la cruz no es el final, sino el umbral de la gloria.
Preguntas:
1. ¿Permanezco de pie, como María, en medio de las cruces y pruebas de mi vida?
2. ¿He aprendido a ofrecer mi sufrimiento como un acto de amor unido al de Cristo?
3. ¿Qué significa para mí vivir con un corazón traspasado, que ama incluso cuando duele?
OCTAVO DÍA
María, la Mujer del Cenáculo
Signo: Distintas llamas de fuego que tengan la fotografía o la imagen de misioneros y misioneras en territorios difíciles, también se pueden emplear distintos cirios o velas.
Comentario inicial:
Después del dolor de la cruz, llega el tiempo de la espera.Los discípulos, aún temerosos, se reúnen en un mismo lugar, y en medio de ellos está María. Ya no como madre que sufre, sino como mujer que ora y sostiene la esperanza. Ella no habla, pero su sola presencia mantiene la unidad; no enseña con palabras, sino con su fe paciente. Hoy la contemplamos como la Mujer del Cenáculo, la Madre que ora con la Iglesia naciente y enseña a esperar los dones del Espíritu Santo.
Canto: Himno Milagrosa
Lectura del Texto Bíblico: Hechos 1, 12-14
“Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático. Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos”. Palabra de Dios.
Reflexión:
El Cenáculo es el lugar donde nace la Iglesia, y María está allí, como al principio de toda obra de Dios. No ocupa el centro de la escena, pero es el corazón silencioso que late en medio de los discípulos. Su presencia no es decorativa, sino fundante: ella es la memoria viva de Jesús, el lazo invisible que mantiene unida a la comunidad dispersa por el miedo.En Pentecostés, María enseña la pedagogía de la espera.Mientras los discípulos buscan certezas, ella permanece confiada. Mientras otros dudan o discuten, ella ora. Su fe sostiene la fe de los demás; su esperanza prepara el terreno para la venida del Espíritu. Allí donde muchos quieren actuar, ella enseña primero a perseverar.
El Espíritu Santo, que un día descendió sobre ella en la Anunciación, vuelve ahora a llenar la Iglesia. La historia se repite, pero con un nuevo alcance: lo que antes fue concepción física, ahora es fecundidad espiritual. La maternidad de María se amplía: de ser Madre del Salvador, se convierte en Madre de todos los que creen.
En la Medalla Milagrosa, las doce estrellas que coronan la cabeza de la Virgen evocan este momento luminoso. Cada estrella representa una comunidad, una esperanza, una promesa cumplida. Son el símbolo de la Iglesia extendida por el mundo, nacida del Espíritu e iluminada por la fe de María. Ella es la corona de la nueva humanidad: no una reina distante, sino una madre que acompaña a su pueblo y ora con él. El Cenáculo continúa vivo en cada comunidad que reza unida, en cada corazón que no se rinde, en cada creyente que espera la acción del Espíritu.
María nos enseña que la esperanza no consiste en huir del vacío, sino en llenarlo de oración.
Ella sigue coronando con sus estrellas a todos los que permanecen fieles, porque la perseverancia en la fe también tiene resplandor de cielo.
Preguntas:
1. ¿Soy capaz de esperar con fe, sin desesperar, cuando Dios parece callar?
2. ¿Vivo la oración como un espacio de comunión, como lo hacía María en el Cenáculo?
3. ¿Creo que el Espíritu Santo puede renovar hoy a la Iglesia, a mi comunidad y a mi propio corazón?
NOVENO DÍA
María, la Mujer coronada de esperanza
Signo: 12 estrellas con palabras o mensajes alusivos a la esperanza y la caridad, alrededor el nombre de Jesús y de María.
Comentario inicial:
Toda historia de amor culmina en la luz. Después del dolor de la cruz y la espera del Cenáculo, María aparece gloriosa, no por poder humano, sino por la fidelidad de su fe. La corona que brilla sobre su cabeza no es premio, sino plenitud; no es privilegio, sino consecuencia del amor llevado hasta el extremo. Hoy contemplamos a María, la Mujer coronada de esperanza, signo de la victoria de Dios y anticipo de lo que todos estamos llamados a vivir: participar en la gloria del Resucitado.
Canto: Quiero ser tu pregonera.
Lectura del Texto Bíblico: Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab
“Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada. Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de – las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. – El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. La mujer – dio a luz un – Hijo – varón, – el que ha de – regir a todas las naciones con cetro de hierro; – y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1.260 días. Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios”. Palabra de Dios.
Reflexión:
El Apocalipsis nos presenta una visión luminosa: una mujer revestida de sol, símbolo de la Iglesia y figura de María. Esa imagen no describe un pasado, sino un futuro que ya ha comenzado. La mujer sufre los dolores del parto, pero su dolor está lleno de promesa; su lucha no es derrota, sino camino hacia el nacimiento de una nueva creación.
María es esa mujer. En ella, la humanidad alcanza su destino más alto: ser plenamente habitada por Dios. Su vida, marcada por la humildad y el servicio, se convierte en la senda que conduce de la tierra al cielo. Todo lo que en ella fue fidelidad en la prueba, se transforma ahora en gloria; todo lo que fue silencio en la historia, se vuelve canto en la eternidad.
El resplandor que la envuelve no proviene de sí misma, sino de Cristo, el Sol que nunca se apaga. Ella refleja la luz del Resucitado como la luna refleja la del sol: su grandeza está en dejarse iluminar. Por eso, María no solo está en el cielo: es señal en el cielo, orientadora del peregrino, consuelo del que espera, certeza de que el amor de Dios no se detiene en la muerte.
La corona que lleva en la Medalla Milagrosa resume todo su camino: la obediencia de Nazaret, la fidelidad del Calvario, la oración del Cenáculo. Cada estrella es una victoria de la gracia; cada rayo de luz, un testimonio de que Dios cumple sus promesas. María coronada no se distancia del mundo: intercede por él, ilumina la historia, sostiene la esperanza. Ella es la primera redimida, la primicia de lo que todos los creyentes esperamos: ser transformados en gloria.
Al mirarla, comprendemos que el destino del cristiano no es la oscuridad, sino la luz; no la pérdida, sino la plenitud; no la muerte, sino la vida eterna. María nos muestra el rostro final de la humanidad amada y redimida: la criatura plenamente unida a su Creador. Por eso, la devoción a la Virgen Milagrosa no termina en la súplica, sino en la acción de gracias. Contemplar su corona es afirmar, en medio de las sombras del mundo, que la última palabra siempre la tiene la esperanza.
Preguntas:
1. ¿Vivo mi fe con la mirada puesta en la esperanza eterna o me quedo atrapado en lo inmediato?
2. ¿Dejo que la luz de María me recuerde que también yo estoy llamado a la santidad y a la plenitud del cielo?
3. ¿Qué signos concretos de esperanza puedo ofrecer hoy al mundo, reflejando la luz de Cristo como lo hace la Virgen?
ORACIONES FINALES EN HONOR A LA VIRGEN MILAGROSA
Gozos opcionales
Estribillo:
¡Oh Virgen Milagrosa, llena de gracia!
Tu Medalla es signo de amor sin fin,
en tus brazos se abraza la esperanza,
y en tu luz hallamos el camino divino.
I En la Medalla brilla la luz del cielo,
la cruz que aplasta toda oscuridad;
tus rayos, oh Madre, son puro anhelo
de guiar a tus hijos hacia la verdad.
II Como el globo terráqueo en tus manos,
representas al mundo con tu amor maternal, eres la Madre que escucha y acompaña, y en tu ternura, hallamos el consuelo cabal.
III Las doce estrellas que adornan tu manto, reflejan al pueblo de Dios con fervor, en su unión y en su fe se encuentra el canto que celebra la vida en tu amor y esplendor.
IV En el corazón de Jesús y el tuyo,
late fuerte la redención del pecador;
con tu mirada, transformas el murmullo
en melodía de amor y de salvación.
V Oh Virgen Milagrosa, en ti se revela
la gracia divina que al mundo renueva,
tu Medalla es el signo que consuela,
un faro en la tormenta que siempre nos eleva.
VI A ti elevamos nuestras súplicas, Madre, en cada misterio, en cada aflicción; tu presencia nos guía y nunca se acabe la esperanza que brota de tu corazón.
(Se sugiere escoger alguna de las que presentamos a continuación)
Consagración al Hogar
¡Oh Virgen María! A tu corazón inmaculado consagramos hoy nuestro hogar y todos los que lo habitan. Que nuestra casa sea, como la de Nazaret, morada de paz y de felicidad por el cumplimiento de la voluntad de Dios, por la práctica de la caridad y por el perfecto abandono a la Divina Providencia. Vela sobre cuantos lo habita; ayúdales a vivir cristianamente; cúbrelos con tu protección maternal y dígnate, ¡Oh bondadosa Virgen María! Formar de nuevo en el cielo este hogar que en la tierra pertenece por entero a tu Corazón Inmaculado. Amén
Oración a la Virgen Milagrosa
Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa, que te manifestaste a Santa Catalina Labouré como mediadora de todas las gracias, atiende a mi plegaria. En tus manos maternales dejo todos mis intereses espirituales y temporales, y te confío en particular la gracia que me atrevo a implorar de tu bondad, para que la encomiendes a tu divino Hijo y le ruegues concedérmela, si es conforme a su voluntad y ha de ser para bien de mi alma. Eleva tus manos al Señor y vuélvelas luego hacia mí, Virgen poderosa; envuélveme en los rayos de tu gracia, para que a la luz y al calor de esos rayos me vaya desapegando de las cosas terrenas y pueda marchar con gozo en tu seguimiento, hasta el día en que bondadosa me acojas a las puertas del cielo. Amén
.
Bendita sea tu pureza
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.
Salve Regina
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo. Amén
Oremos: Omnipotente y sempiterno Dios, que con la cooperación del Espíritu Santo, preparaste el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen y Madre María para que fuese merecedora de ser digna morada de tu Hijo; concédenos que, pues celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.
Sub tuum
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.
Acordaos
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. ¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
OTRAS ORACIONES
Letanías
Dios, Padre celestial… ten piedad de nosotros.
Dios, Hijo evangelizador de los pobres…
Dios, Espíritu Santo fruto del amor…
Santísima Trinidad, un solo Dios…
Santa María… ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios.
María, Mujer sin Mancha.
María, Madre Inmaculada.
María, Reina de las Misiones.
María, Promotora de la Caridad.
María, Mujer pobre, sencilla y humilde.
María, Virgen Poderosa.
María, Mujer Anunciada por los profetas.
María, Nueva Eva.
María, Madre Milagrosa.
María, Madre de todos en particular.
María, Intercesora de todas las Gracias.
María, Madre de los rayos.
María, Artífice de la Medalla Milagrosa.
María, Que te manifestaste a Santa Catalina Labouré.
María, Madre de las Hijas de la Caridad.
María, Madre de la Congregación de la Misión.
María, Inspiradora de todos los Movimientos Marianos Vicentinos.
María, Patrona de toda la Familia Vicentina.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
Oremos: Te rogamos nos concedas, Señor Dios nuestro, gozar de continua salud de alma y cuerpo, y por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre Virgen María, vernos libres de las tristezas de la vida presente y disfrutar de las alegrías eternas. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
